Carta a Sr. Enrique Palomares (29 abr. 1925)

La Habana, 29 de abril de 1925

Sr. Enrique Palomares5

El Mundo
Ciudad.

Muy estimado amigo:

De amigo le encabezo estas líneas, a pesar de nuestro breve trato y mi supuesta incomprensión, porque únicamente a un sentimiento de amistad puedo atribuir la encomiástica exaltación con que me juzga usted en su crónica «Juventud cubana».

Pensé hablarle por teléfono o verle, para expresarle mi gratitud;  pero las dificultades de ello y mi deseo de decirle con precisión algunas cosas sobre su misma amable crónica me deciden a  escribirle esta carta. Y quiero comunicarme así, si cabe, más directamente con usted, porque en cualquier momento en que encuentre o sospeche un corazón afín al mío, al instante me creo en el deber alegre de estrechar un vínculo íntimo y durable. «Somos, de seguro, legionarios de un mismo ideal.» Y usted, de indirecto modo, me traslada su «visión en el camino a seguir».

Yerra, amigo Palomares, al haber supuesto en mí un prejuicio en contra suya: no lo ha habido; yerra en esa «inquebrantable reserva ante las ilusiones de la juventud que se esfuerza en nuestros días»: no debe existir: yerra en creer a esa juventud y, dentro de ella, genéricamente, a mi persona, equivocada en «confundir el  fanatismo nacionalista con el amor a la patria».

En cuanto a esto último, si usted me estima, como parece, un fiel representante de la juventud de Cuba, piense que ella opina como yo: ese concepto de nacionalismo jamás ha sido invocado por mí; y sólo he pronunciado esa palabra para ridiculizarla, por haberse convertido en un vocablo-vestidura, vocablo-escudo, con el cual se disfraza o ampara el pillaje gubernamental, hipócrita y astuto. Los movimientos que aquí ha realizado la juventud jamás han tenido esa bandera; y el más fuerte de todos, el que lleva a efecto nuestra juventud universitaria, está inspirado en ideas aún más avanzadas que las que fundamentan su apreciación de nuestro medio en su hermosa crónica reciente. El significado que usted apunta puede tener mi nueva postura de rebelde, al concurrir a unos Juegos Florales, es una sutil  apreciación, en la cual yo creo ver, más que otra cosa, su esperanza de que ese significado exista en realidad.

Esto es, su noble deseo de que la Juventud no se mueva «en un plano de absoluta abstracción», ni «contribuya con sus actividades a la supervivencia de círculos privilegiados», sino «con paisaje» y «dándole forma ciudadana a las aspiraciones », hasta lograr la ruta del porvenir y forjar la acción cívica de conjunto que necesita Cuba. (Todo eso, es, precisamente, lo que yo he querido.)

Esa interpretación suya de mi conducta, casi me compromete a reafirmarla y corroborarla con nuevos hechos —¡a mí, que he llegado a una inerte inmovilidad de cansado!— por la delicada insinuación que ella encierra y por la bella esperanza que esboza, cuya realización sugiere su optimismo a este mi infeliz e   ineficiente talento de poeta…

¡Ojalá, amigo Palomares, fuera posible eso! Yo estoy lejos de creerlo; pero su comentario generoso me conmueve, y el día en que la juventud halle la ruta del futuro y forje la acción cívica conjunta necesaria, deseo y espero verlo a su lado.

Entre tanto, rompa su reserva; que ello es necesario; entre los que aman de veras a la patria, sin confusiones ni debilidades, crea que me encuentro; que ello es cierto; y entre sus amigos, cuénteme.

Agradecida y devotamente, quedo suyo affmo.,

RUBÉN MARTÍNEZ VILLENA.

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