Las cartas de Rubén

Por Boris Leonardo Caro

Es habitual que los historiadores, cuando reconstruyen la personalidad de un gran hombre, limiten la atención a sus actos relevantes y sabios aforismos. De esta manera, el héroe se convierte en un ser de rasgos inalcanzables para el resto de los humildes mortales. Si además tiene la “suerte” de que su figura sea glorificada con una estatua de mármol o bronce, entonces será inevitablemente visto como uno de aquellos magníficos dioses del Olimpo griego. Poco que ver con los mezquinos problemas cotidianos.

Esporádicamente irrumpen algunas voces, en apariencia inconformes, que promulgan la humanización del héroe, su descenso del pedestal para acercarlo a la gente común. Loable propósito, sin dudas, mas, pocas veces el intento logra trascender el tono de mera curiosidad biográfica. Mejor sería, tal vez, desmitificar las excelsas cualidades del prócer, proponerlas, sin consignas ni fugaces entusiamos, como parte de la formación de las nacientes generaciones. La verdadera grandeza no proviene de los caprichos del destino: nadie viene al mundo señalado para ocupar un pedestal sino que lo conquista con su esfuerzo. El único requisito indispensable para conseguirlo es pertenecer a la especie humana.

Rubén Martínez Villena integra ese vasto grupo de personajes históricos cuyas valoraciones se aprenden de memoria en la escuela. Al cabo de unos pocos años la mayoría de los estudiantes apenas recuerda la participación de Rubén en la Protesta de los Trece y el que fuera uno de los líderes de la malograda Revolución del 30. ¡Ah! y por supuesto, la escena donde inmortalizó a Machado con el epíteto de “Asno con garras”.

Muy pocos conocen algo, por ejemplo, acerca de su polémica con Jorge Mañach; menos aún tendrán noticias sobre su esposa Asela Jiménez y su hija Rusela. Quizás sea comprensible, en esta época tan pragmática, que casi se haya olvidado el primer hecho. La renuncia de Rubén a una cómoda carrera literaria en favor de la lucha revolucionaria, puede resultar sacrílego a no pocos intelectuales de hoy. En cuanto a los detalles de su vida amorosa, lo dicho al inicio de este artículo servirá de explicación.

En estos días se cumplen setenta y cinco años de la mencionada polémica. A ella dedicaremos un próximo artículo. El motivo del presente, ya lo habrá descubierto el atento lector, es abordar una parte del epistolario de Rubén, específicamente las cartas dirigidas a su esposa. Para ello nos hemos apoyado en la selección hecha por Ana Núñez Machín y Angelina Rojas Blaquier, publicada por la Editorial Oriente en el año 2000.

El volumen de la Editorial Oriente reúne cartas enviadas desde los sucesivos exilios de Rubén. Primero en la Prisión de Ocala, donde estuvo recluido tras el fracaso de la conspiración de los Veteranos y Patriotas en 1924. El mayor número abarca el período de estancia en la URSS, donde permaneció desde agosto de 1930 hasta finales de 1932. Por último, aparecen cuatro misivas fechadas entre enero y abril de 1933, remitidas desde Nueva York.

Muy pronto comienza Rubén a padecer los rigores que le exige el camino revolucionario. Hace sólo unos meses ha iniciado su noviazgo con Asela y ya se pregunta, desde una cárcel norteamericana: “¿Qué día será el día del sol y la sonrisa sin nubes, el día del placer gozado con la tranquilidad de que su existencia no será turbada enseguida, amargada en la preocupación del porvenir incierto?” (1). En el futuro deberá posponer una y otra vez sus sueños de felicidad conyugal en favor del propósito al cual ha decidido entregar su vida. “Antes que todo”, le había confesado una vez a Asela, “yo soy un hombre honrado. Honradamente, yo no puedo ofrecerte mi vida, ni mi tiempo, ni mi persona; ni siquiera mi pensamiento íntegro. Antes que nada, me debo a la causa, por la cual no olvido que he jurado morir si es necesario”.

Ella lo entiende, y cuando él regresa cabizbajo de los Estados Unidos lo recibe sin reproches. “Desde nuestro encuentro de conciliación en la librería Minerva”, cuenta Rubén, “nos habíamos enlazado en un plano de igualdad, sin autoridades ni diferencias de importancia, como si ella supiera que yo no era un predestinado, nada más que un pobre mortal candoroso obsedido por la idea del sacrificio”.

Contrario a lo que pudiera pensarse, el sacrificio que se impone Rubén no frustra ninguna de las facetas de su vida. Apenas puede disfrutar de la compañía de su esposa, abandona sus poemas cuando más elogios le prodigaban, pero no por ello deja de ser amante ni poeta. Ha encontrado, por fin, la respuesta al clamor agónico expresado en los versos de “El gigante” (2). En junio de 1924 escribe: “El mundo es de las almas a quienes mueve un ideal noble y una voluntad fuerte”, y siete años después concluye: “De todos modos la vida se vive y es lo mejor gastarla en algo grande”.

Rubén no tarda en adquirir la certeza de que la revolución está por encima de cualquier interés exclusivamente personal.

En una carta fechada en el balneario de Sochi, a finales de mayo de 1932, declara: “Al fin, nuestras vidas personales son bien mezquinas. Al vivirlas, cualquiera que sea nuestra conducta, recibiremos golpes que marcan y duelen para siempre. Viviendo la Revolución, nuestra simple fidelidad a ella, nos garantiza cada día la satisfacción de un progreso; de un paso hacia adelante, de la aproximación del triunfo”.

A la par de este compromiso, crece su amor por Asela. Ella se ha incorporado también a la lucha contra la dictadura de Machado. En cada una de las cartas enviadas desde la URSS, junto a la preocupación por la marcha de los acontecimientos en Cuba, Rubén manifiesta los más íntimos y humanos sentimientos por su “Chelé querida”. El 2 de mayo de 1931, después de preguntarle por los actos del Día de los Trabajadores en la Isla, exclama: “¡Qué deseperado estoy por verte otra vez, por volver a tu lado, por sentirte latir entre mis brazos! Cuánta falta me hace el amable calor de tu cariño tan bueno!”. Y más adelante le dice:

“Te quiero como antes, acaso más y no te he olvidado ni podría olvidarte nunca. Estás demasiado ligada a mí, en el recuerdo de mis días mejores, de los días intensos de nuestra precaria felicidad “a medias”, como tú la llamas en una carta que tengo siempre conmigo. No te atormentes vida mía, suponiendo que mi cariño y mi amor puedan disminuir: no hay nada en la vida que pueda borrarte de mi alma: no ha habido nada antes y nada puede haber en lo adelante. Yo soy tan tuyo como el día en que una fuerza irresistible acercó por primera vez mis labios a tu boca”.

Asela visitó a Rubén en Moscú entre los meses de julio y octubre de 1931. En esa oportunidad concibieron a Rusela, su única hija, que nacería el 23 de julio de 1932. “Una crisálida humana, concreción de esperanzas, ha surgido allá lejos. A tu lado hay ya una nueva vida: nuestro deber es templarla para que a través de la verdad terrible alcance la rosa de la felicidad que para nosotros fue inasequible”.

Pero Rubén, aunque se alegra de su leve mejoría, presiente que su vida terminará demasiado pronto. “A mí a veces me asalta aquí una parecida tristeza infinita”, escribe desde Georgia en febrero de 1931, “mezclada con cólera contra mí mismo, de rabia contra mi miserable organismo declinante! ¿Para qué rayos cuidarlo tanto? Si de todos modos va a servir poco tiempo y probablemente mal”. Otras veces la queja cede el paso a una desconsolada amargura: “No pierdo el entusiamo por la lucha, pero ya me he habituado a la idea de que estoy “aviado”. Recuerdos a todos. Y besos; besos para ti y para ese pedazo de nuestras vidas que acaso nunca me dirá papá”.

Siempre se lamenta de la inactividad a que lo condenan las largas temporadas en los sanatorios soviéticos. Ansía estar en Cuba, y no en aquel “rincón lejano y ¡tranquilo!”, “sin hacer nada, quién sabe cuán inútilmente”.

En los últimos días de 1932 regresa a Nueva York. Aún tendrá que esperar casi seis meses para reecontrarse con Asela y conocer, al fin, a la pequeña Rusela. Cuando estén los tres juntos Rubén volverá a sentir la sencilla felicidad del hogar, atizada por el fervor de las jornadas de enfrentamiento contra la moribunda tiranía. Sin embargo, la vieja enfermedad continuará persiguiéndolo, ensombreciendo los escasos momentos de dicha. El golpe definitivo llegará el 16 de enero de 1934.

Es evidente que la historia narrada en estas líneas se ajusta de mala manera al título de esta sección. Las cartas de Rubén, aunque ampliamente desconocidas, no deben ser consideradas una curiosidad literaria o histórica: sería una ofensa imperdonable. Ojalá, en algún momento futuro nuestros niños aprendan (no de memoria), a la par de la significación de la Protesta de los Trece, los versos del Hexaedro Rosa, que Rubén le dedicara a su “amadísima Asela”. Tal vez entonces pueda el héroe descender del pedestal y caminar entre la gente, como un amigo al cual no necesitamos rendirle grandilocuentes homenajes para demostrarle nuestro afecto y admiración sinceros.

Notas:

1 Las citas de este artículo han sido tomadas del citado libro de la Editorial Oriente y de la Tesis de Licenciatura Rubén Martínez Villena. Las palabras secretas, de Juan Orlando Pérez González. (Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana, 1995).
2 Nos referimos especialmente a la primera y última estrofas de este poema:

¿Y qué hago yo aquí donde no hay nada
grande que hacer? ¿Nací tan sólo para
esperar, para esperar los días,
los meses, los años?
¿Para esperar quién sabe
qué cosa que no llega, que no puede
llegar jamás, que ni siquiera existe?
¿Qué es lo que aguardo? ¡Dios! ¿Qué es lo que aguardo?
(…)
¡Y pasas tú el eterno, el inmutable,
el único y total, el infinito,
Misterio! Y me sujeto
con ambas manos trémulas, convulsas,
el cráneo que se parte, y me pregunto:
¿qué hago yo aquí, donde no hay nada, nada
grande que hacer? Y en la tiniebla nadie
oye mi grito desolado. ¡Y sigo
sacudiendo el gigante!

Tomado de: Cubaliteraria (15 de abril de 2005).

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