Paseos y plazas de la Habana colonial

Por: Emilio Roig de Leuchsenring
En: La Habana de ayer, de hoy y de mañana (1928)

El más antiguo de los historiadores cubanos, tantas veces citado en estos recuerdos, José Martín Félix de Arrate, nos habla en su famosa Historia, de los lugares que utilizaban por el año de 1761 los vecinos de esta ciudad para su esparcimiento, o sea de los primeros paseos habaneros de que se tienen noticias.

Aunque la Habana, dice, “no goza de los célebres paseos de otras regiones y ciudades más opulentas. . . . acá la misma amenidad de los sitios suministra la parte más principal para el recreo, siendo innegable que aun sin incluir el paseo de la bahía, que no está en uso, y fuera de extremado placer si se practicase, porque en la ribera opuesta a la población, brinda la apacibilidad de algunos parajes bastante incentivo para un honesto pasatiempo;…. tenemos, sin numerar éste, otros por la parte de tierra que son los acostumbrados, ya tomando por la puerta de la Punta el camino de la caleta que es una alameda natural en que se disfruta con el fresco sombrío de los viveros y limpia llanura de la senda más deleitable, la vista del mar por una banda y por la otra la de las huertas que están asentadas por aquel paraje: ya saliendo por la puerta de Tierra a la calzada en que hoy se van plantando árboles copudos que le den sombrío por donde encaminar el paseo a los Cocales, y a los dos barrios inmediatos de Nuestra Señora de Guadalupe y Santísimo Cristo de la Salud, o ya últimamente eligiendo para el recreo el Arsenal en donde sus máquinas y tráfago pueden divertir y ocupar el tiempo y la atención con gusto mucho rato no sólo a los inclinados a la náutica, sino a los que no lo son.”

Fueron después la Alameda de Paula, la Plaza de Armas, la Cortina de Valdés, el Nuevo Prado o Alameda de Isabel II y el Paseo Militar o de Tacón, los lugares expresamente construidos como sitios de recreo, que merecieron la preferencia de los habaneros para su esparcimiento, durante la época colonial.

Alameda de Paula

Entre las diversas obras de ornato que en 1771 acometió el Marqués de la Torre, figuró la construcción de un teatro y de la Alameda de Paula, malecón que dominaba la bahía y las montañas y caserío de Regla. Reducida al principio a un terraplén adornado con álamos y bancos de piedra, fué hermoseada por los sucesivos gobernadores de la Isla y principalmente por Someruelos, que mejoró también el teatro Principal, que figuraba en uno de sus extremos.

Dice Pezuela que de 1803 a 5 se embaldosó y adornó con una sencilla fuente, colocándose años más tarde una baranda de hierro en toda su extensión, amplias escaleras a los costados, y farolas. Junto al hospital de Paula que se encontraba en uno de sus extremos había, al decir de Bachiller y Morales, “una espaciosa enramada de bejuco indio siempre verde y salpicado de sus amarillas flores: bajo de ella se colocaban perpetuas mesitas, donde se jugaba al dominó, se refrescaba y conversaba.

El café de las Delicias, de madera, que daba a la calle, era el establecimiento de que constituía una parte y la más notable el alegre patio encajonado entre el mar de la bahía y las paredes de un hospital.

Plaza de la Catedral

 En cuanto a plazas, las dos únicas que tienen más sabor de época y pueden ser conservadas con su carácter colonial, son la de Armas y la de la Catedral.

Pero más que la Plaza de Armas, es digna de atención y de cuidado la Plaza de la Catedral, el rincón colonial más bello que poseemos.

Vamos a glosar la descripción que de ella hace el historia dor Don Jacobo de la Pezuela, en su Diccionario geográfico, estadístico e histórico de la Isla de Cuba, publicado el año 1863.

La Plaza de la Catedral, dice, es un cuadrilongo “más caracterizado aunque de menos extensión que la Plaza de Armas, porque mide cien varas de largo de N. a S. y 80 de E. a O. Es singular tanto por su forma como por las fachadas de los edificios de sus lados, exceptuando el de la Catedral que ocupa toda la del N.” En el lado O se encuentra la casa de los Marqueses de Aguas Claras, con portales de sillares y arquería que sostienen seis columnas, compuesta de altos y bajos.

Hoy está convertida en casa de vecindad, completamente descuidada y abandonada. A su lado y más hacia dentro de la línea de construcción hay un almacén, que desentona por completo con el carácter de la Plaza. El frente E. lo ocupa la casa de los Peñalver, que su heredero el Marqués de Arcos, reformó para dedicarla a correos. A su lado, la casa que fué de los Pedroso y es hoy del Dr. Ricardo Dolz, única bien conservada.

En el frente meridional está una casa que fué residencia y en la que después, hasta hoy, han estado instaladas las oficinas del periódico La Discusión. Los edificios más notables de la Plaza, son, en primer término, la Catedral, y después las tres antiguas casas de Aguas Claras, Peñalver y Pedroso, que ofrecen el sello típico de la antigua gran residencia particular habanera, de la época colonial.

Plaza de Armas

Circundada por el Templete, el Palacio de los Capitanes Generales, el de la Intendencia, la casa del Conde de Santovenia, el Castillo de la Fuerza y la casa del Tribunal Mercantil y Junta de Fomento, y ostentando en su centro la estatua de Fernando VII, fué la Plaza de Armas en épocas lejanas el sitio preferido de diversión por los habaneros y extranjeros que nos visitaban, principalmente en las noches de retreta en que tocaba en su centro una banda militar… Discurriendo por sus calles exteriores, “toda la Habana” de 184… se daba cita por fuentes, o sentados en los bancos que se hallaban de trecho en trecho, o paseando en sus quitrines y carruajes por las calles exteriores, “toda la Habana” de 184… se daba sita allí esos “días de moda” o de retreta, así como el jueves y viernes santo, en que a pie concurría a oír el concierto sacro que esos días se daba en la Plaza de Armas.

Después de la Plaza de la Catedral “el más bello rincón colonial de la ciudad de San Cristóbal de la Habana”, es, sin duda alguna, la Plaza de Armas la que le sigue en belleza artística, igualándola o superándola en valor histórico, no sólo por ser la más antigua, sino además, por los importantísimos edificios que la rodean.

Parece que en los primeros tiempos de la Habana, se denominó esta plaza, “de la Iglesia“, por encontrarse en ella la Iglesia Parroquial que existió en el mismo sitio donde, después de demolida ésta a consecuencia de los grandes desperfectos que sufrió al volar en bahía, el 30 de junio de 1741, el navio Invencible se levantó la Casa de Gobierno.

Desde la fabricación del Castillo de la Fuerza, y por hacer su guarnición en esta plaza los ejercicios y formaciones militares, tomó el nombre con que aun se la conoce, de Plaza de Armas, aunque oficialmente se denomine en la actualidad Plaza Carlos Manuel de Céspedes, en homenaje al primer Presidente de la República en armas.

Es la plaza de Armas la mayor de la Habana colonial y forma un paralelogramo imperfecto. En su centro existe un parque, que fué en otros tiempos lugar de cita para la expansión de los vecinos de la Habana y los extranjeros que la visitaban, al extremo que el historiador Pezuela afirma que “siempre fué el lugar más animado y limpio de la población“, e Ildefonso Vivanco, en un artículo del Paseo Pintoresco por la Isla de Cuba, dice que por “su posición aparente, por estar en el centro de la población comerciante y sobre todo por su bella perspectiva y dulce ambiente, hacen de la Plaza de Armas el rendez-vous de todos los extranjeros residentes en la Habana de intramuros“, agregando que “sólo en noches de retreta la encantadora música, tan amada de los hijos de la zona tórrida, lleva a la Plaza de Armas una linda y elegante concurrencia, que entre el susurro de la brisa de los árboles y las flores, el murmullo de las fuentes y los sones de la música, discurre dulce y apaciblemente por sus calles departiendo bien de amor, bien de empresas mercantiles”.

De esas noches de retreta, los días más concurridos eran —1841— el jueves y viernes santo, acudiendo entonces a la Plaza de Armas inmensa concurrencia a oir el concierto sacro que allí se daba, y sin que se permitiera, como en los demás días, el paseo de carruajes por sus calles laterales. Hacia 1859, se conservaba aún esta costumbre, pues Antonio de las Barras y Prado, en sus memorias La Habana a mediados del Siglo XIX, al referirse a la Plaza de Armas, “bonito paseo con jardines“, dice que “en este paseo hay retreta todas las noches, de ocho a nueve, por una banda militar. Durante ella se llena la plaza de gente y los alrededores de carruajes con señoras, que van a oir la música. Concluida aquélla cada cual desfila por su lado y se queda la plaza desierta, pero los cafés y casas de refresco que hay en la acera de enfrente al Palacio conservan su animación hasta las diez o diez y media en que se cierran. Este es uno de los puntos más concurridos de la población, tanto de día como de noche, por estar cerca del muelle de caballería v ser uno de los centros de movimiento más importantes del comercio“.

De los edificios importantes, artística e históricamente considerados, que rodean la plaza de Armas se encuentran, al oeste, el Palacio del Gobierno, la más bella construcción colonial que poseemos, residencia que fué de los Capitanes Generales y de los tres primeros Presidentes de la República y hoy totalmente destinada a palacio Municipal. Es notable por lo típico de su estilo, churrigueresco o barroco español, la belleza y pureza de sus líneas y la majestad de su conjunto, que hacen que muy justamente lo considere el arquitecto Pedro Martínez Inclán, en La Habana actual, como “el mejor edificio que nos legó la Colonia…. y el más interesante por lo que en sí vale y por lo que históricamente representa” edificio que el actual Alcalde de la Habana se propone restaurar en su primitivo estilo, devolviéndole la belleza y riqueza que en su fachada y en su interior poseía.

Restauración análoga ha hecho nuestro Mayor con el edificio del Templete, rememorativo, como todos saben, del lugar donde, según la tradición, no comprobada, se dijo, bajo una ceiba, la primera misa y se celebró el primer cabildo. El templete goza hoy, quitado el repello y pintura que afeaba su exterior, de la belleza natural de la piedra con que fué construido.

Al Norte se halla la Intendencia, residencia, primitivamente, del Intendente y sus oficinas y después de las de Cuenta y Razón de Rentas y Correos y desde 1851 hasta el cese de la soberanía española, del Subinspector Segundo Cabo, y convertido el edificio, desde la República, en Palacio del Senado.

Sin tener la belleza artística del Palacio Municipal, gracias a la reciente restauración de que ha sido objeto por iniciativa del Presidente del Senado, doctor Clemente Vázquez Bello, se encuentra hoy en admirables condiciones, permitiéndose apreciar su valor como modelo bastante aceptable, de edificio colonial.

A la izquierda de éste se halla el Castillo de la Fuerza, la más vieja fortaleza habanera, construida hacia 1544, de extraordinario valor histórico por ello, y que es al mismo tiempo un incomparable ejemplar de fortaleza española de la época.

Con las reformas que ya en ella se están haciendo, quitándole los bastiones que se le agregaron posteriormente a su construcción y restaurándola en su carácter, será uno de los más interesantes y valiosos monumentos históricos cubanos que podrán admirar los extranjeros que nos visiten.

Fué el propósito del Capitán General Marqués de la Torre, que todas las casas que rodearan la plaza de Armas, según aparece en la memoria de su mando, publicada al cesar en 1777, fuesen “edificios uniformes e iguales al que se está haciendo para la Administración de Correos, entre los cuales debían estar un cuartel de infantería, la Aduana y la Contaduría“.

De ese admirable proyecto, sólo se realizó la construcción de la Casa de Gobierno y la de Correos o Intendencia. En el centro del parque se levanta la estatua de mármol blanco de Carrara, de tres varas de altura sobre un pedestal cuadrangular, de análogas proporciones y material, del Rey Fernando Séptimo, obra del escultor Sola, que data de 1828.

Cortina de Valdés

Inició la construcción de esta alameda en 1841, el Capitán General don Gerónimo Valdés, de quien tomó el nombre. Tenía una longitud de 200 varas castellanas y se extendía sobre el lienzo de la muralla del mar entre la batería de San Telmo y el Parque de Artillería, entrándose a ella, en sus extremos, por dos escaleras de piedra. Tenía asientos de piedra, árboles y una barandilla que la circundaba, siendo preferido este paseo por lo céntrico, fresco y hermosas vistas a la entrada del puerto.

Nuevo Prado o Alameda de Isabel II

Lo construyó el marqués de la Torre en 1772, desde la puerta de la Punta a los baluartes del N.O., formado por cuatro calles de árboles, ensanchándolo y prolongándolo los siguientes Capitanes Generales, principalmente las Casas, Someruelos, Vives y Ricafort, llegando a los setenta años de su inicio a extenderse, desde la nueva cárcel, por la calzada de San Lázaro, hasta la Puerta de Tierra, teniendo en este extremo la fuente de la India o de la Noble Habana, ostentando, además, en una de sus secciones la estatua de Isabel II que se colocó en 1851 y dos fuentes pequeñas más, repartidas en otros tramos del paseo.

Al principio, los concurrentes a éste, según dice José M. de la Torre, daban después una vueltecita por las calles del Empedrado, Habana, Sol o Jesús María y Oficios, reuniéndose los hombres en el café de Mr. Tavern, que se conocía por Café de Taberna, en la Plaza Vieja. Después, hacia 1810, la vueltecita se hacía hasta la Plaza de Armas, continuándose hasta la nevería de Juan Antonio Monte, situada en Cuba entre Luz y Acosta, a tomar helados, que valían a peso la copa.

Paseo Militar o de Tacón

Fué emprendida la iniciativa de la obra de este paseo por Don Miguel Tacón en 1835, concluyéndola su sucesor Expeleta, en 1839, extendiéndose desde el campo de Peñalver hasta la fortaleza del Príncipe, con unas 2,000 varas de largo y 40 de ancho, 20 para la calle central y 10 a las laterales, divididas por cuatro hileras de álamos blancos, pinos y bambúes y ostentando bancos en abundancia. Constaba de cinco plazuelas que lo interrumpían. En la primera estaba y está la estatua de Carlos III; en la segunda, una columna estriada en el centro de una fuente, rematada por una estatua de la diosa Ceres; y en las demás, sendas fuentes, de las que, en la última, había una estatua de Esculapio.

Casi al final del Paseo se encuentra la Quinta de los Molinos, antigua residencia veraniega de los Capitanes Generales. Este Paseo estuvo muy en moda al inaugurarse y hacia 1844 en que se hermoseó la calle de la Reina que a él conducía.

Plaza de San Francisco

La plaza donde se halla enclavada la iglesia, de la que aquella toma su nombre, era durante la colonia el centro de la zona comercial y de toda clase de transacciones; lugar de espera, carga y descarga de los carretones que acudían al muelle y a los almacenes que rodean la plaza; depósito de mercancías y frutos. Todo allí era, en los días laborables, ruido, movimiento, vida; ir y venir de blancos y esclavos negros, carretas, carretones, quitrines, carretillas.

Por ella desembarcaban también los inmigrantes que venían de la Península a hacer dinero en América… o a morir de fiebre amarilla, sin haber logrado sus sueños de riqueza.

En esta plaza se celebraban también las ferias de San Francisco, que comenzaban el tres de octubre y proporcionaban, durante varios días, esparcimiento, más o menos lícito, a pobres y ricos, y durante los cuales imperaba, por encima de todo y en todas sus manifestaciones, variedades y clases, el juego: en la plaza, en multitud de mesitas se jugaba a la lotería de barajas, el gallo indio y el negro, la perinola, los dados y otros; y en el Café del León de Oro, y otras casas de los alrededores, hacían su agosto en numerosas bancas, a costa de la clase distinguida y culta, multitud de astutos talladores; habiéndose establecido, en aquel café, parece que como primer sitio en Cuba, la ruleta.

 También en aquella plaza se celebraban, durante la semana santa, el recorrido de las estaciones, que circulaban por la calle de la Amargura, y terminaban en la iglesia del Humilladero o sea de El Cristo, hasta que en 1807 se suprimió esta religiosa costumbre, quitándose todas las cruces existentes en las calles por donde pasaba la procesión, quedando hoy, como recuerdo, solamente la Cruz Verde, que aun se vé en la esquina de Amargura y Mercaderes.

Otras plazas

Además de las plazas de Armas, la Catedral y San Francisco, la ciudad contaba en su interior con las siguientes:

Plaza de Belén: Recibe este nombre el pequeño espacio existente frente al templo de Belén, formado por el ensanche que tiene la calle de Compostela en la parte comprendida entre las de Luz y Acosta.

Plazuela de San Agustín. Es otro espacio de reducidas dimensiones que existe frente al Convento de ese nombre, en la esquina de las calles de Cuba y Amargura.

Plaza de Monserrate. La existente junto a las desaparecidas puertas de Monserrate que tenían las Murallas, al O. de las calles de O’Reilly y del Obispo y entre las salidas de las de Bernaza, del Egido y de Monserrate.

Plaza de las Puertas de Tierra. Frente a estas puertas de las Murallas entre sus baluartes de Santiago y San Pedro, la entrada de la calle de Bernaza y entre las de la Muralla y del Sol.

Plaza de San Juan de Dios. Frente a los desaparecidos iglesia y hospital de San Juan de Dios y entre las calles de Aguiar, Habana, de lo Empedrado y San Juan de Dios.

Plaza del Santo Cristo. Entre las calles de Bernaza, Villegas, de la Lamparilla y del Teniente Rey, teniendo en su centro la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje.

Plaza Vieja. Así conocida por haberse empezado a mediados del Siglo XVI. Es, después de la de Armas, la más regular, formando casi un cuadrado, entre las calles del Teniente Rey, San Ignacio, Mercaderes, el Inquisidor y de la Muralla.

Sólo merecen ser mencionadas, por su poca importancia, las plazuelas del Espíritu Santo, del Santo Ángel, de Santo Domingo, de San Felipe, de la Merced, de Paula, de San Isidro; de Santa Clara, Santa Teresa, de Santa Catalina y de las Ursulinas.

 

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