El puerto de La Habana por Emilio Roig

Por: Emilio Roig de Leuchsenring
En: La Habana de ayer, de hoy y de mañana (1928)

Hasta diez y seis años después del descubrimiento de América y de esta Isla, por Cristóbal Colón, no fué reconocido el puerto de la Habana. El primer europeo que a él llegó en 1508, Sebastián de Ocampo, en su viaje de circunvalación por la Isla para resolver si era realmente una isla o un continente, encarenó las dos carabelas que traía con el betún, o chapapote, que siempre en mayor o menor cantidad, ha existido en el puerto y que ahora se ha encontrado también al hacerse las obras de dragado.

Debido a ese fondo y orillas encenagados, al desgaste producido por las lluvias, de los solares circunvecinos, a la deyección y basuras de la ciudad y los buques anclados en la bahía, al terreno ganado al mar con la construcción del lienzo de las antiguas murallas en las partes comprendidas entre los castillos de la Punta y la Fuerza y la del Paseo de Roncali, y con la de los diversos muelles que se fueron levantando con el transcurso del tiempo y las necesidades del tráfico comercial; debido a todas esas cosas, repetimos, el puerto de la Habana fué perdiendo paulatina y considerablemente la amplitud que tenía en los años del descubrimiento.

Basta para comprobarlo citar que en 1742 advirtió Don Rodrigo Torres, al sondearlo, que su profundidad en los sitios de más corriente anclaje había disminuido de 7 y media a 6 brazas y en su circuito tenía unas cincuenta varas de menos. La entrada del puerto, entre el baluarte de San Telmo y la batería de la Pastora, medía en 1723, 350 varas; en 1783, 335; y en 1812, 225. El mar llegaba antes de 1770 hasta San Juan de Dios, en donde se ataban pequeñas embarcaciones, quedando después, por varios años, cenagosa toda esa parte hasta la plaza de la Catedral, inclusive, que se llamó por ello Plaza de la Ciénaga, eligiéndose, asimismo, en aquel año, para probar el primer empedrado, de chinas pelonas, el tramo de la Catedral a San Juan de Dios, que por eso se llamó Calle de lo Empedrado. En 1803 el mar se extendía hasta la Quinta del Rey. Llegando también hasta el barrio de Jesús María y las calles de Alambique esquina a la Calzada de Vives, estando a su vez bañados por el mar, según noticias de José María de la Torre, el Puente de Chávez, las últimas cuadras de la Calzada de Vives, de las calles de Gloria, Esperanza, Alcantarilla, Puerta Cerrada y Diaria.

Estas reducciones en su capacidad no son obstáculos para que el puerto de la Habana haya sido considerado en todo tiempo uno de los mejores del mundo, parte su posición geográfica, por su amplitud y la seguridad que ofrece, aún en época de temporales, a las embarcaciones en él guarecidas.

Dice Pezuela que mide más de cinco mil doscientas y tantas varas castellanas desde la punta del Morro hasta la ensenada de Guasabacoa, siendo esa su mayor longitud de N. a S.O., y unas 4,700 varas de la ensenada de Atarés a la de Marimelena, en su extremidad S.O.

 En la orilla derecha, saliendo al mar, se encuentran: sobre la peña y lomas que allí existen, las fortalezas del Morro, la Cabaña; diversos muelles y Almacenes de Samá y la Marina, el barrio de Casa Blanca y las ensenadas de Atarés y Triscornia, después de la cual se hallaba la casa de salud del doctor Belot, la ensenada de Marimelena con los Almacenes de Santa Catalina, la población de Regla, Almacenes de Regla, ensenada de Guasabacoa, que forman el recodo más amplio de la bahía.

Continúan después varios muelles y almacenes, como los de Hacendados; el río Luyanó, las ensenadas de Atarés y Tallapiedra. Ya en la parte septentrional, los edificios de la ciudad, sirviéndoles de remate, y en 1863, los almacenes de San José, el Paseo de Roncali, Hospital y Alameda de Paula, muelles de Luz, Machina, San Francisco, la Aduana y Capitanía del Puerto, muelle de Caballería, donde se levantaba la fuente de Tacón o Neptuno, el Castillo de la Fuerza, la Maestranza, Cortina de Valdés, Cuartel de San Telmo, baluarte de la Punta y Puerta, también llamada así, de las Murallas, y, por último, el Castillo de la Punta que se levanta frente al Morro, a unas 450 varas.

Agrega Pezuela, del que tomamos estos datos, por los que se ve cómo era nuestra bahía en 1863, que entonces tendría unas 20.000 varas castellanas de superficie, o sean unas cuatro leguas españolas.

Bástenos decir para completar esta breve información, que nuestro puerto no se encuentra limpio de bajos y cayos, contándose entre los primeros los del Morro, Cabrestante, Pastora, Marimelena, Piedra de Regla, Valdespino, Luz, Espíritu Santo, Santa Clara, Cruz, Galindo, Galindito; y entre los segundos, los de Cruz, que mide unas 200 por 20 varas, y el Francés.

Terminamos, recogiendo estos datos curiosos que nos ofrece José María de la Torre en su Habana Antigua y Moderna: En 1574 entraron 101 buques de España y 115 de la Amé rica española; en 1857, unos 2,000.

En 1762 se clavaron a uno y otro lado de la entrada del puerto, al pie de los Castillos de la Punta y el Morro, dos grupos de cañones, que aun se ven hoy en día, en los que se ataba la cadena con la que, al obscurecer, se cerraba el puerto.

 

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