Carta a su esposa (17 oct. 1930)

Sujum, 17 de octubre de 1930

Chele querida:

El día 11 llegué aquí al sanatorio y el 12 envié mi primera carta,  que dirigí al compañero de Hamburgo. Esta segunda, aunque tuve algún tiempo más de viaje, la enviaré a Moscú para que de allí la  emitan por la vía de Tina. (Ésta sé que iba a ir a Moscú, pero la  dirección puedes seguir utilizándola.)

Resulta que en Moscú no sabían exactamente la dirección de este  sanatorio y por eso tuve yo que enviarla desde aquí, con el objeto de que me remitan tus cartas y me escriban. Estoy esperando tus tantas cartas que me supongo en Moscú. Ya te dije mis  impresiones primeras del sanatorio, es indudablemente muy bueno; está muy bien montado y organizado y atendido, pero a mí  me hace cierto efecto desagradable de hotel. Esto es debido a   ciertas condiciones de que ya te hablé, aquí no hay ropa de  hospital, como en el Dependiente: sólo dan la ropa interior, calzoncillos largos y camiseta con mangas: tiene uno que vestirse sus propias camisas y demás ropas; el hecho de tener que ir al  comedor y la presencia de las mujeres; por último, se siente el olor de la burguesía: perfumes en las mujeres, «fisnuras», y, en   algunas conversaciones, francas manifestaciones de pesimismo o de incredulidad en el porvenir de la URSS, el plan quinquenal, etcétera. Este sanatorio no es del Estado, aunque naturalmente, está vigilado y supervisado por él. Por supuesto que aquí hay también buen número de compañeros, de obreros comunistas, que se diferencian de los otros. En fin, no todo puede ser perfecto: yo he logrado subir sólo tres veces, en vez de cinco, al comedor, es decir que me traen al cuarto el alimento de las once de la mañana y el de las cinco de la tarde. Además, apoyándome en el  desconocimiento del idioma, procuro no tratar sino a los enfermos que me son más afines; pero como soy extranjero y han visto que sé algunas palabras del ruso, me acosan a preguntas.

Sobre mi salud: yo creo que voy mejorando, aunque lentamente; el ciclón que pasé en Moscú fue demasiado fuerte. (El muchacho médico que me acompañó desde Moscú hasta aquí se quedo estupefacto al saber que, conociendo mi estado, se hubiera llevado un delegado extranjero enfermo de tuberculosis a un Congreso en Moscú en el otoño.) Figúrate cómo estaría yo en el hospital de Moscú, que después de estarme alimentando mejor en el hotel —desde el 28 de septiembre al 6 de octubre—, y después de llevar aquí dos días de alimentación verdadera, el 14 de este mes pesé solamente ciento cuatro libras. (No te angusties por esa cifra, pues cuando recibas ésta —dentro de veinte días quizás—, ya la habré sobrepasado.) Estoy comiendo todo lo que dan aquí, que aunque es bueno y no escaso, no llega a la formidable sobrealimentación que tuve en 1927 en La Purísima. Además, claro está que tengo otras «mataduras »: aquí me han hecho otra fluoroscopia y el médico me ha dicho que tengo pequeños focos de infiltración en el pulmón izquierdo; también algo —que aún no sé qué es— anda  mal en mis ríñones. Ya el cólico renal lo atestiguó y ahora lo confirma mi fenómeno de incontinencia nocturna: todas las noches tengo que levantarme de tres a cinco veces a orinar.

He atribuido la cosa primeramente al té, pero hoy mismo lo voy a  consultar con el médico. Ayer me recogieron un poco de orina y esputos para analizar. Si hoy antes de echar la carta sé algo sobre  el asunto, te lo diré. Por lo demás, tengo menos tos y  expectoración que en Moscú; fiebre sólo de una a tres décimas por la tarde (ayer tuve sólo 36,9° en la tarde), el espantoso color de papel un poco más claro que éste, ha desaparecido ya: empiezo a adquirir mi color propio, y me siento, en general, bastante más fuerte que a mi llegada; todo esto son progresos de sólo cinco días y medio, pues llegué el 11 a las doce y hoy es 17 y te escribo por la mañana. Debo, pues, no obstante todas las circunstancias adversas, tener esperanzas. Pero, por otra parte, ¡cuánto esfuerzo necesito para no empeorar moralmente!, para no caer en la  desesperación y en las neurastenias, al pensar en todas las cosas que me son tan queridas y que están tan lejos y tan en peligro: el movimiento obrero de Cuba, nuestro Partido, mis compañeros, y entre ellos, tú; tú, que yo siento muy bien ahora que eres —como dicen los románticos—, un pedazo, una parte de mí mismo, que me falta. ¿Cuáles son las cosas que más me atormentan? Pensar que cuando sé de ti, por tus cartas, las noticias se refieren a quince o veinte días antes; pensar que puedas enfermarte (¿te has apuntado en alguna Quinta? Hazlo enseguida); pensar que careces de cosas necesarias, sobre todo de alimentación; suponer que  puedas ser víctima de las garras policíacas; imaginar tus sufrimientos —¡sola!— en las pequeñeces domésticas de tu casa,  en las incomprensiones de las amistades, en las dificultades  diarias de la vida y en los inconvenientes y los defectos del trabajo.

(Ahora mismo llegó el médico a mi cuarto, y me dice que el análisis de mi orina es bueno: me hace muchas preguntas [es muy inteligente], para investigar la causa de mis frecuentes orinadas. Al cabo me indica a la enfermera, que viene con una medicina que debe darme. Nuevamente me indica: neumotorax.)

Muy a menudo sueño contigo: anteanoche soñé que estábamos juntos con el Chico, en Cuba, en nuestra casa del Vedado, y que yo explicaba a éste el contenido de mi informe a la Conferencia de los Partidos. Anoche soñé que tú y yo estábamos en un restauran! en un lugar del campo y llegó Fors que se puso a hablar con nosotros; también llegó David, a quien Fors40 quería conocer. Hace muchos días que no sé de Cuba, pero en el Pravda del día 11, un enfermo me señaló una noticia de Cuba; pude interpretar que ochocientos campesinos —(supongo obreros agrícolas)— habían hecho una demostración (en Placetas) por pan y trabajo, y habían tenido un choque con la policía. (El lema pan o trabajo no debe ser lanzado por nosotros, debemos decir subsidios o trabajo, socorros o  trabajo y en último caso: pan y trabajo, porque pan o trabajo tiene un aspecto de pordioserismo, de mendicidad: si no hay trabajo, el  obrero se conforma con pan, símbolo clásico de la limosna. Los lemas de los desocupados deben ser más popularizados: están en el pliego presentado el 20 de marzo y en el programa de la Conferencia.

Estoy proyectando hacer un informe —aunque sea breve— de mi actuación en la Delegación, para enviarlo a Cuba; sólo me detienen los obstáculos materiales de mis pocas fuerzas y de la  falta de máquina.

Escríbeme detalladamente sobre ti y tu vida, tu salud, tus  actividades. Ten presentes mis consejos y deseos de que te cuides físicamente y políticamente. Dale recuerdos a todos y además de a tu familia, especialmente a mis hermanos (Supongo que D.41 habrá regresado.) Yo no puedo escribir a todos. A papá creo que le escribiré hoy, adjuntándote la carta. Abrazas al Chico si sigue allá. Para ti todo el amor y el cariño de tu invariable

RUBÉN

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