Por la libertad de los pueblos de nuestra américa contra el imperialismo norteamericano

A los intelectuales y hombres libres de los Estados Unidos.
A nuestros hermanos de la América Latina.

POR  SEGUNDA VEZ EN EL CURSO de los últimos años, tropas de desembarco de la marina de guerra norteamericana han hollado el suelo de la hermana república de Nicaragua,  desalojando de los lugares que ocupaban a funcionarios de un  gobierno legalmente constituido, estableciendo censura telegráfica y postal, y declarando «zonas nuestras», regiones de territorios no sujetas a su soberanía; es decir, violando en todos estos casos los más elementales preceptos del Derecho Internacional y  atropellando con ello la dignidad de la América indoibera.

Los inductores y responsables inmediatos de este atentado son algunas corporaciones económicas establecidas en territorio de aquella república, análogas a las que pretenden llevar a su país —la poderosa república de los Estados Unidos de América— a un casus belli con nuestra hermana, la noble nación azteca, con el solo y exclusivo propósito de seguir explotando, sin compensaciones para ésta, y rebelándose contra sus leyes, los ricos yacimientos  petrolíferos de su suelo; las mismas que en los países que baña el mar Caribe tienen establecidas verdaderas factorías de  expoliación, obteniendo los más preciados frutos de sus fecundas tierras, a costa del menor esfuerzo, siendo amparadas en esta explotación por el organismo político que gobierna la república de Lincoln; las que acechan la ocasión de adquirir el monopolio y dominio de las salitreras sudamericanas, escudándose en flacos pretextos de pacifismo y cooperación panamericanos; las que financian revoluciones en suelo iberoamericano y sostienen tiranías dóciles a sus mandatos: las que, en fin, pretenden impedir la concurrencia de los productos del resto del continente, en su rico mercado de consumo, aun cuando con ello atenten contra los intereses de los ciudadanos pobres de su país.

Sin embargo, debemos declararlo: estas organizaciones financieras, industriales o agrícolas, no constituyen el sistema espiritual del pueblo norteamericano. Por el contrario, los ciudadanos que componen la inmensa mayoría de esta nación sienten, si no tan descarnadamente como los que vivimos al sur del Río Grande, los mismos efectos opresivos y lesionadores de su dignidad, en el desarrollo de su libre actividad.

Los hombres que dirigen el Departamento de Estado  norteamericano han procedido en este caso concreto de  Nicaragua, al ordenar al almirante Latimer la ocupación de Puerto Cabezas, sede del gobierno constitucionalista de este país, y de otros puntos del mismo territorio, desalojando a las autoridades legítimas que allí funcionaban, como aquellos que reconocieron la legitimidad de la segregación del estado del istmo, del territorio colombiano, en 1903; que ordenaron la invasión de Haití y Santo Domingo; que organizaron la parodia del gobierno republicano de Hawaii; que impusieron a Cuba la Enmienda Platt, hoy Tratado Permanente; que mantienen a Puerto Rico y Filipinas en estado semicolonial, burlando sus propias promesas, y que inauguraron su carrera de depredaciones exterminando las innumerables tribus indias que habitaban el inmenso territorio al occidente de las trece colonias primitivas, sangrando luego, con herida que aún permanece abierta, a la república de Juárez y Morelos.

Los que en Cuba pensamos sin compromiso con los errores del pasado ni las iniquidades del presente, los que sentimos muy hondo el libre amor que debe unir a todos los hombres, sin  distinciones de razas ni nacionalidades; los que creemos que el continente que descubriera Colón debe ser refugio de la humanidad libre, no podemos hacernos cómplices con nuestro silencio de esta afrentosa tragedia que sentimos en nuestra propia carne, ocurrida en suelo latinoamericano, y hacemos un llamamiento a los que piensan como nosotros en esa tierra donde el oro triunfa, escarneciendo los ideales de los fundadores de esa poderosa nación, para que, uniendo su esfuerzo al de todos los hombres libres de nuestra América Latina, obliguen a su gobierno a dejar de ser instrumento de quienes pretenden implantar en el Continente un nuevo sistema de esclavitud, más ominoso que el que hace un siglo destruyeron nuestros abuelos con su heroico esfuerzo.
Enrique José Varona, Emilio Roig de Leuchsenring,
Rubén Martínez Villena, Gustavo Aldereguía, José A. Fernández
de Castro, Juan Marinello, Luis Gómez Wangüemert,
Andrés Núñez Olano, Enrique Serpa y otros más.

Carteles, Val. X, No. 4. 23 de enero de 1927.

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