Relato sobre la expulsión de los jesuitas

Por: José Antonio de Armona
En: Noticias de casa (1767)

El correo entró en la Habana el 14 de mayo por la mañana temprano. El capitán saltó en tierra con pliegos, y me dijo que venía lleno de cuidado sin saber por qué. A su salida se discurría en la Coruña que fuesen cosas de guerra. Yo bajé á la oficina á las seis de la mañana, mandé llamar al contador y á los oficiales; se cerraron las puertas, y abrí los pliegos de oficio que venían para mí.

Una orden de puño propio del ministro de Estado marqués de Grimaldi me puso alerta con varias precauciones de brevedad y seguridad para los demás pliegos, asegurando yo con la una y otra el servicio del Rey, sin decirme otra cosa en el asunto, sino que todos los gastos se hiciesen de cuenta de la renta de correos, llevando cuenta separada de ellos; y que yo se la había de dar muy puntual al Rey por su mano de cuanto hiciese y resultase en el asunto, en cumplimiento de sus reales órdenes.

Los demás pliegos llegaron bien á sus destinos, y los gobernadores me avisaron sus recibos por los mismos que se los llevaron.

La operación de Bucarely fue maestra en su clase, porque en el gobierno había secretos motivos para recelar alguna cosa. Apenas abrió sus pliegos se encontró con otros cerrados; una orden suelta le prevenía que no los abriese hasta después de pasados tantos días; que los guardase con mucho cuidado y en parte muy segura. Yo le veía con frecuencia y amistad; pero nunca me dijo una palabra sobre este asunto.

El me veía á mí con el afán de despachar correos á todas horas y para todas partes; y así haciendo la- deshecha, me dijo una noche con disimulo delante de muchas personas: ¿Qué es esto, Sr. Armona? El marqués de Cárdenas me ha dicho que usted, encerrado en su despacho, tiene á sus oficinas en gran acción; que usted no recibía á nadie esta mañana, ni á sus amigos, no haciendo otra cosa que despachar correos á diestra y siniestra, y que si él no es mal profeta en su patria, la guerra nos va á caer encima.

A lo menos para mí ya la tengo en casa, le respondí,- porque se duerme poco, se trabaja mucho y nada se sabe de lo que se trae entre manos.

Pero Europa está dormida ó muy tranquila, y no me parece de esperar tan pronto lo que pronostica el marqués de Cárdenas sólo por lo poco que ha visto.

A la verdad, el gobernador pasó malos ratos desde que recibió sus pliegos hasta la hora de su apertura. Era hombre de mucha y viva imaginación, impenetrable en el secreto, de suma actividad sin conocérsele, ni salir de su despacho, y gran trabajador. Se preciaba de hacerlo todo por sí, depositando sus ideas en garabatos griegos o caldeos, que sólo podía descifrar su secretario de Gobierno D. Melchor de Peramás, cabalmente cortado para las medidas sevillanas de su Bucarely. Después que salió de estos cuidados, me dijo que desde su despacho hasta el salón de órdenes había dado más de mil paseos pensando en el misterio de los pliegos, los cuales siempre había tenido bajo llave y bien prevenidos, por si moría antes de llegar la hora de verlos con la advertencia del día en que debía romperlos su sucesor en el mando; que de todos sus paseos nunca pudo sacar de su cabeza otra cosa que el exterminio de los jesuítas, juntando con sus antecedentes lo que sabía, todo lo que ignoraba y lo que podía encerrar el misterio de los pliegos.

Llegó el día de abrirlos. Nadie le conoció nada; se quedó con su ordinaria tranquilidad y disimulo público. El solo, y en lo preciso con su secretario lo hizo todo: órdenes preventivas á los comandantes de los cuerpos, para que en sus cuarteles respectivos tuviesen tal número de tropa sobre las armas á puerta cerrada y con gran silencio en la noche destinada para la ejecución; al comandante del castillo del Morro, para tener cargada y asestada su artillería contra la muralla del colegio de San Ignacio, que baña el mar, para romperle brecha y salir por ella al embarque en el caso forzoso de algún movimiento popular, dándole las señales que debían preceder para este extremo; al sargento mayor de la plaza y á sus ayudantes de mejor cabeza, para que en la misma noche desde las diez en adelante rondasen todas las calles con partidas, y con buen orden y modo hiciesen recoger los mozos que andan por ellas cantando con guitarras, á los marineros extraviados por las tabernas y algunos vecinos que salen á las puertas de su casa con sus familias.

En una palabra, que todo el pueblo quedase sosegado. Al teniente rey D. Pascual Cisneros, al brigadier dé ingenieros D. Silvestre Abarca y al coronel de la misma arma D. Agustín Crame, les previno de palabra á solas, sin saber nada los unos de los otros, que á las diez y media de la noche se dejasen ver con él en su despacho. A mí me dijo por la tarde, que por la noche á las nueve fuese á tomar con él una jicara de buen chocolate que le habían traído de España. Fui á esta hora y hablamos de mil cosas que no venían al caso. Después que ya estaban allí los otros tres, y que el secretario sin parar un instante entraba y salía para hablarle al oído, me apartó á un lado y me dijo sonriéndose:

¿Qué es lo que á V. se le figura de todo esto que ve y á estas horas». «Que vamos á dar arma falsa ó un alerta, le respondí, y sí no á hacer alguna buena prisión.» Esto así, marchamos con él al castillo de la Fuerza, donde encontramos al coronel del regimiento de Lisboa D. Domingo Salcedo con su tropa escogida sobre las armas. Sin caja ni ruido alguno marchó el general con esta tropa á la muda, quedándonos los demás en el cuartel.

Ocupó á las doce de la noche todas las avenidas del colegio de San Ignacio. Los dos solos pusieron ciertos centinelas y oficiales de satisfacción donde les pareció para observar algunas partes y las ventanas.

Pasó al cuartel de Dragones inmediato al colegio, y vio que su coronel D. Tomás de Aranguren ya tenía montada su tropa sin hablar una palabra, y el resto de ella, que no debía entrar en acción, bien entregada al sueño.

A este tiempo nos hizo llamar Bucarely por un ayudante y nos dijo aparte: «Ustedes cuatro son mis auxiliares en este grave negocio del Rey; siempre me han de acompañar y estar á mi lado para cuanto pueda ofrecerse

Llegamos pues á eso de la doce y media de la noche á la portería del colegio. Llamó el sargento mayor, y á la tercera ó cuarta vez respondió el portero. A la orden de que abriese al gobernador, obedeció al instante.

Dio aviso al rector, el P. Andrés de la Fuente, natural de la Puebla de los Angeles, y llegó a recibirle cuando ya estábamos á mitad de la escalera. Pasamos á la sala rectoral. Allí le previno que hiciese venir á todos los padres de la casa preguntándole cuántos eran por todos. El rector, acompañado de dos oficiales de carácter, fue dando la orden de un aposento á otro, y en cada uno quedaron dos oficiales como de centinela para acompañarlos cuando saliesen y observar si por las ventanas echaban algo á la calle ó á otra parte.

Junta la comunidad, se puso en pie el gobernador con dos asesores al lado, su secretario y el escribano de guerra. Se puso el sombrero, y sacando de su bolsillo el secretario dos candeleras de plata, con dos velas de cera, le alumbraron y leyó en alta voz el decreto del Rey que estaba impreso. Preguntó después al rector, qué padres misioneros estaban fuera. «En Cuba está el P. Villaurrutia y en Bayamo está otro», le respondió.

Allí mismo les puso dos órdenes al rector, y Bucarely despachó un correo al gobernador de Cuba incluyéndolas con sus prevenciones para que las cumpliese.

Pasó después con el rector, el procurador del colegio, el secretario y cuatro oficiales á todos los aposentos, cuyas llaves, con las de sus papeleras y papeles, pidió el rector á cada uno. En ellas se recogieron cuantos manuscritos y cartas tenía cada padre. Se formaron paquetes de ellas por cada uno, cerrados y sellados con lacre, rotulados por fuera con la explicación necesaria, y al fin autorizados con la firma de todos. Entre tanto, los cuatro auxiliares nos quedamos en la rectoral á solas con dos padres que no dejaban de acercarse á las ventanas, aunque habían quedado muy sorprendidos con el decreto del Rey, la circunspección y las formalidades del gobernador.

Serían las tres de la mañana cuando el P. Araoz, que, á pesar de sus muchos años había sido echado de Méjico, encarándose á mí me dijo: «Sr. José, ¿ha venido alguna embarcación de España? —Ninguna, le contesté, desde el correo marítimo que vino hace más de un mes. —¿Pues por dónde ha venido esto?, —me replicó el viejo admirado—, que después de tanto tiempo nada se ha sabido? —Por ahí verá el P. Araoz cómo van ahora las cosas, le respondí

La diligencia del gobernador sobre los papeles era larga. Entre cuatro y cinco de la mañana entraron por disposición suya chocolate, café, leche y otras cosas para desayuno de los padres. Todos hicieron su deber. En la misma sala y siempre acompañados estuvieron treinta y seis horas, pero sumamente asistidos y considerados en todas las cosas posibles.

El gobernador con sus precauciones recogió algunos papeles que iban de afuera y por diferentes modos se les quisieron introducir. Eran papeles de damas sin firma, pero de letras conocidas, y con esto se avivó por instantes el embarque. Habilitada la embarcación con buenos acomodos y abundante rancho, los sacamos del colegio en seis coches á las ocho de la noche. A los lados de cada coche iban dos personas nombradas. D. Agustín Crame y yo íbamos con el primero. El gobernador y el teniente rey cerraban la retaguardia con el último en que iba el rector Poblano.

Al volver de una esquina llegó de golpe un embozado á hablar con el de nuestro coche, el P. Tomás Butler, que había sido por muchos años el consultor y confidente de los gobernadores, el eje que movía los negocios de la Habana y el dueño de las principales casas y familias. Crame, que iba por aquel lado, se le echó encima en cuanto pudo percibir alguna palabra. El embozado desapareció al instante al verle tirar de la espada.

Los embarcamos en el bote del mismo gobernador, y en la fragata recibieron algunos oficiales que se habían puesto para hacerles guardia hasta el amanecer en que se hicieron á la vela.

El rector, que encontró á bordo de ella al práctico del puerto, amigo suyo, le dijo: “¿Se sabía en la ciudad que nos sacaban esta noche? —Sí, padre, le respondió. —¿Pues dónde estaba todo el pueblo? ¿Estaban acobardados todos?” Por la mañana el práctico dio cuenta de estas interrogaciones al gobernador y mandó que hiciese formal declaración para que constasen en el expediente judicial.

La ciudad en la parte que se componía de sus gentes naturales, y, sobre todo, las mujeres más principales, ricas y devotas, sintió y sintieron vivamente una catástrofe tan inesperada para ellas, que no pudieron disimular su pena ó su sorpresa desde el instante mismo.

El gobernador con sus cuatro auxiliares y secretarios reconoció a su tiempo todos los papeles sellados. Se apartaron los manuscritos y las cartas útiles. Se rompieron muchas y muchas esquelitas de damas de-votas. Dio cuenta á S. M. de todo; se aplaudió su conducta y salió con muchas satisfacciones. Los jesuítas de la Habana fueron los primeros de América que llegaron á España y desembarcaron en Cádiz.

 

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