La Habana de 1819 por E.M. Masse

Por: E. M. Masse
En: L’Ile de Cuba et La Havane (1819)

Las calles de la Habana están en general bien trazadas. Casi todas se cortan en ángulo recto, de manera que al seguirlas se llega a las murallas o al mar. Pero no se riegan; son muy pocas las que están pavimentadas, y se atienden muy mal a las que lo están.

Para llenar los huecos, o mejor dicho, las furnias que forman los carruajes y los aguaceros tropicales en las calles no pavimentadas, se traen carretas de una especie de argamasa que se encuentra a poca profundidad en gran parte de los terrenos próximos a la ciudad.

Pude ver un día más de veinte carretas cargadas con este material, obstruyendo el paso, y los transeúntes esperar, con los brazos cruzados, a que lo descargaran en el terreno. En vista del pequeño número de obreros ocupados en ese trabajo, el turno de la última carreta vendría a ser al cabo de dos horas por lo menos. ¡Cuánto tiempo perdido! ¡Cuántas carretas y conductores mal empleados! Ignoro en qué condiciones se ejecutan estos trabajos; pero pienso que los contratistas no desean perder su dinero.

A menudo, después de un temporal de pocos minutos, se diría que un río se desborda súbitamente por las calles, principalmente en las cercanías del puerto, y las calles sin pavimentar, entre otras la calle de Tejadillo, se convierten en lagunas durante varios días. Hay que atravesar estas calles sobre algunas piedras movedizas y colocadas a mucha distancia unas de otras. En general hay aceras, pero son muy estrechas. Algunas no son más que terraplenes, y a cada paso se corre el riesgo de caer en el fango.

Los negros raras veces ceden el paso. Se me ha explicado que, entre los españoles, es costumbre que la persona que se considera superior sea la que ceda el paso, de lo cual procede esta costumbre de los negros, chocante e insolente a la vista de los extranjeros.

Cuando el tiempo es seco, hay que andar a través de nubes permanentes de un polvo muy tenue y penetrante, considerado muy malsano. Si sopla algún viento, no hay modo de soportarlo. Es sin embargo poca cosa en comparación con el polvo que hay en las carreteras. Se trata de un polvo rojizo y que da a aquellos que el viento ha salpicado el aspecto de cangrejos.

Los rayos verticales del sol al caer sobre el fango de las calles hace salir de éste miasmas fétidas. Pero eso no es todo: perros, gatos y aves muertas en las calles ofenden a la vez la vista y el olfato de los transeúntes. He visto permanecer por dos días el cadáver de un caballo en medio del camino, a pocos pasos de la puerta que conduce al castillo de la Punta.

La ciudad, bañada a un lado por las aguas del puerto, está rodeada al otro por una muralla al pie de la cual se extiende un amplio foso. Altas hierbas cubren el espacio bastante ancho entre un camino cubierto y el Paseo. Este paseo está dividido en dos partes que forman un ángulo muy obtuso. Una está sombreada por grandes árboles; en la otra los árboles son mucho más pequeños, menos desarrollados debido a la cercanía del mar. Más allá de la primera, se encuentra el jardín botánico, o, por decirlo mejor, el terreno en que se cultivan plantas recibidas del extranjero. A lo largo de la segunda parte predominan los barracones o viviendas para los negros, deplorables mercados donde se venden los hombres por ser negros, y porque necesitamos, al precio que sea, azúcar y café.

Después de los barracones comienzan propiamente los suburbios de la Habana, que están comprendidos bajo el nombre general de la Salud y que ofrecen a la vista del observador una mezcla singular. Campos cultivados; una cantera de piedra de construcción; casas de madera por construir, otras que han sido terminadas y en cuya construcción se encuentran detalles de lujo similares a los de los países cálidos; chozas, buenas para salvajes; chozas sencillas construidas con espalas y hojas del cocotero; jardines bien cuidados, bien cercados; otros totalmente agrestes y rodeados de piedras en bruto.

Absténgase de ir hacia la orilla del mar. A un espectáculo pintoresco sucedería el espectáculo más desagradable. Allí van a parar todas las inmundicias y basuras de las casas; allí se forman los pantanos cuyas aguas verdosas parecen amenazar con la muerte al que se aproxime a ellas; allí millares de puercos se revuelcan en un fango negruzco y pestilente.

No obstante se construyen bohíos en la orilla, dentro del mismo seno de estos aterradores antros de infección. Es cierto que el color y los rasgos de la muerte están impresos en el rostro de los pobres blancos que, para criar los puercos a un costo menor, no tienen temor de instalar sus viviendas en tan horrible lugar.

No se dirija pues hacia el noroeste; vuélvase hacia el sur. Deje en el horizonte, a su izquierda, la meseta de Aróstegui, cuyo flanco árido parece cubierto de una arena muy blanca, y sobre la cual se encuentra el fuerte de San Carlos del Príncipe. Esta fortaleza sirve para defender la Zanja, cuyas aguas surten a la Habana, y que usted habrá de atravesar, según el lugar a donde haya ido a parar, por el puente de piedra que comunica ese barrio con el Campo de Marte, o por pequeños puentes de madera que unen las dos orillas, llegando así a la Calzada de San Luis Gonzaga, calle o camino muy ancho, rodeado de casas bien construidas.

Si continúa andando en dirección hacia el sur, llegará a la Calzada Real. Este camino, incesantemente cubierto de viajeros, conduce a todas partes de la isla. Se bifurca a cierta distancia, una rama conduce al jardín del obispo en el Cerro, pequeña aldea a una legua de la Habana; la otra rodea la fortaleza de Santo Domingo de Atares construida sobre un monte aislado que domina el fondo de la bahía. Una doble fila de casas a ambos lados de esta última calle se extiende en la lejanía. Este barrio, llamado del Horcón, es bastante agradable de visitar, cuando no hay polvo ni fango; pero, ¿cuándo no hay fango ni polvo en este país?

Ahora, si usted regresa sobre sus pasos siguiendo la ruta de los viajeros que se dirigen a la Habana, y si, antes de llegar a la Plaza de los Toros, atraviesa una de las calles que se encuentran a la derecha, se topará con una población casi toda negra, y cuyos miserables bohíos están semienterrados en una ciénaga interrumpida a intervalos por rocas agudas, que no se han molestado en desbaratar al trazar las calles. Ese barrio, llamado de Jesús María, es el más pobre de todos.

Antes de abandonarlo, manteniéndose siempre cerca de la bahía, podrá pasar delante de la fábrica real de tabaco y del arsenal, entrando después en la ciudad por la puerta que lleva el nombre de este último edificio.

En lugar de tomar por la primera calle que se ofrece ante usted, avance a lo largo de la muralla y permita que su vista se extienda a lo largo de unas lomas que bordean agradablemente el horizonte y que Humboldt visitó para provecho de la ciencia.

En las aguas de la bahía próximas a la muralla, y frente al arsenal, le sorprenderá el espectáculo que ofrecen cinco o seis navios de guerra o fragatas arrinconadas que allí se pudren. Un poco más lejos salen del agua una serie de arrecifes de los cuales el más prominente se llama Cayo-Puto, nombre un tanto extraño a nuestros oídos, pero que, en los últimos tiempos, un periodista malicioso y picaresco ha hecho familiar a los oídos de los habaneros.

Antes de la llegada del gobernador actual, Don José Cienfuegos, se cometían muchos asesinatos en la Habana. Es cierto que no todas las cruces pintadas o de madera que se ven en las paredes de las casas indican que en ese lugar un hombre haya derramado la sangre de otro.

La mayor parte de estas cruces han sido colocadas por devoción, y tal vez también para preservar el lugar que ellas decoran de los accidentes horrendos que recuerdan otras cruces. Si se hubiesen colocado una por cada asesinato cometido de día o de noche en las calles de la Habana, habría que abrirse paso en medio de cruces contiguas, a excepción de en ciertas calles donde, algunas paredes tendrían el privilegio de tenerlas colocadas unas sobre otras.

En la plaza de los Agustinos, frente a la iglesia, se encuentra una pequeña capilla de Nuestro Señor de la Buena Muerte, decorada con todos los accesorios lúgubres que haya podido imaginar un pintor católico y español. Se han dado tal vez más de cien puñaladas delante de esta capilla de la Buena Muerte. Yo no podría pasar por allí sin sobresaltarme. Se ha observado en las colonias españolas que los asesinatos se han hecho más comunes a medida que han sido más frecuentadas por los andaluces.

Además de los motivos del robo, los celos, el rigor de los procesos y las denegaciones de justicia son las causas principales de estos homicidios, no siempre ejecutados por la propia mano del ofendido o que se tiene por tal, pues existen asesinos asalariados. El 19 de abril de 1816 fue ejecutado José Florentino Ibarra, mulato, que había dado muerte a diecisiete personas.

Los españoles me dijeron que asesinaba con gusto. Se dice que su padrino, oficial superior de la marina, lo había salvado en varias ocasiones de ir a prisión y de la pena capital. Todavía puede verse su mano derecha clavada en un poste frente al Arsenal. No es de extrañar que el honesto y valiente Cienfuegos haya llegado a temer a los salteadores que pululan en la Habana y la han convertido en un sitio peligroso después de la puesta del sol. La vida de este buen ciudadano ha sido amenazada en muchas ocasiones. El se encuentra entre las personas que han considerado las medidas adoptadas para detener y desarmar al crimen como un atentado a la libertad, aunque es cierto que los asesinatos casi constituyen la justicia del país.

Desde antes de la llegada de Cienfuegos, las calles de la Habana estaban alumbradas por la noche, al menos durante el tiempo que duraban las antorchas. Estas antorchas se encerraban en fanales adaptados a unas barras de hierro fijadas en las paredes. Como este alumbrado era insuficiente, se ordenó a todos los negros y hombres de color, esclavos o libres, que no anduviesen por las calles, después del Ave María, sin llevar una linterna o farol.

Todas las noches, a su turno, un burgués armado hace la guardia en la cuadra o grupos de casas a que pertenece su domicilio. Supervisa el cumplimiento de los nuevos reglamentos de la policía, listo a solicitar mano fuerte en caso de necesidad. La atención del celador o supervisor se dirige principalmente hacia los que llevan el farol. Los negros y hombres de color, libres, no se sienten muy halagados por la distinción que se les impone. Los más ricos y orgullosos se las arreglan para no salir de ¡a casa después del Ave María, prefiriendo este inconveniente a la humillación de ser confundidos en una medida común con los esclavos.

Las mujeres de cualquier color que sean, están en toda libertad de ir y venir, siempre que la hora no sea indebida, es decir, hasta las once de la noche. Lo mismo ocurre con los hombres blancos, los que, cualquiera que sea la clase o nación a que pertenezcan, tienen el derecho de portar armas…

No existe alumbrado en los suburbios, y el servicio de guardia burgués no se realiza con tanto celo como en la ciudad.

Los cafés más favorecidos son los de la Paloma y del Comercio. El primero es el lugar de cita de los americanos y la mayor parte de los viajeros del norte; es un sitio muy decente, aunque desprovisto de adornos. Consta de dos salones cada uno de los cuales tiene su entrada particular. A un lado se encuentran las mesas de billar, donde sirven refrescos en el mostrador; al otro, se sirve chocolate o café, y los clientes se sientan ante largas mesas de caoba que han pertenecido a algún refectorio de monjes, y que tal vez datan de los primeros tiempos de la colonia. Por lo demás, uno encuentra allí semblantes honestos.

Pero, ¿se siente usted con el coraje y la determinación de fijar la vista, durante algunos momentos, sobre un conjunto de rostros muy desagradables, de fisonomías muy siniestras, de vestimentas muy sucias o muy rotas? Entre en el café del Comercio. Allí, desde la mañana hasta la tarde, se juega a la lotería; un muchachito canta los números que salen y pone en la voz una especie de salmodia que tiene algo de morisca.

Se diría que se trata de un morabito llamando a los fieles a rezar. En un amplio patio y bajo una inmensa tienda hay cantidad de mesas ante las cuales se sientan numerosos miserables, marcados por el remordimiento o la necesidad, y que tienen el aspecto de haber cometido un crimen o estar meditándolo. Marcan sobre sus tableros, con un trozo de tiza, los números que acaba de cantar el joven intérprete del destino.

Las ventas de negros se anuncian por medio de una nota impresa que se recibe junto con el diario. Los compradores llegan y se quedan hasta la hora indicada en la antesala en que están instalados los guardianes. Los negros están todos encerrados en un gran salón cubierto, y la puerta que debe abrirse a los compradores es asaltada por éstos o sus agentes desde la madrugada. Constituye un espectáculo singular ver el ardor con que disputan un lugar cercano a esa puerta. Ni siquiera las multitudes que en épocas de penuria hacen cola ante una panadería muestran tanta ansiedad.

Al fin llega el momento y la puerta se abre. No, nada puede explicar el horror de este espectáculo. Los compradores o los que actúan a su nombre se precipitan sobre los infelices negros. Cada uno coge el mayor número posible a fin de tener entre quienes elegir. Cuando van a hacer una compra considerable, llevan varios hombres que encierran contra la muralla tantos negros como pueden abarcar, sea con los brazos, sea con pañuelos. ¡Qué gritos! ¡Qué gemidos tan espantosos! sobre todo entre las mujeres, que por la posición que ocupan en el salón son las primeras en encontrarse expuestas a la irrupción de los bárbaros.

En esos momentos se renueva en el ánimo de esas infelices la idea de que se les saca de su país para comerlas. El furor con que se precipitan sobre ellas no les deja lugar a dudas. Se mantienen todas abrazadas, mostrando los signos de la más violenta desesperación. Los compradores se esfuerzan por tranquilizarlos; ¡pero sus fisonomías no tienen nada de tranquilizador! Se hace a continuación la elección, y se rechaza del grupo formado de inmediato aquellos o aquellas que no convienen, para tomar los que han sido rechazados o despreciados por otros compradores.

Los esclavos que han sido elegidos reciben unas piezas de ropa, y las mujeres lloran un poco menos a partir de ese momento. La vista de una camisa grande y blanca da inicio a su consuelo. A veces, en la espalda de estas camisas, se escribe el nombre del dueño y un nombre particular que habrá de ser el que lleve el esclavo. Para terminar el consuelo iniciado, se ofrece a todos, hombres y mujeres, un tabaco.

Sucede a veces que hermanos, hermanas, un padre y su hijo, se encuentran en grupos diferentes. Entonces se señalan con la mano;. se llaman, y los llantos y gritos comienzan de nuevo. Se tiene el cuidado de vender juntos a la madre e hijo cuando éste tiene aún necesidad de los auxilios maternos; pero si los niños son algo crecidos, no se preocupan tanto…

No debo olvidar dos ceremonias que no todos los compradores llevan a cabo. Una es bastante inútil; la otra lastimaría el pudor, si pudiera haber algún pudor donde no existe sentimiento humano alguno. Algunos compradores dicen en forma interrogativa a cada uno de los esclavos que están en su poder: ¿Vendido? Es preciso que el negro responda afirmativamente con un gesto de la cabeza, o de viva voz, si, conoce bastante español para ello. Para la segunda ceremonia, se levanta el taparrabos o la camisa que se acaba de dar a los esclavos, y se echa un rápido vistazo a la única parte de sus cuerpos que se tiene la costumbre de tapar. Los dos sexos están expuestos a sufrir de hernias cuyo peligro puede hacerse mayor según los trabajos a que se les destine…

Reinó al fin el silencio en el patio. Compradores y comprados pasaron al vestíbulo. Estos últimos eran contados, clasificados; aquellos, pagaban. Una pieza negra, hombre o mujer, se vendía entonces a cuatrocientas veinte piastras; la segunda clase, la de los mulecos en cuatrocientas; y la tercera, la de los mulecones, en trescientas ochenta. Hace unos dos meses una pieza negra se vendía en la Habana en cuatrocientas piastras por lo menos, y en Santiago en trescientas…

Se clasifica a los negros por su talla, por medio de dos pequeñas barras negras colocadas en las jambas de la puerta de que hemos hablado. En otros tiempos se vendían a crédito de un año o año y medio; ya apenas se venden en día más que al contado…

Es posible comprar un negro enfermo por cincuenta o cien piastras, y se les cura o se les pierde. Pero ¿qué hacen con los negros ciegos o completamente incurables? No he podido obtener una respuesta satisfactoria.

 

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