Viejas costumbre cubanas, la Barriada del Cerro

Por: Luis Bay Sevilla
En: Arquitectura núm. 138 (Enero 1945)

La casa de los Otero

La casa marcada con el número 8, de la calle Tulipán, que hace esquina a la de Santa Catalina, fué construida por el señor José Manuel Otero y Urdaneta, que la residió durante largos años con su mujer la señora Conchita Galarraga y Mestre, hija de un antiguo vecino del Cerro nombrado Don Juan Antonio Galarraga y de su esposa la señora María Luisa Mestre.

Conchita, que era una excelente pianista, fué la discípula predilecta del profesor Don Fernando Arizti, que llegó a tenerle gran afecto.

Cuando en el último tercio del siglo XIX, es­tuvo en La Habana el inspirado compositor y gran pianista Sr. Luis Moreau de Gottchalk, ofreció un gran recital en la residencia de los padres de Conchita, tocando ella esa misma noche, una pieza a dos pianos con el famoso maestro, que era en aquellos lejanos días huésped de La Ha­bana.

Años después, casó Conchita con el señor Otero, teniendo ese matrimonio como hijos a María Luisa, que contrajo nupcias con el señor Guiller­mo Merry; Clemencia y Jorge, que permanecen solteros; José Manuel, que contrajo matrimonio con la señorita Conchita Pedro; Raúl, valioso arquitecto a quien se deben los primeros estudios del proyecto para el Capitolio Nacional, quien casó con la señorita Sarah Fernández Rosillo y María Teresa, la más pequeña de todos, que unió su vida a la del señor Francisco Miranda.

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 La casa de Don Fernando Arizti

En la casa marcada con el número 14 de esa calle, residió durante mucho tiempo con su fa­milia, Don Fernando Arizti, magnífico profesor y compositor, nacido en La Habana en el año 1828.

A la edad de siete años, comenzó Arizti sus estudios de música, recibiendo las primeras lec­ciones del profesor Apustín Cascante. Dos años después, y teniendo entonces por maestro al señor Juan Federico Edelman, hizo progresos tan rápidos, que en 1840, contando sólo 12 años de edad, pudo hacerse oír en público, primero, en los salones más exclusivos de esta sociedad, y después, en el Gran Teatro de Tacón, y en las instituciones La Filarmónica, Santa Cecilia y La Habanera, que eran sociedades de filarmonía de aquella época.

Los padres de Fernando decidieron, de acuerdo con el profesor Edelman, enviar en el año 1841 a su hijo a París, recibiendo entonces lecciones del famoso compositor Kalbrener, de escuela ale­mana, que era una de las notabilidades de en­tonces, bajo cuya dirección terminó sus estudios, graduándose de profesor en el Conservatorio de París, e iniciando entonces un viaje de placer, por las principales capitales europeas.

En el año 1848, después de visitar Londres, Madrid y Berlín, regresó a Cuba, para dedicarse a la enseñanza de la música, fijando su morada en la barriada del Cerro, que era el lugar de resi­dencia de su familia, donde dio clases a incon­table número de jóvenes de aquella época, siendo en el año 1851 uno de sus mejores discípulos, quien fuera después el gran artista cubano Ni­colás Ruiz Espadero.

Entre sus discípulas figuraba la señorita Con­chita Galarraga, que residía con sus padres en aquella barriada, quien, como decimos anterior­mente, ejecutó en más de una ocasión distintas piezas musicales a dos pianos con el famoso pia­nista y compositor Gottchalt.

Fernando Arizti tuvo durante su unión matri­monial con la señora Teresa Sobrino las siguien­tes hijas:

Cecilia, que adquirió junto a su padre gran cul­tura musical, falleciendo en estado de soltería. Esta joven, según la autorizada opinión de Don Manuel Sanguily, fué una gran pianista, cuya su­perioridad extraordinaria, andando el tiempo, pudo conocerse y admirarse, en el célebre con­cierto con Rafael Díaz Albertini, en que el pro­fesor y la niña, arrancaron conmovedoras mues­tras de entusiasmo y simpatía.

Felicia, la segunda de las hijas de Don Fer­nando, contrajo nupcias con aquel gran tribuno y patriota que se llamó Don Manuel Sanguily, quien, de las aulas del colegio El Salvador pasó a la manigua para defender, con las armas en la mano, la independencia de su tierra; y después, como consejero del General Gómez, para afian­zarla.

Y María Teresa, pianista también, aunque no tan notable como su hermana Cecilia, casó con el señor Joaquín María Valor.

La residencia de Don Fernando fué siempre un centro de arte, ofreciéndose en aquella casa del Tulipán, inolvidables veladas que eran las delicias de la sociedad elegante de entonces.

El propio Don Manuel Sanguily, al morir Arizti, le dedicó en “El Fígaro” un sentido tra­bajo necrológico, en que puso de manifiesto sus grandes condiciones de artista. El hogar suyo, dijo Don Manuel en este trabajo, era un techo hospitalario, un castillo señorial y amable que cual cortesano salón, fué en un tiempo la delicia de la sociedad más selecta de La Habana, que re­cuerda todavía aquellos conciertos, aquellas ín­timas e incomparables reuniones musicales, alter­nadas con las de Fesser y las de Delmonte—en que Gottchalk brillaba en el esplendor de su popularidad, arrobaba Desvernine con su pri­morosa delicadeza, y el discípulo de Kalbrener se elevaba a la categoría de intachable maestro, para dar el calor de su enseñanza a sus discí­pulos tan gloriosos algunos, como el genial Es­padero—que más adelante sería, a su vez, maes­tro solícito y cariñoso de la dulce y sobresaliente Cecilia.

Arizti además de gran pianista, fué también un valioso compositor, habiendo dejado al mo­rir, incontables obras musicales que ponen de manifiesto su gran talento e inspiración musical.

AI abandonar la familia de Arizti aquella casa, la adquirió por compra el señor Teodoro de Zaldo, quien realizó en ella grandes obras de am­pliación y mejora, ocupándola luego con su mu­jer la señora María de Cárdenas y Chappotin, quienes no tuvieron sucesión.

 Tulipán 15

La casa Tulipán número 15 (antiguo), que hace esquina a la calle Falgueras, es también una construcción que data de mediados del siglo XIX, en los días, precisamente, en que comenzaba a poblarse la calle Tulipán, por un grupo de per­sonas distinguidas de aquella época, extranjeros en su mayoría, a quienes atraía la fresca tempe­ratura que allí prevalecía durante todo el año, porque, no está demás que lo recordemos, en aquellos primeros días, el Cerro era un lugar de temporada, donde pasaban los veranos las más exclusivas familias de nuestra aristocracia, que,para orgullo de Cuba y de los cubanos, dejaron en esas piedras, huellas indelebles de su ex­quisitez y buen gusto, de las que son prueba elocuentísimas, las bellas mansiones de los Fernandina, Lornbillo, Santovenia, Herrera, Peralta, Güell, San Miguel de Bejucal, Sandoval, Gaudie, Santos Guzmán, Zaldo, Martínez, Lavandeyra…

Esta casa que nos ocupa marcada con el nú­mero 15 (antiguo), la ocupa en la actualidad una de las dependencias de la Clínica médica La Ca­ridad. Es una magnífica residencia, construida allá por el año 1867 por el Ldo. Adolfo Márquez Sterling, que fué toda su vida un periodista honesto. En el diario La Libertad, fundado por él, redactaba aquellas célebres Actualidades, que constituían la pesadilla de los censores españoles, hasta que el Gobierno de la Colonia decidió clau­surar dicha publicación. En el año 1879 fundó Don Adolfo el diario La Discusión, que dirigió hasta su muerte, ocurrida en un balneario francés en el año 1883, donde había ido a curarse.

Don Adolfo era tío del conocido periodista nombrado Manuel de iguales apellidos que fué, durante algunos años, Director del Heraldo de Cuba, y más tarde Ministro de Cuba en México, donde logró destacarse notablemente por su ac­tuación generosa y humana, tratando de salvar la vida al que fuera Presidente de aquella Re­pública hermana, Don Francisco Y. Madero,muerto trágicamente durante los sangrientos sucesos revolucionarios que lo derrocaron del poder.

Manteniendo la tradición de honradez que he­redó de sus antepasados, vive entre nosotros el Dr. Carlos Márquez Sterling, ex Presidente de la Cámara de Representantes, abogado prestigioso y figura de gran relieve en la política cubana.

Esta casa, que hace esquina a la calle de Fal­gueras y que se encuentra por lo tanto situada frente al parquecillo del Tulipán, es una mag­nífica construcción que fué proyectada y cons­truida por el ingeniero Don Luis Estefani, que construyó también para el Sr. Aquiles Martínez, la marcada con el número 16 de la propia calle del Tulipán.

Posee la casa que fuera del Sr. Márquez Sterlin, una valiosa reja toda de bronce, que tiene cerca de un metro de alto; sus pisos son de már­mol y tiene los techos decorados con buen gusto.

Después del señor Márquez Sterlin, ocupó esta casa el licenciado José Almagro y de la Vega, que era, en aquellos días, Fiscal de la Audiencia de La Habana y Comendador de la Orden de Isa­bel la Católica quien estaba casado con Isabel Elizaga, hermana de Pilar, la primera esposa del señor Santos Guzmán.

De la unión de Almagro con Isabel, nacieron los siguientes hijos:Esperanza, María Teresa, Pilar y Carmen, sol­teras.

Alberto, que fué Cónsul de Cuba en Bilbao,España, que casó con la señorita Gloria Yardiolay Urquizo.

Alvaro, que contrajo matrimonio con la seño­rita Mariana Pardo y Pascual de Bonanza.

Luis Felipe, ex-Secretario de Justicia, ex-Magistrado de la Audiencia de Camagüey y ex-Representante a la Cámara, casado en primeras nup­cias con la señorita Rosa Amalia Hernández Nie­to, teniendo por hijos a Luis Fernando y María. Al quedar viudo, contrajo de nuevo nupcias con la señorita Mercedes Hernández Nieto, hermanade Rosa Amelia.

Enrique, que fué Presidente de la Audiencia de La Habana, casó con la señorita Gloria Airosa, de cuyo matrimonio nacieron los siguientes hijos: Enrique, Miguel, Mauricio y Gloria Rosa, ca­sando el primero de ellos con la señorita Her­minia Rodríguez Tomen.

José Ignacio, Coronel del Ejército Libertador, ayudante del General Maceo y Magistrado de la Audiencia de La Habana, contrajo matrimonio con la señorita Hortensia Carrillo, teniendo por hijos a María Hortensia, José e Ignacio.

María, casó dos veces, la primera con el señor Fernando González Veranes y López del Castillo y en segunda vez con el señor Pedro Sánchez y González Abreu.

Hortensia, contrajo nupcias con el señor Mario G. Menocal y Seva.

José, casó con la señorita María Azpiazu y Gar­cía Vieta.

Ignacio casó dos veces, la primera con la se­ñorita María Dolores Ajuria y O’Reilly y la se­gunda con la señorita FannyBarceló.

Después de la familia Almagro, ocupó esa casa el señor Francisco Terry en compañía de su se­ñora esposa PanchitaSánchez.

En el año 1886 llegó a La Habana Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, nacido el 4de agosto de 1852 en la casa Aguiar 168 que ocupaban sus padres.

El ambiente artístico que predominaba en Cu­ba, en aquella época, nos lo dice en párrafos mag­níficos el crítico de arte Don Serafín Ramírez, en su valioso libro “La Habana Artística“.

La música, dice Ramírez, era el encanto de todos y las reuniones filarmónicas el alma de nuestra sociedad, a tal punto, que no llegaban a dar tregua, pues de las unas, había que pasar a las otras, advirtiendo que todas eran a cual más selecta. El cultivo del arte, se había generalizado de tal manera, que habría sido imposible, hallar una casa en donde no se le rindiera tributo. Com­pañías líricas de primer orden y concertistas de extraordinarios méritos nos visitaban frecuente­mente, dejando al partir, algún donativo o re­cuerdo en favor de nuestros establecimientos pia­dosos. Las sociedades artísticas o literarias, to­maban a su vez increíble impulso, y, por último,con el modesto nombre de aficionados, aparecían artistas de alto rango.

Brindis de Salas, contaba a la sazón 34 años, y se encontraba en plena madurez artística, pues llegaba de nuevo a su tierra consagrado con la consideración de toda la Europa culta y honrado con algunas valiosas condecoraciones, entre las que mencionaremos, el título brasilero de barón y la muy preciada de caballero de la Legión de Honor de Francia.

Brindis había obtenido, en aquellos días, so­nados éxitos en Francia,Prusia, San Petersburgo v Londres.

La aparición de este gran artista en los más exclusivos centros artísticos de la vieja Europa, despertó siempre grandes aclamaciones.

La crítica de entonces de aquel Continente, le había bautizado con el nombre de El Paganini negro, y el famoso crítico francés M. Osear Commentandt, refiriéndose a uno de los conciertos que ofreciera este artista en París, dijo en Le Siecle: es un artista de gran talento que en todos los conciertos en que se ha dejado oír en París y en el extranjero, ha obtenido el más plausible éxito. Diríase que una mano oculta arranca al instrumento las más sublimes notas, haciéndolas aparecer como emanadas del cielo.

La Gazzeta dei Teatri, de Milán, dijo de Brin­dis de Sala lo sigiuente: Es un simpático moreno de mirada viva, inteligente, penetrante y de mo­dales cultos y elegantes… como concertista me­rece la fama de que viene precedido; arranca del violín sonidos dulcísimos, acentos apasionados y aun en las más difíciles variaciones, conserva una seguridad, un buen gusto y una pureza de ento­nación verdaderamente envidiables.

Su presencia, pues, en La Habana, fué un ver­dadero suceso artístico y su aparición, por tanto, clamorosa e inolvidable, para cuantos la presen­ciaron.

Invitado por el matrimonio Terry-Sánchez, ofreció Brindis, en esta residencia y en la noche de un domingo, un gran concierto, del que tam­bién disfrutó un grupo selectísimo de familias de la más rancia aristocracia cubana, quienes re­cuerdan todavía, con emoción y entusiasmo, la maravillosa labor de este artista.

Y era tanto su prestigio y tanta la admiración que despertaba, que una noche, encontrándose en el Parque del Tulipán la señora Sánchez de Terry acompañada de su hermana Josefa, la señora de Don Alfredo Lombard, acertó a cruzar por allí Brindis de Salas, quien respetuosamente saludó a ambas damas, las que continuaron, un corto trecho, su paseo por el Parque, en compañía del famoso violinista.

Es interesante, la anécdota que nos cuenta el Sr. Nicolás Guillen, en un ameno trabajo de su pluma, sobre este gran artista, quien según aquel, se desarrolló precisamente, días después de ofrecer Brindis de Salas su gran recital en la resi­dencia del señor Terry.

A la salida de una de sus memorables apari­ciones, dice el señor Guillen, entró el Rey de las octavas, acompañado de varios amigos blancos, admiradores suyos, en uno de los cafés más ex­clusivos que a la sazón existían en La Habana. Pidió cada quien que tomar, y cuando lo hizo Brindis, el dependiente, que no le conocía, le respondió con aspereza: Yo no sirvo sino a caba­lleros, no a los negros. Brindis de Salas, agrega Guillen, como picado por un tábano, y ya en pie, esbelto y colérico, se llevó la mano a la solapa del frac que vestía y señalando un botón rojo que llevaba en ella, exclamó con cierta dureza: Pues yo soy Caballero de la Legión de Honor, y no hay posiblemente aquí ninguna persona que pueda decir lo mismo. Advertido el dependiente acerca de quién era aquel hombre, trató de excusarse con una explicación, pero Brindis rehusó sentarse de nuevo y abandonó con sus amigos el café.

Volviendo a la casa que ocupaba el matrimonioTerry-Sánchez en la calle del Tulipán, diremos que estuvo allí instalada la Cruz Roja Nortea­mericana, de la que era jefa Suprema en Cuba la señora Clara Barton, precisamente, en los días peligrosos de la reconcentración ordenada por el Capitán general español Valeriano Weyler y Nicolau, aquel gobernante de odioso recuerdo para los cubanos, que sintiéndose impotente para do­minar a los patriotas que luchaban en la mani­gua, por la independencia de su tierra, quiso ex­terminar por hambre a la población campesina cubana, obligándola a trasladarse a los centros poblados, pensando estúpidamente reducir de ese modo, la rebeldía de los patriotas, que llenos de fe, luchaban por la conquista de nuestra Inde­pendencia.

Después de la Cruz Roja norteamericana, es­tuvo instalada en aquella casa la Legación Bri­tánica, pasando luego el inmueble a ser de la propiedad de la señora Rosa Castro viuda del señor Eduardo Zaldo, que es la actual propie­taria de ese inmueble.

 

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