Panoramas del ayer, la casa del Marqués de Almendares

Por: Francisco Pérez de la Riva
En: Arquitectura núm. 138 (enero 1945)

Si otras casas de La Habana antigua representaron la intriga política, las ideas de independencia o la vida literaria de una época, la casa del Marqués de Almendares sintetizó la grandeza y decadencia del azúcar.

Don Ignacio de Herrera y O’Farrill heredó el título de Mar­qués de Almendares con una cuantiosa fortuna a la muerte de su hermano el Coronel Miguel Antonio Herrera entrando aún joven en pose­sión de más de seis ingenios y diez mil esclavos, aumentando considerablemente la fortuna que heredara con su espíritu progresivo y empren­dedor que le llevó no sólo a reformar y modernizar la maquinaria de sus ingenios aumentán­doles su rendimiento sino a intervenir como ya lo había hecho su hermano en la construcción y desarrollo del ferrocarril establecido en Cuba antes que en la Metrópoli y que en los propios Estados Unidos y cuyas líneas y ramales como enormes e interminables tentáculos de acero iban enlazando entre sí ingenios, colonias, ciudades y puertos, abaratando la conducción de las cañas y de las cajas de azúcar y extendiendo hasta lí­mites antes no previstos la esfera de influencia de los ingenios.

Gran señor, el despilfarro y de­rroche de su casa sólo pudo compararse con la de los Asunas en España, repitiendo el pueblo habanero, como lo hiciera el madrileño al refe­rirse al célebre Duque, “Ni que fuera el Marqués de Almendares” para simbolizar la generosidad y el rumbo, afirmando la leyenda popular que el oro le llegaba en carretas de sus ingenios, metáfora con la que se representó la fortuna de quien nunca contó el oro que entraba en su bolsa por no verse obligado a sumar el que es­pléndidamente repartía.

Nombrado por la Co­rona Consejero de Administración, Senador del Reino, Gentilhombre de Cámara y Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, representó uno de los pilares de la economía nacional que ya comenzaba a asentarse casi exclusivamente en las movedizas arenas de la industria azuca­rera. Espíritu abierto al progreso no desdeñó presenciar los ensayos de un arado de vapor que le recomendara su amigo Reynoso, pero hombre práctico se mantuvo firme ante la necesidad para Cuba de obtener abundante mano de obra para las labores agrícolas siguiendo la ruta que tra­zara Arango y Parreño y a la que ni Saco ni Pozos Dulces encontraron solución inmediata.

Sin manifestarse en ningún momento como par­tidario intransigente de la esclavitud afirmabaen las Conferencias de la Junta Informativa de Ultramar reunida en Madrid en 1866; “Estoy de acuerdo en que pudiéramos indicar los medios más eficaces para acabar con la trata de África; pero es necesario reconocer, que conviene en granmanera al país tratar también de los medios con que han de reemplazarse los brazos que ya em­piezan a faltar a los trabajos de la agricultura y de la elaboración; los asiáticos no son sufi­cientes a cubrir ese déficit, y debemos estudiar las mejoras y adelantos que podían aplicarse para colocarnos en situación de pasarnos sin los negros. No soy el propietario que más dificul­tades opone a los que quieren alcanzar su liber­tad, muy al contrario” palabras de gran trascen­dencia si seconsidera que en cada zafra molíanmás de seis ingenios de su propiedad y que sus esclavos tasados a un precio muy bajo represen­taban un capital de más de tres millones y medio de pesos.

Casó por primera vez el Marqués de Almendares en la Catedral de La Habana el 19 de marzo de 1832 con Doña Serafina de Cárdenas y Veitia hija del Marqués de Cárdenas de Montehermoso, teniendo en su matrimonio nueve hijos y quedando viudo en 1856 a los veinticua­tro de casado, volviéndose a casar al año de muer­ta su primera mujer con una hermana de ella, Doña María Josefa de Cárdenas y Veitia viuda de Don Rafael Montalvo y Calvo de la Puerta, siendo durante su segundo matrimonio cuando alcanzó mayor esplendor la fortuna de la casa de Almendares, haciendo construir en esta época el magnífico palacio de !a plaza de Belén al ar­quitecto Don Ciríaco Rodríguez, ocupando más a media manzana de fabricación, con un amplio portal al frente, un patio interior rodeado de columnas como el de la Capitanía General y una galería de persianas en torno al mismo en la planta alta a la que daba acceso una monumental escalera cuyos descansos estaban formados por mosaicos en mármoles de colores traídos de Eu­ropa.

Las amplias galerías se llenaron de mag­níficas estatuas de mármol, y las habitaciones y salones, de cuadros, porcelanas y objetos de plata coleccionados en sus viajes por los Marqueses de Almendares, alternando los suntuosos cortinajes con muebles de pausando y meple con bellísimas tallas barrocas. Las vajillas y la cristalería de las más afamadas fábricas de Francia y de Bo­hemia venían cifradas con la corona o las armas del Marqués y muchas vecesse amontonaban en los entresuelos en cajas que nadie abría.

En cierta ocasión deseoso el Marqués de tener un juego de té en porcelana china mandó un propioallejano Oriente para que encargara uno igual al usado por el Emperador de la China fabri­cándosela tan exactamente que pensando los ar­tífices orientales que se trataba de un Jefe de Estado decoraron las tazas con una corona im­perial y bajo ella como lema “Excelentísimo Se­ñor Marqués de Almendares”. En otra ocasión para servir una comida mandó fabricar en Tiffany una vajilla de plata dorada incrustada de piedras preciosas y que arruinado el Marqués fué adquirida de nuevo por la casa que la hizo.

Después de las comidas, en los pasillos se co­locaban varias mesas para jugar al monte espe­cialmente cuando este juego era perseguido, sen­tando a su mesa el Marqués y su esposa Pepilla al Capitán General mientras en otras mesas se sentaban sus hijos y amigos, jugándose “salto” y “ecarte” hasta altas horas de la noche y no faltó quien después de perdida su fortuna arries­gase a una carca su ingenio, su potrero o su cafetal. El Marqués cuando los puntos eran fuerces tomaba la banca para que ésta como nada en su casa estuviese limitada v cuando el dinero se terminaba, un lacayo de librea traía de los ba­jos en una bandeja de plata pequeños saquitos llenos de relucientes onzas de oro. Se perdía dinero pero la casa de Almendares ganaba una leyenda más que agregar a las que ya corrían sobre su fantástico tren de vida.

En los entresuelos se encontraban las oficinas con su interminable entrar y salir de encargados, arrendatarios, colonos y mayorales que venían a pagar las rentas de colonias y potreros o a in­formar sobre las mejoras y cambios que se lle­vaban a cabo en las maquinarias de los ingenios mientras terminada la zafra, se amontonaban en el patio las cajas de azúcar esperando su venta.

Fallecida su segunda mujer, resquebrajado su capital por las malas administraciones, las rapa­cidades de mayordomos y encargados y quemados campos e ingenios en las guerras de independen­cia, sin querer renunciar al lujo en que vivió, no quiso el Marqués emprender solo su carrera final con la ruina y ya viejo se casó con una bellísima muchacha más joven que sus hijos, aguardando a pie firme la quiebra, arruinado pe­ro no vencido, fiel al lema de sus antepasados los O’Farrill “He roto mis ligaduras“, contempló indiferente desde una cómoda butaca cómo ibandesapareciendo poco a poco de su casa cuadros, muebles, plata y objetos de valor sin que desde­ñoso ante esas pequeñeces preguntase por qué desaparecían y así ardiendo en la hoguera que encendió se fué acabando poco a poco el que fué el primero de nuestros grandes magnates azu­careros encontrándole la muerte el 17 de julio de 1884 después de haber pasado de los ochenta años escribiendo los periódicos de entonces “esta tarde se ha efectuado con gran lucimiento el en­tierro del Excmo. Sr. Marqués de Almendares. El clero y los cantores de la Parroquia del Espí­ritu Santo con cruz alzada precedían el féretro, que era conducido en hombros y sobre el cual lucían las insignias de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y las de Gentilhombre de Cámara de S. M.. Presidían el duelo algunas personas de la familia del finado y el Consejo de Administración, al cual perteneció el mismo, formando el lucido acompañamiento varias auto­ridades y empleados y otras muchas personas de distinción. Al lujoso carro fúnebre, tirado por seis caballos empenachados, seguían el enlutado coche del difunto, el del Excmo. Gobernador General y otros muchos particulares que formaban una prolongada hilera, así se ha rendido el último tributo al que fué Excmo. Sr. Marqués de Almendares“.

Entre los escombros de su deshecho capital, los letrados que dirigieron la quiebra aún pudie­ron realizar fuertes ganancias, y de lo que quedó muchos de sus encargados hicieron fortuna. Ol­vidadas con el tiempo las memorias quedaron para siempre confundidas la verdad y la leyenda de Almendares. Los años han pasado, pero aun hoy en La Habana cuando algún anticuario o prestamista vende un plato o una taza del Mar­qués la señala al comprador como pieza de raro valor, y éste busca la corona con las iniciales del Marqués o con las armas de su casa como marca de garantía indiscutible, llegándose a pa­gar por cada uno de sus platos más de $60.00 y por cada taza china más de $100.00. Algunos de sus ingenios han renacido de sus cenizas para convertirse en colosos mucho mayores de los que soñó el Marqués, mientras sus fincas de esa tierra cubana generosa y pródiga, rotas de nuevo por el arado, vuelven a producir cañas que rinden su dulce jugo en los trapiches, haciendo y desha­ciendo fortunas que se levantan ydestrozan con el alza o la baja de un centavo.

 

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