El Templete de La Habana por el Conde San Juan de Jaruco

Por: Conde San Juan de Jaruco
En: Diario de la Marina (20 julio 1947)

Según una antigua tradición cubana, la primera misa que se celebró en la villa de San Cristóbal de La Habana, fue a la sombra de una hermosa ceiba que se encontraba por el ángulo N.E. de la actual Plaza de Armas donde hoy se halla el Templete.

En 1754, el teniente general don Francisco Antonio Cagigal y de la Vega, capitán General y gobernador de la isla de Cuba, queriendo perpetuar este recuerdo, mandó construir en aquel sitio un modesto monumento compuesto por un pilar de tres caras, de nueve varas de ancho sobre un zócalo de piedra de cuatro pies de altura y cinco de diámetro. Sobre lo alto de este pilar, se colocó una pequeña imagen de Nuestra Señora del Pilar, y en el zócalo se puso la siguiente inscripción:

“Fundóse la villa o ciudad de La Habana el año 1515, y al mudarse de su primitivo asiento a la ribera de este puerto el de 1519, es tradición que en este sitio se halló una frondosa ceiba bajo de la cual se celebró la primera misa y cabildo; permaneciendo hasta el de 1753 que se esterilizó; y para perpetuar la memoria, gobernando las Españas nuestro católico monarca el señor Don Fernando VI, mandó erigir este padrón el señor mariscal de campo don Francisco Cagigal de la Vega, del orden de Santiago, gobernador y capitán general de esta isla, siendo procurador general doctor don Manuel Felipe de Arango. Año de 1754”.

Durante el brillante mando del capitán general Cagigal y de la Vega, se terminaron la circunvalación de las murallas que protegían a esta capital, y que habían sido iniciadas un siglo antes; la batería de la Pastora, se formó al proyecto de La Cabaña, se construyó la iglesia de Jesús María, se establecieron las oficinas de correos y de marina, y todo lo concerniente al apostadero de La Habana. Pertenecía este ilustre capitán general a la gran familia de su nombre, oriunda de Santander, marqueses de Casa-Cagigal, que dio notables militares, entre ellos tres capitanes generales y gobernadores de la isla de Cuba. También fue miembro distinguido de este esclarecido linaje, el joven don Fernando Cagigal, capitán de granaderos, sobrino del capitán general de esta Isla, que inmoló por su patria y por su rey a esta noble familia, pereciendo en La Habana, frente a la fortaleza del Morro, en reñido combate contra los ingleses, que amenazaban a esta capital, bajo las órdenes del almirante lord Knowles.

Al tomar posesión del gobierno de la isla de Cuba el capitán general don Francisco Dionisio Vives y Planes (1823-32), encontró en ruina el monumento que se había erigido en la Plaza de Armas en recuerdo a la primera misa que se había celebrado en La Habana, por lo que comisionó a su secretario político, el habanero don Antonio María de la Torre y Cárdenas, coronel del ejército, para que restaurara y embelleciera aquel sitio.

El culto y notable coronel de la Torre y Cárdenas, que ya había delineado los extramuros poblados de La Habana, y que fue el primero que ensayó en Cuba la aclimatación del gusano de seda, trazó el plano del Templete, terminando la obra el 18 de marzo de 1828 sobre un cuadrilongo regular de treinta y dos varas de este a oeste y de veintidós de norte a sur, cercado de una elegante enverjadura de hierro que termina en lanzas de bronce, apoyadas sobre globos del mismo metal. Entre este enverjado se hallan repartidos dieciocho pilares de piedra, de base y capitel toscano, siendo de cuatro varas de alto los dos de la portada de la verja abierta al oeste, y los cuatro de los ángulos, y de tres los demás de los costados. La portada de hierro que pesa dos mil libras rueda sonre ejes de bronce, coronando al aire su mainel un escudo de cinco pies de altura con las armas de la ciudad doradas a fuego, en cuya orla aparecen las siguientes palabras: “La siempre fidelísima ciudad de La Habana”. Terminan los seis referidos pilares mayores de los ángulos y la portada con seis grandes jarrones, de los cuales se destacan piñas de piedra de un pie de alto. En las caras exteriores de los dos pilares de la portada se encuentran dos inscripciones alusivas a la construcción de este edificio. El templete, que es la obra principal de este monumento, está situado al fondo del cuadrilátero. Mide doce varas de frente y ocho y medio por los dos costados, componiéndose de un arquitrabe de seis columnas con capiteles dóricos y zócalos áticos, siendo su elevación de once varas. En los costados parecen otras cuatro columnas de la misma estructura que las del arquitrabe, que cuenta once metopas labradas en la piedra y doce triglifos sobre la del piso. Adornan la parte superior del centro un relieve con las iniciales de F. VII. dos globos que representan los dos mundos con una corona sobrepuesta y otros accesorios que figuran una aljaba, un arco y flechas. En el centro del triángulo del tímpano, descúbrese una lápida imitando el granito gris con otra inscripción. El pavimento del templete es de mármol y los frentes y costados exteriores reposan sobre tres gradas corridas con coceles de piedra de San Miguel. Entre los pilares del enverjado exterior, median asientos de la misma piedra. El sencillísimo monumento erigido en tiempos del capitán general Cagigal, fue restaurado y colocado sobre cuatro gradas circulares de piedra, y de lo alto pende una cadena sujeta por ocho esferas de bronce, doradas a fuego con los nombres de Religión, Fernando VII, Excelentísimo Ayuntamiento, Habana, Vives, Espada, Pinillos y Laborde, en conmemoración estos cuatro últimos, del capitán general, obispo, superintendente y general de Marina de aquella época, que todos contribuyeron a la erección del monumento. En la segunda grada y sobre la cuarta se eleva el antiguo pilar restaurado, en cuya primera voluta aparecen en relieve la llave de la ciudad y tres castillos, y en la otra, los collares del Toisón de Oro y del Espíritu Santo, dorados a fuego. A la antigua imagen de la Virgen del Pilar, sustituyó otra dorada a fuego de una vara de alto sobre un pilar de tres cuartas, en cuyo centro está trazada la Cruz de Aragón, con otra inscripción que dice así: “Memoria inmortal a Francisco Dionisio Vives y Planes, teniente general de los Reales Ejércitos, benemérito de la patria. Año de mil ochocientos veintidós”.

Dentro de este edificio, junto con un busto de Colón, existen tres lienzos pintados por el célebre francés Juan Bautista Vermay, que representa el primero, “La primera misa” dicha en 1519; el segundo la celebrada el 18 de marzo al abrirse y bendecirse el Templete; y el tercero, representa el primer cabildo del ayuntamiento de La Habana. También posteriormente pintó Vermay otro cuadro donde aparecen todas las personas ilustres que concurrieron a la inauguración del Templete, y el cual consideran los críticos ser el mejor.

El enverjado exterior fue obra del artista habanero don Francisco Mañón. Ejecutó los adornos, los remates de los pilares y las inscripciones, el maestro armero del batallón de Cataluña don Andrés Jaren; esculpiendo las lápidas y los relieves del escudo de armas el marmolista italiano José Sacagna, y la imagen de bronce de la Vírgen del Pilar el fundidor del arsenal de La Habana, don José Sirartegui, autor once años antes de los cuadrantes de la Factoría.

El pintor Vermay estudió en París en la escuela del famoso Luis David, habiendo sido antes de llegar a Cuba condecorado por el propio emperador Napoleón I con medalla de oro, en premio a su cuadro sobre un pasaje de María Stuart. Vino a nuestro país recomendado por Goya al obispo Espada, el cual adquirió a su llegada su famoso cuadro “El Pasmo de Sicilia”, copia de Rafael que fue más tarde colocado en la iglesia de Guadalupe, hoy la Caridad, pintando también para la misma “La Guadalupe”, al óleo, y “San Juan Bautista”, al fresco. Durante diez y ocho años fue Vermay director de la academia de pintura de San Alejandro; “dejando de su arte en Cuba el germen poderoso”. Por encargo de Espada se ocupó en la pintura al fresco de la Catedral, y después de las iglesias del Santo Cristo y Nuestra Señora de Guadalupe, siendo en la primera donde dio una caída que puso en riesgo su vida. A pesar de este accidente, en que se quebró manos y pies, se descanjó los hombros y se aplastó la nariz, curó completamente y continuó sus valiosos servicios en Cuba, pintando más tarde su hermoso cuadro “La Vírgen del pez”. En premio a sus méritos le concedieron al terminar la pintura del teatro el Diorama, los honores de Pintor de la Real Cámara, y la Real Sociedad Patriótica o Sociedad Económica de Amigos del País, le otorgó el título de socio de mérito.

 

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