La filosofía en La Habana de 1841

Por: Francisco González del Valle
En: La Habana en 1841

Después de dos siglos de colonización, la Metrópoli no había descubierto a la mayor de las Antillas: ignoraba las ventajas de su posición geográfica y su valor comercial. Es necesario que los ingleses tomen La Habana y la gobiernen pocos meses para saber qué emporio de riquezas sería la Isla, de habérsele abierto sus puertas al comercio extranjero; baste decir que de catorce a quince barcos que entraban en La Habana durante un año, pasan de setecientos en los once meses escasos de la dominación británica. A partir de esa época y de la devolución de la Isla a España el 13 de julio de 1763 por el tratado de Versalles, empieza el gobierno español a atender La Habana, a la que no sólo fortifica, sino que la dota de servicios de que antes carecía: administración de correo marítimo, intendencia general de Hacienda, administración general de rentas, rotulación de calles y numeración de las casas; y manda gobernadores como Luis de las Casas, intendentes como José Pablo Valiente y Alejandro Ramírez, y un obispo como Juan José Díaz de Espada y Landa.

Desarróllase entonces, por los sucesos de Haití y Santo Domingo, la gran producción agrícola, y para elaborar el azúcar se concede la libre importación de máquinas, procedentes desde luego de mercados extranjeros; se exceptúa de derechos la exportación de café; se suspende el cobro de diezmos y alcabala por diez años a los nuevos ingenios y plantaciones de algodón, añil y café; se da entrada libre a las harinas norteamericanas cuando las procedentes de España no alcancen a cubrir el consumo, que en esta Capital pasaba de 600,000 barriles al año. Este auge comercial eleva el precio del azúcar, que llega a venderse a veinticinco y treinta reales la arroba. Ante tal producción es necesario traer más braceros, y se dan facilidades para ello al reducir al 6% los derechos de introducción de esclavos africanos. De ese florecimiento económico resultan: un mal, por el aumento de esclavos que sobrepasa el número de hombres libres, y un bien, porque se inicia una nueva cultura al establecerse por la Metrópoli el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, la Sociedad Patriótica de Amigos del País y el Papel Periódico de la Habana, los tres pilares sobre los cuales habría de levantarse el progreso de Cuba. A pesar de haber Universidad desde el primer tercio del siglo XVIII, ella no podía dar las reformas que el país necesitaba, por haberse establecido por los moldes de las del siglo XVI.

Contribuyen, a no dudarlo, al progreso que se inicia, la condición insular de Cuba, su posición geográfica y su comercio con Inglaterra y los Estados Unidos de América principalmente, de donde vienen las nuevas ideas por medio de hombres y libros que, a pesar de todas las censuras y vigilancias, entran y difunden nuevos conocimientos.

La Filosofía, como la Religión, es la manera de pensar y sentir de un pueblo o de sus dirigentes, la que determina su manera de actuar, su cultura y hasta su política, y cuando se cambia por otra que da más libertad al pensamiento y a la razón para mejor observar los hechos y comprobarlos por la experimentación, sobreviene una reacción favorable. Mientras la Universidad enseña desde hace tiempo una filosofía caduca y estéril, todo sigue igual; sin embargo, cuando en el Seminario de San Carlos empieza a introducirse otra distinta y más adelantada por el padre José Agustín Caballero, al finalizar la centuria XVIII, todo cambia, las ideas son otras, se ve el progreso. El autor la llama “ecléctica“, y con ella pretende desterrar el escolasticismo por medio del sensualismo, y con el método de Descartes destruir el magister dixit, dejando libre la razón. Háse dicho que Caballero se mantiene tributario de las Escuelas, y que sus ideas, por tanto, no eran lo avanzadas que la época requería. Esto lo contradice su sobrino José de la Luz y Caballero al escribir, a raíz de la muerte de aquél, estas palabras:

… Caballero fué entre nosotros el que descargó los primeros golpes al coloso del escolasticismo; el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas de Locke y Condillac, de los Verulamios y los Newtones, el primero que habló a sus alumnos sobre experimentos y física experimental.

Y si esto no fuera bastante, recuérdese que antes de redactar sus Lecciones de Filosofía Ecléctica, Caballero combate desde la Sección o Clase de Artes y Ciencias de la Sociedad Patriótica el sistema de enseñanza pública que había en esta ciudad, el que “retarda y embaraza —dice— los progresos de las artes y las ciencias, resiste el establecimiento de otras nuevas, y por consiguiente en nada favorece las tentativas y ensayos de nuestra clase”.

Y más adelante agrega:

… los maestros carecen de responsabilidad sobre esté particular, porque ellos no tienen otro arbitrio ni acción que ejecutar y obedecer… si se les permitiese regentear sus aulas libremente sin precisa aligación a la doctrina de la Escuela, los jóvenes saldrían mejor instruidos en la latinidad, estudiarían la verdadera Filosofía, penetrarían el espíritu de la Iglesia en sus cánones, y el de los legisladores en sus leyes; aprenderían una sana y pacífica Teología, conocerían la configuración del cuerpo humano para saber curar sus enfermedades con tino y circunspección… ¿Qué recurso le queda a un maestro, por iluminado que sea, a quien se le manda a enseñar latinidad por un escritor del siglo de hierro, jurar ciegamente en las palabras de Aristóteles, y así en las otras facultades?

En el Papel Periódico de la Havana de 1791 y 1798 se encuentran ya artículos combatiendo el escolasticismo, que preconizan la experiencia y la observación y recomiendan el estudio de las ciencias, sobre todo de la Física. En el del último año citado hay uno titulado Discurso Filosófico que firma El Filósofo, y que José Augusto Escoto se lo atribuye al padre Caballero, con razón, pues los conceptos, erudición y conocimiento de la materia no podían ser en aquella época de otro que no fuera él; el artículo es una invectiva contra el escolasticismo. Es curioso observar que los otros conventos religiosos de la Capital (franciscanos, mercedarios y agustinos) enseñan filosofía distinta a la de los dominicos, a cargo de los cuales está la enseñanza universitaria; en algunos de aquellos conventos se defiende el método cartesiano como el mejor de todos, lo que hace pensar que estaba próximo ya el derrumbe del escolasticismo y de la enseñanza aristotélica. Favorece el cambio de los estudios filosóficos la circunstancia de existir unos estatutos en el Seminario de San Carlos hechos en 1769 por el obispo cubano Santiago José de Hechavarría, que autorizaban al profesor de esa ciencia para componer su texto de acuerdo con sus conocimientos y experiencia, y en el caso de que escogiera algunos de los textos recomendados, le advierte que no haga secta de sus doctrinas ni jure en ellas, enseñando según los nuevos experimentos y nuevas luces que se adquieran en el estudio de la Naturaleza: se evidencia la reacción contra las Escuelas y el temor de volver a ellas.

Después del padre José Agustín Caballero, viene Félix Várela, quien acaba de hacer la reforma de los estudios filosóficos desde la propia cátedra del Seminario; destierra todo lo que pudiera quedar del escolasticismo, en cuya obra le ayuda y defiende el obispo Espada. Con Várela entra Cuba por completo en la corriente de las nuevas ideas filosóficas y del estudio de las ciencias, particularmente de la Física. Su método no podía ser otro que el cartesiano, y en sus doctrinas se trasluce “el influjo de diversas escuelas, en particular la que de Locke venía hasta Condillac”, según dice Varona. Es, pues, ecléctico como su maestro Caballero. A pesar del respaldo que le da la mayor autoridad eclesiástica, Várela es combatido con más o menos embozo, por considerarse que su reforma es contraria al Trono y al Altar, como refiere José de la Luz y Caballero.

El impulso dado a las ciencias ideológicas no termina ni se paraliza al ausentarse Várela el año 1821, para representar a su país ante las Cortes españolas de 1822 y 1823. Lo sustituye, por recomendación suya, en la clase de Filosofía, José Antonio Saco, quien redacta un texto que dedica al obispo Espada, titulado Explicación de Algunos Tratados de Física, en el que da a la Química, y de modo particular a los gases, la extensión que hasta ese momento no habían tenido; por no poder estar ya la Física aislada de la Química, comprende también un tratado de Geografía Física, y los de Geometría, Cosmografía, Meteorología y Cronología. En mayo de 1824 se traslada Saco a los Estados Unidos de América a perfeccionar los estudios de las ciencias de su predilección, de modo especial la Química.

Como al comenzar el nuevo curso en septiembre de ese año no se hallaba de vuelta el profesor, es necesario designar otro que interinamente explique la cátedra de Filosofía, y es nombrado José de la Luz y Caballero, que la desempeña tres años, dándole un carácter más práctico y científico, por seguir más de cerca la filosofía inglesa de Juan Locke; adopta desde luego el método de Descartes. Luz es ecléctico como Várela y el padre Caballero, pero no al modo de Cousin. En 1826, a causa de su mal estado de salud, deja la cátedra y se embarca dos años más tarde para los Estados Unidos de América y luego a Europa, de donde vuelve a fines del 31, mejor preparado, con más ciencia y experiencia, y mayor salud y dispuesto de nuevo a reanudar sus tareas de maestro en pro del adelanto cultural de su patria. Al año siguiente es llamado por Antonio Casas a dirigir el colegio San Cristóbal o de Carraguao, el mejor que había en la Isla y tan bueno como los de igual clase en el extranjero. Allí se consagra a la enseñanza, con ese fervor que ponía en todos sus empeños, llevando a la práctica el método explicativo que había visto en la escuela de Edimburgo, establecido por Wood; Luz lo aplica a todos los grados de la enseñanza; y como el colegio comprendía estudios superiores, da cursos de Filosofía y Física, a cuyo efecto compone un elenco para cada una de esas ciencias; el de Física de 1834 origina una polémica sobre Cuestión de Método en la que demuestra que desde el punto de vista pedagógico es más conveniente enseñar primero la Física que la Lógica. Tres años está también al frente del colegio de Carraguao, y otra vez motivos de salud lo obligan a recesar en lo que era su vocación.

Cuba no se retrasa; continúa el avance de las ideas filosóficas y el de las ciencias físicas y naturales. No importa que estos estudios no lleguen al pueblo; siempre y en todas partes es una minoría la que se aprovecha de esa clase de enseñanzas, y esa minoría ha de ser la que, andando el tiempo, dirija y encauce la cultura de su pueblo, sus ideas sociales, económicas y políticas.

Don Pepe, por una serie de circunstancias, resulta el maestro de su tiempo: ¿quién con más conocimientos, ciencia y experiencia y con más entusiasmo y fe que él para llevar adelante la regeneración de su patria por medio de la enseñanza, y quién con mejor visión que él de lo que era la educación y la filosofía, podía, no ya superarlo, sino igualarlo siquiera en su época? No por repetirse se aminora ni pierde su valor y exactitud la frase de “apóstol de la enseñanza”, aplicada a Luz y Caballero; él la ejerció así, como un apostolado, como un deber, con fe y entusiasmo, dándose exacta cuenta de lo que significaba para su país el derrotero que se le diera a la educación. “No estemos en cómo se enseña, sino en el espíritu con que se enseña”, reza uno de sus aforismos.

Viene ahora la tercera etapa de la enseñanza de la Filosofía dada por Don Pepe. Obtiene permiso para dar cursos de esta ciencia en el convento de San Francisco, con validez académica, que duran tres años, desde 1838 hasta el 40 inclusive: en este período es cuando hace ver, no sólo sus profundos conocimientos en la Filosofía y en las Ciencias Físicas y Naturales, sino lo que es de mayor importancia todavía: el concepto que tenía de aquélla y las aplicaciones que había de dársele; la Filosofía en sus manos es algo vivo, regenerador de la conducta, y con aplicación tanto a lo económico como a lo social y a la política de un pueblo; él quería que la Filosofía estuviera más en el corazón que en los labios, porque “toda filosofía se dirige forzosamente al entendimiento y al corazón”, según dice; él la concibe como una religión, como un sentimiento más que como un pensamiento. De aquí que al terminarse la polémica comenzada en 1838 sobre el eclecticismo de Cousin, quedara arruinada su salud y más arruinado aún su espíritu, al punto de que no puede continuar la enseñanza en el año de 1841, por tener que ir a buscar salud y reposo a los Estados Unidos de América.

No por tratarse de acontecimientos sucedidos hace más de un siglo, que es el momento histórico a que está consagrado especialmente este trabajo, ha de quedar fuera de él, sin reseñarse aunque sea brevemente, la polémica filosófica más apasionada, ruidosa y hasta personal acaecida en esta ciudad capitalina antes de terminar el año de 1840; es tal su importancia y trascendencia, que es necesario decir algo de ella, por lo que significa e interesa desde el punto de vista de la ideología y de la política en Cuba y del estado del espíritu cubano en 1841.

Comienza en 1838 con ocasión de un artículo publicado en El Plantel por Domingo del Monte, que impugna Luz y Caballero, interviniendo después Félix Tanco y Bosmeniel en defensa del primero; más adelante se inicia otra polémica sobre Cuestión de Método con Rumilio y El Dórmine, Miguel Estorch y Manuel Castellanos, de Puerto Príncipe, y finalmente, contraída la discusión al mal llamado eclecticismo de Cousin, polemizan, de una parte, José de la Luz y Caballero, como campeón, secundado por Juan Francisco Funes, y de la otra los hermanos González del Valle Cañizo, profesores de Filosofía en la Universidad (Manuel y José Zacarías) y Domingo León y Mora, que interviene a lo último, lo mismo que Nicolás Pardo y Pimentel, todos contra Luz. Han quedado mencionadas las principales personas que toman parte pública y visiblemente en esos debates, pero en ellos también intervienen de manera privada los amigos de Del Monte, de los González del Valle y de Luz y Caballero, por medio de cartas, consejos o conversaciones, como puede comprobarse leyendo el epistolario de Del Monte y el de Luz y Caballero.

Debatíanse dos sistemas filosóficos fundamentales: uno oficial, mandado a seguir en la Universidad, y el otro privado. El primero era el espiritualismo que daba a la conciencia, al sentido íntimo, gran preponderancia para la adquisición de la verdad; y el segundo, el sensualismo, que se valía de los sentidos, de la observación y la experiencia para adquirir los conocimientos, pero, contando con el sentido íntimo; aquél creía en las ideas innatas y en la ontología, las que negaban y no admitían éstos. La trascendencia de seguir una u otra doctrina tenía gran importancia para Cuba en aquellos tiempos, desde el punto de vista económico, social y político. La discusión se hace más viva cuando los González del Valle pretenden introducir en La Habana el eclecticismo de Cousin, que no era otra cosa para Luz que un espiritualismo falseado, con trazas del idealismo alemán de Hegel; pero los espiritualistas de Cuba siguen de buena fe a Cousin, sin parar mientes en otras consecuencias de la doctrina; y los que lo combaten, Luz el primero, siguen a Juan Locke. Lo original es que la mal llamada doctrina de Cousin no era de él; la había ido a buscar a Alemania, de donde la lleva a Francia, que necesitaba afianzar entonces su régimen político; de aquí que escoja lo que le interesa del hegelianismo para mantener el Trono: la preponderancia del Estado sobre el individuo; el fatalismo histórico tan conocido, por el cual el buen éxito, la gloria y la victoria tienen siempre razón y deben sostenerse, cualesquiera que sean los medios empleados y los males causados para obtenerlos; y el providencialismo, con naciones privilegiadas y razas superiores; es, en fin, la misma ideología con que el hitlerismo quiere ahora apoderarse del mundo. Tales ideas, que formaban parte del eclecticismo de Cousin, hacían dudar de la buena fe de su sostenedor e introductor en Francia y de la pureza de su doctrina.

José de la Luz y Caballero, desde que ve asomarse el eclecticismo cousiniano en el artículo de Del Monte, sale a su encuentro a combatirlo, porque se da cuenta del peligro y trascendencia que ha de tener para su patria la entrada de esa falsa y espúrea doctrina, y la ataca no sólo como sistema filosófico, sino por sus consecuencias morales y políticas; y no de paso o de modo incidental, pues llama la atención e insiste repetidas veces en el asunto y hasta redacta! dos de sus elencos, el de 1839 —que es un apéndice

crítico al de 1835 ya citado— y el de 1840, con proposiciones sintéticas, pero bien meditadas, para combatirlo. Más como no basta dar una interpretación para saber cómo pensaba Don Pepe, es conveniente citar algunas palabras suyas al refutar a Del Monte su artículo Moral Religiosa, de El Plantel:

En las actuales circunstancias, sobre todo, es para mí tanto más vital cuanto que veo a una parte de nuestra interesante juventud deslumbrada con el falso brillo de unas doctrinas que propenden a hacer retrogradar los conocimientos humanos. Y aquí está el móvil que pone la pluma en mí mano para anotar a Cousin y contestar a Del Monte… agitando las graves cuestiones de cuya solución penden los futuros adelantos intelectuales de sus hijos [los de Cuba], y lo que es más, la futura mejora de sus costumbres, sin cuyos sólidos cimientos in vanum laboraberum qui aedificant eam.

 En su Elenco de 1839 hay estas proposiciones que aclaran más su pensamiento:

1o — El eclecticismo de la nueva escuela francesa no sólo es un sistema falso, sino imposible… 3.—Uno de los motivos de que el eclecticismo hallara eco en Francia fué la aplicación que de él se hizo a la política. 4. — Pero la Filosofía es una potencia superior, o al menos independiente, de la política. La Filosofía trata sólo de explicar fenómenos; y en esto no cabe conciliación de opiniones, por recomendable que sea por otra parte semejante espíritu en los negocios de los individuos y de las naciones.

Y en el de 1840, contraído también a combatir el eclecticismo cousiniano, hay estas otras proposiciones:

  1. — Entre nosotros particularmente es más fácil que hallen eco semejantes opiniones, no sólo por la influencia preponderante de la moda, sino por la falta de criterio que reina en nuestra juventud, destinada en su mayor parte al estudio de la jurisprudencia y la literatura, y careciendo de los datos fundamentales para formar juicio en estas materias. 43.— Para que la Filosofía llene cumplidamente sus altos, fines entre nosotros, fuerza es que ante todo la apliquemos como un remedio a nuestras presentes necesidades, o sean achaques intelectuales y morales.

Antes dice, en la proposición número 7 de su Elenco del 39:

Bajo el nombre de eclecticismo se ha revivido efectivamente el espiritualismo con cuya resurrección se hace retrogradar la ciencia.

Y más; adelante, al explicar a uno de sus contrincantes por qué usaba un lenguaje tan descarnado y hasta duro en la polémica, escribe esto:

¡Anduviéramos con mano suave sobre esas doctrinas, y veríamos si echaban raíces y alzaban cabeza entre nosotros!

Para que no quede duda del motivo que impulsaba a Don Pepe en la polémica, hay que copiar estas palabras suyas de uno de sus artículos a Tulio (J. Z. G. del Valle):

Porque no siendo un vano amor propio, sino un sentimiento de muy otro linaje, quien ha puesto la pluma en mi mano, llenaría de más pura y colmada satisfacción mi espíritu la idea de que en mi suelo patrio se hallaban tan arraigadas las buenas doctrinas que no habían podido prender las deslumbradoras a despecho de su brillantez y prestigio.

Hasta el final de la discusión, en que interviene Nicolás Pardo y Pimentel, redactor principal del Noticioso y Lucero, en el que escribían los cousinistas —al cual redactor se ve Luz y Caballero en la necesidad de desenmascararlo, en defensa de la cultura de su patria y de su amigo Juan Francisco Funes—, ni los censores, por su ceguera e ignorancia, ni aun el propio Pimentel, que se creía siempre tan avisado, se dan cuenta de por dónde había que atacar a Luz y Caballero y a su doctrina para que cesara la discusión. Pero éste dice al redactor del Noticioso:

La ignorancia de usted está fuera de duda hace mucho tiempo, por ser cosa que ha tomado usted muy a pecho el demostrar asta la última evidencia, y ponerla al alcance de todos.

Y más adelante completa la fisonomía moral de Pimentel, con estas palabras:

… Si alguna falta he cometido yo es el no haber salido antes a la liza para poner fuera de combate al paladín que, poco caballero en la pelea, violaba las leyes del decoro, las de todo linaje de saber, las santas de la hospitalidad y aún de la justicia respecto del país… tildándolo siempre de menos ilustrado de lo que en puridad se encuentra, para llevarse el lauro de ser su ilustrador, fingiéndose siempre su amigo y derramando en son de amistad a manos llenas todo el veneno que su corazón concentrara, así sobre las ideas más inocentes y sencillas, como sobre las más patrióticas y lisonjeras para el porvenir del país que le da vida y nutrimento.

No tiene mejor opinión de Pimentel su compatriota José María de Andueza.

Después de esto arrecia la polémica, y empiezan a publicarse fábulas para discutir de Filosofía, contra Luz y Caballero, firmadas una por Frenólogo y otras por Ontólogo, que ven la luz en el Noticioso y Lucero de La Habana y en La Aurora, de Matanzas, pero todas de la misma fábrica (Manuel G. del Valle), según cree Don Pepe; aunque es de suponer que colaboraran en ella Pardo y Pimentel en La Habana y Tanco en Matanzas. Comienzan por tildar a Locke de almicida, regicida y altaricida, y luego a Luz y su doctrina, en la fábula Los Ríos y el Mar, de contrarios a la caridad cristiana y “al Trono y al Altar“. Pero aquél no se calla y dice en el Diario de 7 de junio de 1840 estas valientes e intencionadas palabras:

¿Quién me había de decir a mí, amados oyentes míos, que me había de ver en la culta Habana, casi a mediados del siglo XIX, rechazando las notas de incrédulo e inmoral, con que también trataran de manchar hace veinte años, y por causas de una obra análoga a esta inferior mía ¡oh, ilustre Várela! tu inmaculada reputación?

Llevada la contienda por senderos tan peligrosos, se comprende que pronto había de terminar. Así es, en efecto: el último artículo de Luz sale en el Diario de la Habana del 19 de julio de 1840, sin duda porque la censura se opone a que continúe el debate; y al año siguiente, en mayo, por no haber podido recobrar su salud, sale para Nueva York en busca de ella y del perdido reposo. Pero el defensor de unas ideas filosóficas tachadas por sus contrarios de destruir la fe cristiana, así como el Trono y el Altar, tiene el valor y la clarividencia de decir y probar a sus contrincantes que en nada jugaba ni se afectaba la fe en estas cuestiones (¿quién más profundo y fervoroso cristiano que él?), y que la doctrina que impugnaba era la que se oponía al progreso de la ciencia, de la razón, de la moral y de la libertad individuales; y que la que defendía era la que haría imperar la justicia, la libertad y el progreso moral y material de la humanidad.

Esta es su actuación filosófica hasta 1840; no se habla de su conducta, ni de sus rasgos cívicos y patrióticos conocidos por todos, ni de su labor de maestro desde 1824 hasta 1862; ni de su actuación como Director de la Sociedad Patriótica y Presidente de su Sección de Educación, ni de su informe sobre el Instituto Cubano, sus polémicas sobre educación, su Impugnación al Examen de Cousin sobre el “Ensayo del Entendimiento Humano” de Locke, ni finalmente, de su apostolado en El Salvador, que lo hacen acreedor al nombre y prestigio que alcanza en su tiempo como el más grande y mejor educador cubano y el más profundo pensador de su época en Cuba.

Además de la trascendencia, acabada de señalar, que tiene la polémica filosófica citada, hay que hacer constar que por ella deja consignado Luz todo su pensamiento filosófico, al escribir los artículos publicados de 1838 a 1840 inclusive y la Impugnación citados, y que es de suma trascendencia el impulso que da a la ciencia de las ciencias al explicarla con ese fervor y profundidad, durante los mencionados años, en el convento de San Francisco. A él se debe también el auge que a partir de 1838 toma la enseñanza de la Filosofía y la Física en La Habana y en el resto de Cuba: no hay colegio, academia o instituto de alguna importancia que no abra clases de ambas ciencias, tanto en La Habana como en las principales ciudades de esta Isla.

No ha habido el propósito de hablar de la Filosofía hasta la fecha actual y por eso ha quedado terminada la reseña al finalizar la polémica. Sólo interesaba fijar los distintos períodos o etapas porque había pasado la Filosofía en La Habana, desde que Cuba se pone en el camino de la civilización y la cultura, que sirvieran como antecedentes para explicar la polémica e hicieran resaltar su importancia y trascendencia, la visión política de Don Pepe y su patriotismo, y señalar con ello el estado y las tendencias del pensamiento en Cuba durante la época que describimos.

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