Una descripción de La Habana en 1598

San Cristóbal, dice una descripción de la Habana de 1598 (*) va progresando no obstante los inconvenientes de piratas y el poco comercio. Esta población se está construyendo con mucha irregularidad. La calle Real (hoy de la Muralla), la de las Redes (hoy del Inquisidor), la del Sumidero (hoy de O’Reilly) y la del Basurero (hoy del Teniente Rey), es en donde se fabrican las habitaciones en línea, las demás están planteadas al capricho del propietario, cercadas ó defendidas, sus frentes, fondos y costados, con una muralla doble de tunas bravas. Todas las casas de esta villa son de paja y tablas de cedro, y en su corral tienen sembrados árboles frutales, de que resulta una plaga insufrible de mosquitos, más feroces que los de Castilla.

Me han asegurado que un mancebo de la Nao de Antón Ruiz, fué víctima de estos venenosos insectos. Los muebles consisten en bancos y asientos de cedro ó caoba sin espaldar, con cuatro pies que forran en lona o en cuero crudo, que por lo regular es el lecho de la gente pobre.

Los pobladores acomodados mandan a Castilla el ébano y el granadillo, maderas preciosas que aquí abundan, y de allí le vienen construidos ricos dormitorios que llaman camas imperiales. En todas las salas hay un cuadro de devoción á quien le encienden luces por la noche para hacer sus plegarias ordinarias. Las familias se alumbran con velas de sebo que es abundante en el país; los ricos usan velones que traen de Sevilla y alimentan con aceite de olivas. Después de cerrada la noche, nadie sale a la calle; y el que tiene que hacerlo por urgencia, va acompañado de muchos, armados y con linternas; así lo exige el crecido número de perros jíbaros ó sean monteses que vagan por ellas, y el atrevimiento de los cimarrones que vienen á buscar recursos en lo poblado.

“Los utensilios de cocina son generalmente de fierro, aunque los indígenas fabrican cacharros de barro que prefieren para condimentar sus alimentos particulares. El servicio de las mesas es de loza de Sevilla y de bateas y de platos que hacen de sus maderas. Los vasos de una madera bateada que llaman guayacan son hermosos, y se dice que sus leños tienen grandes y prodigiosas virtudes medicinales. Las comidas se aliñan aquí de un modo tan estraño que repugna al principio, pero habitúanse luego tanto á ellas los europeos, que olvidan las de su país y les dan preferencia. Una reunión de carnes frescas y saladas, divididas en pequeños trozos que hacen cocer con diversas raíces que estimulan por medio del pequeño pimiento cáustico (aji-jijí) y dan color con una semilla (vija), que vegeta espontáneamente hasta en los corrales de las casas; es el plato principal, por no decir el único, de que se sirven estos primitivos habitantes. El maiz preparado de muchas maneras, es también otro de los alimentos predilectos del país. El pan de casabe es insípido y desagradable al sabor, pero la costumbre, ó mejor dicho, la necesidad, nos familiariza y muy breve lo encontramos excelente y nutritivo.

Esta grangería se hace en los cortijos circunvecinos de una raíz venenosa que los indígenas llaman yu-cay (yuca). En unos parajes lo hacen mejor que en otros, ya porque no le estraen tanto la parte jugosa de la planta, o ya porque saben también templar los hornos que el fuego trabaja por igual y quedan las tortas doradas y quebradizas como los bizcochos de Castilla.

”Esta tierra es hermosa, sus campos conservan el verdor de la primavera todo el año, hay aguadas buenas y abundantes, los ganados se multiplican prodigiosamente; pero hasta ahora yo no veo en ella los prospectos de ricas minas con que se alucinó nuestra imaginación. Si los proyectos en que se entiende de hacer azúcar y de cultivar la hoja del tabaco prospera en la Habana, elevada últimamente al rango de ciudad, tal vez se aumentará el tráfico, con las ventajas de su posición geográfica, se hará algún día la más rica e importante de las colonias de S. M. en el Nuevo Mundo.

“Aquí carecemos de todo y principalmente de artistas: el trabajo de manos es carísimo; por la hechura de una ropilla entera de raso, lleva el maestro Aguilera que vive al lado del huerto del convento que se está fabricando veinte escudos de oro.

“Solo hay dos boticas en este pueblo, la de Sebastián Milanés, calle Real, y la de López

Alfaro, cerca del Desagüe (¿callejón del Chorro?) No habrá en cada una de ellas cincuenta embases y las drogas tan desvirtuadas, que el otro día presenciamos su ineficacia en unos cáusticos que dispusieron al escribano de mi amo. Las moscas operantes estaban pasadas y hechas polvos. Las medicinas que se consumen en el país vienen de Castilla y hasta que no se acaban no se hace nuevo pedido.

“Mucho, muchísimo progresan las siembras de caña de azúcar y del tabaco. Las cosas deben tomar en esta colonia un aspecto favorable con la consignación del situado de Méjico que le ha señalado la piedad soberana.

“Es preciso que este pueblo sepa apreciar la zanja de agua potable que ha construido á costa de tantos sacrificios para traerla á la ciudad y renunciar la gruesa y poca aseada con que nos proveía el río de la Jagüey (Luyanó). La fábrica de las casas capitulares y habitaciones para el Gobernador en la calle de las Redes, frente á la Marina, van adelantándose y más se haría si hubiera operarios, disponibles.

“… que se esperan de Isla Española. Las lluvias y los huracanas se suceden unos á otros.

Desde el día primero hasta el 24 de Octubre (1598) no han cesado las aguas. Los pastos crecen con asombrosa admiración, las labranzas se levantan mágicamente. Aquí no se conocen ni son necesarios los abonos, la naturaleza solo trabaja y sin las penalidades y fatigas que cuesta allá en Castilla el cultivo de las mieses, se cojen dos cosechas al año. Los bosques de Cuba son frondosos y sus árboles de una construcción extraña para el europeo. La seiba es el gigante de ellos, y aunque la madera es inútil, sus brazos y follaje son bellos y pintorescos, el refugio más precioso contra los ardientes rayos de un sol abrasador. La fornida caoba, el elevado cedro, el ébano, el granadillo, el majestuoso coco, el guayacán, el ácana, el rompe-hacha, el coposo tamarindo, etc., son leños hermosos, de valor ó de utilidad que por todos lados abundan y que en todos terrenos vejetan con majestad y lozanía. En las costas del mar y sobre sus mismas arenas nacen unos arbustos que producen unas cerezas grandes que llaman icacóes; es en muchísima abundancia, las hay rosadas más o menos bajas; amarillas, blancas y negras, y como sus hojas son verdes, semejantes a las del laurel, y la planta de bella y proporcionada figura, ofrecen a la vista del europeo un paisaje risueño y encantador.

En las mismas playas abundan otros árboles que dan unas cerezas pequeñas (uvas del mar o caleta) y los parajes cenagosos de ellas están sembrados de manfiles y de un mortífero árbol que da un fruto que llaman manzanillo, que envenena los peces y enferma al hombre que se alimenta de ellos. Es increible el número de cangrejos que se cría en estas cercanías y el ruido que hacen de noche entrando en el poblado, buscando las inmundicias y asquerosidades. En Cuba todo es bello, nuevo y encantador para el que viene del otro hemisferio y se acostumbra a la vida pastoril.

La caza es abundante; pero yo no encuentro aquellas aves de picos de plata y oro con plumajes de esmalta que nos pintaban en Castilla. El guacamayo, el tocoró (será el tocororo), la locuaz cotorra, y el flamenco, son los únicos que han llamado mi atención. “La pesca es abundante, y aquí se crian muchos de los pescados que conocemos en Europa, pero yo no les encuentro aun a estos mismos aquel gusto y sustancia que a los de allá ….”

(*) Este curioso documento se halla inserto en el Protocolo de antigüedades (que en 1,846 publica don José Joaquín García), con un encabezamiento que dice así: “Ha llegado a nuestras manos por una rara casualidad, un tomo manuscrito, roído de la polilla y tan apagada la escritura por la humedad, mala tinta y transcurso del tiempo, que en muchas partes no hemos podido entenderlo. Se dice en su frontis que es la quinta copia de las apuntaciones que sobre la fundación y progresos de la villa de la Habana, hizo Hernando de la Parra, criado del Gobernador Juan Maldonado, y continuadas por Alonso Iñigo de Córdoba, cuyo libro perteneció después a Diego de Oquendo, quien lo tuvo olvidado bien porque no sabía su importancia, bien porque nunca quiso darlo a conocer… El lenguaje lo hemos arreglado a la época en que escribimos.”

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