Prisión y deportación del Obispo Morell en 1762

Por: Cristóbal de La Habana
En: Social (noviembre 1929)

Entre  los sucesos de mayor resonancia que ocurrieron en La Habana durante los meses que la ciudad estuvo el año 1762 bajo la dominación británica, figura la prisión y deportación del Obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, por Decreto del Conde de Albemarle, Capitán General y Gobernador de la Isla de Cuba, de fecha 3 de noviembre; medida ésta, que dados los religiosos sentimientos que en esa época profesaba el pueblo de La Habana, llenó de consternación a los piadosos vecinos, levantando, además, numerosas protestas por las causas que suponían movieron al gobernante inglés a disponer ese extrañamiento del prelado: la codicia de los conquistadores y el no haber accedido el Obispo a las diversas exigencias que aquél le hizo, de dinero, de una iglesia para el ejercicio de la religión protestante, del llamado derecho de campanas, del envío de una relación de los templos, conventos y monasterios, y de los eclesiásticos de su diócesis, exigencias todas, a las que Morell hizo oposición, negándose a satisfacerlas abiertamente o presentando dificultades que retardaran o imposibilitaran su cumplimiento.

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Pero, ¿pueden calificarse de abusivas y tiránicas estas demandas que a la Iglesia impuso el Conde de Albemarle, y de atropello la orden de extrañamiento contra el Obispo Morell?

Juzgamos que no.

Esas exigencias de los gobernantes británicos fueron las naturales y propias de aquellos tiempos y de quienes se habían posesionado de esta plaza por el triunfo de las armas y en ella gobernaban a título de conquistadores.

El extrañamiento del Obispo Morell fué motivado no por el deseo de los ingleses de molestar a la primera autoridad eclesiástica de la Isla, sino porque el carácter violento e impulsivo de éste, puesto de manifiesto no solo en estas circunstancias, sino además también, antes de la conquista inglesa, con la tirantez de relaciones existentes entre él y el Gobernador General español, D. Juan del Prado, y después de la restauración, con sus persecuciones al teniente de Gobernador, don Sebastián Peñalver y Angulo, no obstante haber éste impedido que Albemarle ahorcase al Obispo, haber logrado rebaja en la exacción exigida al clero, y conseguido, por último, que el General Sir William Keppel, sucesor de Albemarle, le levantase el destierro y permitiese su vuelta a Cuba.

Lo que realmente impulsó al Conde de Albemarle para deportar al Obispo Morell fué la actitud sistemática observada por éste contra los gobernantes ingleses. Asi lo reconocen, tanto el historiador español Jacobo de la Pezuela, no obstante su admiración por Morell, como los historiadores cubanos Antonio Bachiller y Morales, Carlos Trelles y Francisco de Paula Coronado.

Ya al comenzar el asedio de la escuadra inglesa y ordenarse la salida fuera de la ciudad del Obispo con los frailes y monjas, aquel y los sacerdotes se dedicaron a predicar entre los campesinos la guerra santa contra el infiel extranjero, excitando a los vecinos de las haciendas cercanas a la ciudad, donde el clero se refugió, a tomar las armas para rechazar al enemigo.

Triunfante éste y dueño de La Habana, Morell desde los primeros momentos entabló polémica con Albemarle, negándose a cumplir sus órdenes y no reconociéndole autoridad sobre la iglesia ni sometiéndose él a otra obediencia que la del Papa y la del Rey Carlos Tercero.

Así, al exigirle el Comandante de la Artillería, Teniente Cosnoel Samuel Cleveland, en 19 de agosto, la exacción correspondiente por el derecho de campanas, después de larga polémica y reuniones del clero, frente a la demanda inglesa de treinta mil pesos, sólo ofreció el Obispo entregar mil, a lo que se negó Albemarle, pero rebajando a diez mil el monto de la contribución, los que solo mediante la amenaza de incautación inmediata de las campanas, pudieron cobrarse el seis de septiembre.

Pidieron los ingleses una iglesia para celebrar los cultos de la religión anglicana, o al menos horas libres, alternando con los católicos. Morell, “por no ser conforme a las máximas de la religión católica“, se negó a ello, en varias epístolas, que hicieron que Albemarle lo conminara a obedecer, pues, “será mejor cumplir con lo que se pide, que cansarse con escribir epístolas tan largas“. Al fin eligió el Conde la Iglesia de San Francisco.

Se opuso al donativo de cien mil pesos que de la iglesia solicitó Albemarle, “como presente al General de un ejército conquistador“. También se negó, primero, alegando sus derechos, privilegios y prerrogativas, y poniendo obstáculos, después, de carácter reglamentista religioso, a entregar la relación de los templos, conventos y monasterios, de los beneficios eclesiásticos, y de los religiosos de su diócesis, así como a someter el nombramiento de los empleos o dignidades eclesiásticos a la aprobación oficial del Gobernador, según acordado en la capitulación.

Ante estos reiterados obstáculos que oponía el Obispo Morell a todas las órdenes de Albemarle, éste lo amenazó en 29 de octubre, que de no satisfacer inmediatamente sus disposiciones, lo declararía públicamente violador de la Capitulación firmada entre España e Inglaterra, agregándole: “Si V. I. voluntariamente la viola, es preciso que sufra sus consecuencias. Mi tiempo es demasiado preciso para entrar en disputas de papeles con V. I. sobre menudencias, y así no puedo responder a los demás asuntos de su muy larga y tediosa carta. Ni quiero tampoco deferir a abogados asuntos que puedo terminar por mi propia autoridad“.

No amedrentó ésto a Morell que contestó limitándose a participarle su determinación de someter esas cuestiones a los dos Soberanos, para que éstos, “con testimonio de lo obrado, se sirvan dirimir estas controversias y que mediante ellas se ejecute sin alteraciones lo que fuese de justicia”.

Ante esta nueva evasiva, perdió la paciencia Albemarle acabó de exasperarse contra Morell, disponiendo por decreto de 3 de noviembre que “el señor Obispo sea mudado de esta Isla, y enviarle a la Florida en uno de los navios de guerra de su majestad, a fin de que la tranquilidad se preserve en esta ciudad, y que la armonía y buenas correspondencias se mantengan entre los súbditos antiguos y modernos de su majestad, lo cual el señor Obispo en una manera tan flagrante ha procurado interrumpir.”

Ese mismo día, según ha dejado esclarecido el Dr. Coronado en la biografía del Obispo Morell, que precede a su Historia de la Isla Catedral de Cuba, escrita según el propio doctor Coronado, por los años de 1754 a 1761, y publicada este año por la Academia de la Historia, fué llevado el Obispo a la fragata que lo condujo a la Florida, lugar de su deportación.

De cómo se realizó su detención, nos lo refiere pormenorizadamente Un padre jesuíta, en la interesantísima carta de 12 de diciembre de 1763 que escribió al prefecto Javier Bonilla, de Sevilla, dándole cuenta de los acontecimientos desarrollados con motivo de la toma de La Habana por los ingleses, carta que publica Antonio José Valdés en su Historia de la Isla de Cuba y en especial de La Habana, impresa en 1813. Dice el Padre Jesuíta, que “como a las seis de la mañana” cercada la casa del Obispo, “y subiendo un oficial con algunos granaderos, lo bajaron cargado en su silla hasta la puerta, sin dejarle aún acabar de desayunarse ni tomar más que su anillo y un crucifijo. De allí lo condujeron a bordo de una fragata que salió a la tarde para la Florida. V. R. puede penetrar a fondo cual sería la consternación de esta ciudad al divulgarse tan infausta noticia. El Cabildo y todos los prelados se juntaron inmediatamente y fueron de acuerdo de suplicar a S. E. de tan severa determinación y se mantuvo inexorable y solo permitió llevar algo de su equipaje y dos de sus familiares“.

Acerca de la prisión y deportación del Obispo Morell se publicó en 1763 en La Habana, después de la restauración española, una Relación y Diario, en décimas, por el Pbro. D. Diego de Campos, ilustrada con una lámina dibujada por Francisco Javier Baez, en que aparece el Obispo, en su silla, a la puerta de su palacio, conducido por soldados ingleses.

Durante la ausencia de Morell, gobernó la diócesis el provisor y vicario general don Santiago José de Hechavarría, hasta el 3 de mayo de 1763.

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