De cómo y por quiénes se hacía en Cuba la trata de negros en el año de 1778

Por Cristóbal de La Habana
En: Social (abril 1929)

En nuestra época colonial fueron, sin duda, la esclavitud y la trata de negros dos de las páginas más llenas de ignominias, horrores, crueldades y crímenes que ofrece la historia de la domina­ción española en América; esclavitud y trata en las que, como precisa y justamente en síntesis admirable dice don José de la Luz Caballero, lo más ne­gro no era el negro, porque era éste la víctima indefensa de esa gran tragedia y era el blanco el victimario, sin fre­no y sin ley, inhumano, des­piadado, en un olvido com­pleto, cualquiera que fuera su posición social, de los más elementales principios mora­les de que hacía alarde por su supuesta superioridad de raza y por los tan decanta­dos como no practicados, amor, bondad y caridad de la sacrosanta religión cató­lica.

Cábele a la revolución emancipadora cubana la glo­ria de que uno de los pri­meros actos que realizara, el mismo día que en los campos de La Demajagua proclamó por boca de Car­los Manuel de Céspedes el propósito de lograr la sepa­ración de la metrópoli, fue­ra el proclamar, también, con palabras ratificadas in­mediatamente con hechos, la libertad de los esclavos ne­gros y su igualdad con los blancos.

Pero no nos proponemos hoy hacer en estos Recuer­dos, la critica de la escla­vitud y la trata, sino simple­mente ofrecer a nuestros lectores varios datos interesantísimos y hasta ahora creemos que desconocidos, sobre la forma en que se hacía la trata y quiénes a ese negocio se dedicaban en el año de 1778, datos que debemos a la amabilidad de un acucioso investi­gador de estas cosas de antaño, el señor José Manuel Ximeno, y que fueron por éste tomados de las actas trasunta­das del Ayuntamiento de la Habana correspondientes al año antes citado.

En efecto, de ellas apare­ce que en el Cabildo de 8 de octubre de 1778, se leyó una representación que produje­ron los señores Regidores Marqués de Villa Alta y D. Gabriel Peñalver y Cal­vo, el Capitán del Regimien­to de Voluntarios de Caba­llería Ligera D. Ignacio Montalvo y D. Lorenzo de Quintana, Diputados elec­tos, “para tratar los asuntos relativos a la introducción de negros en esta Isla“.

En dicha representación pide un crecido número de personalidades de la Isla, tí­tulos de nobleza, en su ma­yoría, militares, altos digna­tarios del Gobierno y un fraile, se les conceda la mer­ced real del tráfico de ne­gros —la trata— con las islas de Anabon y Fernando Po en las costas de África; gra­cia que era concedida en esa época a los hacendados en forma de contratos y privi­legios, como antes se llama­ban asientos, y que, no ha­biendo sido cubiertos, según se expresa en la representa­ción, por los hacendados convocados para el primer Cabildo abierto, los firmantes promovían la antes dicha soli­citud.

No sólo era cosa natural y corriente en aquellos tiempos el dedicarse a negocio tan repugnante como el de la trata de negros, por parte de la nobleza y el clero, que debían repudiarlo porque resultaba la negación de todo principio noble y cristiano, sino que a él se dedicaban con el mayor entu­siasmo y hasta considerándolo un honor. Así, al dirigirse al Cabildo, lo expresan en la representación: “Desde el instante que tuvieron el honor que este ilustre Cuerpo les nombrase para un encargo tan digno de consideración no han perdido momento ni omitido diligencia para dar una idea de la na­vegación de este puerto a aquellas Islas de lo que puede ser útil conducir para la compra y comercio de negros en ellas, lo que cada uno tiene de costo en cada clave y lo que en este giro han practicado otras naciones“.

Y más adelante se llega a decir que, de acuerdo con el in­forme oficial elevado al Capitán General, “cada uno de los habitantes se llene de felicidad” por la concesión de esta gracia de realizar la trata, reconociendo “tan privilegiada gracia que nos presenta la Rl. piedad por el influjo de los que dignamente nos governan“, y estando prestos “al más pronto cumplimiento por nuestra parte a las soberanas dis­posiciones, que con tanto exceso de liberalidad y amor nos favorece, y que estamos dispuestos a no escusar medios de proporcionar el logro de los beneficios que probablemente esperimentaremos en abrazar la gracia que nos dispensa, haciéndonos dignos de las demás que nos promete S. M. en la oferta de protegernos para este comercio“.

A renglón seguido exponen los firmantes de la represen­tación las noticias que han recogido, “por individuos que tie­nen experiencia de este comercio“, ofreciendo a las generaciones actuales que se encuentran libres de este inmundo ne­gocio, ignominia de toda una época, datos interesantísimos sobre la forma y condiciones en que se hacía la trata negrera.

El negro lo mismo se compraba con dinero que con efectos.

Los géneros siguientes eran los más usuales, según palabras de la representación: “Aguardiente, alguna azúcar, tabaco en rama ordinario que no pase de quartillo la libra, pólvora or­dinaria de cañón, escopetas, toda suerte de listados y pañue­los ordinarios y finos, avalorios de vidrios de diferentes co­lores y tamaños, barras de fierro, planchuelas del ancho de un machete, azero, plomo, piedra y balas de fusil“. De estos géneros los más valiosos al fin indicado eran: el aguardiente, el azúcar, las piezas de listado ordinario angosto de las Indias orientales y los fusiles.

¿Cuánto costaban los negros? He aquí una lista de precios de seres humanos, cuya sola lectura tiene que levantar en nosotros indignación y desprecio, resultándonos hoy incomprensible, no tanto que hubiera antaño semejantes nuestros que por el solo color de su piel fueran vendidos como cosas y tratados peor que a los animales, sino que existieron otros que a título de superiores, únicamente porque su piel era blanca, realizaran actos tan vituperables y presumieran todavía de cristianos, de nobles y de civilizados. Pero, digresiones aparte, veamos la lista de precios: “El valor de cada negro por pieza se regula de veinte y cinco a treinta y cinco pesos, o varas, las hembras valen diez varas, o pesos, y los niños de ambos sexos, valen veinte pesos o varas menos“.

¿Cómo debía realizarse el tráfico entre la Habana y las islas de Anabon y Fernando del Po?: “despachando las em­barcaciones desde la Havana con carga de aguardiente de caña, azúcar quebrada (y quando S. M. lo permita tavaco en rama), en calificándose de seguras estas noticias y que yendo en derechura a dichas Islas con el dinero que se llevare reducirlos a negros, con sus havitadores o con los por­tugueses“. Los colonos que habían practicado este negocio, solían también cambiar en la costa de Guinea el aguardien­te y el tabaco por efectos, que no tenían y no podían con­seguir en Europa.

Expresan los peticionarios que la navegación es fácil y de las menos arriesgadas, porque “desembocando el Canal de Bahama y tomada la altura correspondiente se cae a las espresadas Islas sin impedimento de bajo canal ni otro alguno obstáculo, y será, a la ida como de dos meses, y de regreso más corta, por lo favorable de los vientos

El tráfico de negros con estas Islas se encontraba protegido por una Real Orden, que disponía se unieran los hacendados a fin de enviar embarcaciones para cargar negros, y por el Tratado de Amistad, Garantía y Comercio entre la Reina de Portugal y el Rey de España, de 24 de marzo de ese año de 1778, que en su artículo 15 prescribía que “además de los auxilios que recíprocamente se habían de dar las dos Na­ciones Españoles y Portugueses en dichas Islas de Anabon y Fernando del Po y en las de Sto. Tomás y el Príncipe se han combenido sus magestades Catholicas y fidelísimas que en las mismas pueda haver entre los súbditos de ambos sobe­ranos, un tráfico y comercio franco y libre de negros y en caso de traherlos la nación Portuguesa a las referidas Islas de Anabon y Fernando del Po serán comprados; y pagados pronta y exactamente con tal que los precios sean combencionales y proporcionados a la calidad de los esclavos y sin exceso a los que acostumbran subministrar, o subministra­ron otras naciones en iguales ventas y parages“.

Las embarcaciones más adecuadas para esta navegación, eran las de 200 toneladas, pues tenían la capacidad para conducir “con el mayor desaogo“, 250 negros cada una, por lo que los concurrentes juzgaban que “con ocho embarcacio­nes que al año den un solo viage pueden introducirse dos mil negros“.

A estas infelices víctimas se les alimentaba en el viaje de vuelta de dichas Islas a la Habana, con el suculento menú diario siguiente: “por la mañana se da a los negros grandes media galleta y un poco de aguardiente aguado y también como tres onzas de carne de baca en salmuera, a las mugeres y niños no se les dá el aguardiente aguado pero se les suministra un poco de galleta por la mañana y generalmente a todos se les asiste con dos comidas al día“. Estas comidas eran, seguramente, a base de arroz y ñame, pues los firmantes de la representación recomiendan que “para man­tenerlos a la buelta se embarca arroz y ñames de que hay abundancia en aquella costa“.

Los firmantes de este documento a que nos hemos venido refiriendo y que se obligaban a interesarse “con las cantida­des que ofreciéremos bajo nuestra firma para cuando llegue el caso de que S. M. (que Dios G.) nos mande dar aviso de que es tiempo de poder embiar embarcaziones a las Islas de Anabon y Fernando del Po en busca de negros lo haga­mos uniéndonos para esto con los sugetos que a cada uno le combenga y sin necesitar otra recombención que hacernos saver que es benida la orden para este fin“, eran los siguien­tes señores, que se suscribían con las cantidades que cada uno expresaba:

“Quatro mil pesos.—El Conde de Gibacoa.—Dos mil pe­sos.—Miguel de Coca.—Dos mil pesos.—El Conde de Lagunillas.—Tres mil pesos.—Da. Josefa Calvo de la Puerta.— Mil pesos.—Vicente Rizel.—Mil pesos Da. Manuela de Coca —Dos mil pesos.—Miguel Ciríaco de Arango.—Dos mil pe­sos.—Domingo de Ugarte.—Dos mil pesos.—Domingo Me­diano Baldecosera.—Dos mil pesos.—Julián de Morales.—Dos mil pesos.—Bentura Doval.—Cuatro mil pesos.—Már­quez de Justiz de Sta. Ana.—Cuatro mil pesos.—Rl. Socorro.—Jacinto Thomas.—Dos mil pesos.—Joseph dé la Guardia. —Mil pesos.—Dr. Carlos del Rey.—Quatro mil pesos.—Jo­seph de Saldivar.—Un mil pesos.—Joseph Manuel de Villena.—Dos mil pesos.—Gerónima Marqz de Toro.—Dos mil pesos.—El Marqs de la Rl Proclamon.—Un mil pesos.— Juan Thomas de Jaúregui.—Mil pesos.—Juan Estevan de Xenes.—Cuatro mil pesos.—La Condesa de Jaruco—Qui­nientos pesos.—Bárbara Gomes.—Mil pesos.—María de Bassave.—Mil pesos.—Ambrosio de Justis Sayas.—Mil pesos.— Carlos del Castillo y Sucre.—Franco Gonz Blanco.—Dos mil pesos.—Rafael Ignacio Morales mil pesos.—Carlos Armenteros.—Dos mil pesos.—Miguel Anto de Herrera.—Mil pesos.—Sebastn de Aguilar un mil pesos.—Quinientos pesos. —Josefa María de Sotolongo.—Mil pesos Joseph de Castillo.—Mil pesos.—Phepliz González de la Torre. —Un mil pesos.—Franco del Valle Clavijo.—Sebastián de la …— Quinientos pesos.—Ana Josefa de Sotolongo.—Quatro mil pesos.—Juan Orta Bello”.

A estos señores se sumaron los componentes del Cabildo, según consta del acta de la sesión que el mismo celebró el 8 de octubre de 1778, y a propuesta, por todos aprobada, del señor Conde de Buena Vista, Regidor y Alguacil Mayor de la Ciudad, que se suscribió con cuatro mil pesos, “por ahora, pero que con la experiencia del comercio de dhos. negros adelantaría el fondo“. Así, “el Señor “Alfs Mayor Dr. Dn. Manuel Phe de Arango dixo que concurriría con la de dos mil pesos en los propios términos explicados por dho Sor Conde de Buena Vista.—El M. R. P. Fr. Manuel de Sn Franc. Prefecto del Convento de Nra. Sra. de Bethlem dixo qe concurriría a nombre de su convento con la de cuatro mil ps con la misma circunstancia antecedente. El Señor dor d Antonio Claudio de la Luz con la de dos mil ps.—El Señor rexor d. Jph Cipriano de la Luz con la de tres mil ps.—El Señor Márquez Cárdenas de Monte Hermo­so The de rexor y de Alce Mor Provincial, ofreció por sí y por parte de la Sra. Marquesa Viuda su Madre la suma de cuatro mil pesos.—El Señor rexor Dn. Matheo Pedroso ofre­ció la de cuatro mil ps.—El Señor Dn. Gabriel Peñalver Cal­vo su Me y Dn. Miguel Peñalver The de rexor y de Algua­cil Mor su hermo la de seis mil ps.—El Señor O. Pedro Gar­cía Menocal dos mil pesos.—El Señor Capitán Dn. Franc. Calvo cuatro mil ps.—El Señor Marqués de Villa Alta por sí, y a nombre de la Sa Marquesa Viuda su Madre, de la Sra. Condesa Viuda de Casa Bayona, del Señor Coronel rexor Dn. Laureano Chacón, y Dn. Jph. Miguel de Herre­ra su hijo doce mil pesos.—El Señor Dn. Ignacio Peñalver y Cards. Thesorero de Real Haza cuatro mil ps.—El Señor Dn. Franc. del Corral expuso qe mediante a que pensara avilitar por sí una o más ocasiones, que le convengan Buque competente con que comprar y conducir algunos negros luego que se verifique el real permiso escusara asignar cantd. al­guna para el expresado fondo.—El Señor Capn. D. Joseph Ricardo Ofarril a nombre del señor Corl. D. Juan de Ofarril s. Pe. dixo que concurriría con la cantidad de cuatro mil ps.—El Sor. D. Lorenzo de Quintana manifestó, que ha­llándose igualmente en ánimo de havilitar embarcazon por sí o unido con otros compañeros, proponía que siempre qe no llegase a verificar, desde luego contribuiría la cantidad de mil ps.—El Señor Conde de Valle llano con la de tres mil ps.—El Señor Capn. Dn. Raphael de Cárdenas con la de un mil.—El Señor Cpn. D. Jph. Garro con la de dos mil.— El Señor Dn. Franco Ignacio García Menocal con la de un mil.—El Sor. The Corl D. Martín de Aróstegui con la de un mil.—El Señor Thesorero de Cruzada Dn Baltasar de Soto, con otros mil ps.—El Señor Dn. Nicolás de Cárdenas Veles de Guebara con la de dos mil ps.—El Sor D. Manuel Recio de Morales con la de cuatro mil.—El Señor D. Ma­nuel Chacón con la de dos mil ps.—El Señor Capn. Dn. Estevan de la Barrera Alce Ordo por su Magddixo que ofrecía contribuir por sí y por el Sor rexor D. Domingo de la Barrera su hermano la cantidad de seis mil pesos; bien entendido que assí este señor como los demás antecedentes han hecho las asignaciones con la misma qualidad y circuns­tancia qe la executó el referido S. Conde de Buena Vista“.

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