Peñas arriba

Llora, triste, corazón,
llora tu rudo quebranto
y llora con tierno llanto
la muerte de mi ilusión.
Que no hay en la Creación
alivio a mis sinsabores,
ni hay remedio a mis ardores,
ni hay aurora a mi contento,
ni hay ocaso a mi tormento
ni piedad a mis dolores.

El castillo de ideales
que forjó mi fantasía
se vio derribado un día
a fuerza de vendavales.
Y sin consuelo a mis males,
que el consuelo no me alcanza,
fuime a esperar la bonanza,
me di a cuidar, ya más cuerdo,
las flores de mi recuerdo,
y mis flores de esperanza.

Pero ya no tengo nada;
árida, triste y oscura,
será mi vida futura como mi vida pasada.
¡Oh, mi bien, oh dulce amada,
apoyándome en la rima,
mientras la zarza lastima
lo poco que de mí resta,
voy subiendo por la cuesta
desconfiando de la cima!

Larga cuesta del vivir,
cima escarpada y altiva
donde voy «peñas arriba»
sin fe para proseguir.
¿Cómo te podré subir
cargado con esta cruz?
Rasgue el lóbrego capuz
el sol a que te encaminas,
y mi corona de espinas
tórnese aureola de luz.

Porque mi ser necesita,
para seguir su camino,
algún cambio en el destino
bajo el que llora y se agita.
Una pasión infinita,
algo que acabe mi duelo,
y que cumpliendo mi anhelo
al abatir mi amargura
¡me deje el alma tan pura
como un pedazo de cielo…!

Si ese cambio de mi vida
por suerte se realizara,
con qué júbilo gritara
al alma desfallecida:
—Emprende rauda subida,
no importa que en tu carrera,
en la zarza que te hiera,
vayas quedando a retazos,
porque tus mismos pedazos
me servirán de bandera…

Muertas las flores se ven
de la esperanza que pierdo,
y las flores del recuerdo
se van muriendo también;
sin estas flores, mi bien,
que ha marchitado la suerte,
lo cruel de mi vida advierte
al querer que ellas revivan,
pues las ansias de que vivan
me van trayendo la muerte.

Acabe ya mi tormento,
cese mi rudo quebranto,
concluyan mi triste llanto
y mis dolores sin cuento.
Ya desmayado me siento;
ven, amor, que sin tu lumbre,
esta inmensa pesadumbre
ha de abatir mi heroísmo
y he de rodar al abismo
con la mirada en la cumbre.

Rubén Martínez Villena
La pupila insomne (1917)

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