El oso

Por Rubén Martínez Villena*

Adolfo Rolof, hoy un hombre, me relató una aventura que le ocurrió cuando estuvo en su país natal, Rusia, siendo niño.

Vivía él como a 5 leguas del Mar Blanco y su padre iba a sus orillas a vender el producto de su trabajo pues se ocupaba en el arte de la ebanistería. Su vida era alegre, ayudaba a su padre en su trabajo y por la tarde se tendía un cuadro de finísimo musgo que crecía entonces en primavera frente a su casa y recogía las primeras flores de esta estación. Sin embargo había en aquellas estepas cubiertas de escasa vegetación un animal que le infundía miedo, el oso.

Un día sus padres fueron a la cercana ciudad dejándole al cuidado de la casa encargándole que pusiera agua bastante al fuego para la cena.

Adolfo, así se fueron sus padres, rodó el coche del niño mientras cantaba ufano el himno polaco hasta que al fin éste se durmió.

Entonces puso la caldera de agua al fuego, se sentó al lado de él y se enfrascó en la lectura del libro nuevo que le había comprado su padre. Ya hacía como hora y media que leía y ya el sol tocaba su ocaso, cuando sintió leves pasos hacia la puerta, soltó el libro y esperó. Entonces vio en la puerta que daba al cuadro de musgo como dos luces redondas y verdes que se acercaban, y se apoderó de él un terror pánico mientras sentía que sus oídos un zumbido que se dejaba oír por un momento y después se repetía con la regularidad del péndulo de un reloj. Sus cabellos y sus vellos se ponían rígidos e iba a gritar ante aquella fantástica aparición cuando la palabra se le quedó en la garganta convertida en un nudo que casi le impedía la respiración, allí, a la vaga claridad que venía del cuarto de su hermano y del juego de su comedor había visto dibujarse la silueta de un oso. Éste no se ocupó de él sino que encaminó sus pasos hacia el cuarto donde dormía el pequeño niño. ¡Qué hacer! ni palo ni escopeta con que defender la vida de su hermano… Una idea cruzó su ofuscada mente, corrió, tomó en sus manos la caldera de agua hirviendo ¿podría cargar aquel peso? Todos sus músculos estaban rígidos por el terror, cogió abrasándose las manos la caldera y corrió por la puerta del 2o cuarto para pasar al primero que era donde dormía su hermano, ahora sentía valor, no le detuvo nada, ni siquiera el vaivén solemne de la cola del terrible animal que era ya lo único que se veía de él.

Entró al cuarto, la fiera al verlo volvió la cara, entonces dio un paso a tras, casi inmediatamente otro adelante al mismo tiempo que impelía toda el agua de la caldera hacia el frente dando a su brazo un movimiento giratorio. Vio al oso crecerse al ponerse sobre sus dos extremidades posteriores y enseguida caer sobre las cuatro y huir hacia la puerta dando tumbos, el agua lo había dejado ciego al […] salió y entonces Adolfo cerró la puerta, le temblaron las piernas y cayó sin sentido. Cuando volvió en sí sus padres estaban allí, él les contó lo ocurrido y su padre le dijo que había sido un valiente. Y Rolof terminó su relato diciéndome: A pesar del terror que me inspiraba ese feroz animal hubiera querido encontrarme con una docena de esos para oír a mi padre diciéndome: valiente hijo…

* Este cuento es la primera obra escrita por el gran poeta, narrador y patriota alquizareño Rubén Martínez Villena, a la edad de 13 años.

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