Un paseo por extramuros según Samuel Hazard en 1861

Por: Samuel Hazard
En: Cuba a pluma y lápiz

Para dar unas vueltas en el Paseo, con objeto de ver y ser visto, las mejores horas son de cinco a seis de la tarde; pero, combinando el placer con el deseo de ver, prefiero las frescas y tempranas horas de la mañana, saturadas de brisa, aun cuando no se tenga la grata ocasión de contemplar a las jóvenes de brillantes ojos que ocupan los elegantes quitrines.

Ordenamos al cochero que empiece el recorrido desde el fin del Prado, que da directamente al mar, con el Castillo del Morro en frente, al otro lado de la bahía. Inmediato a nosotros está el curioso y antiguo fuerte de La Punta, originariamente un cuadrilátero abaluartado, hoy ampliado.

Es una de las antigüedades de la Habana. En el lugar que ocupa desembarcó el pirata Roberto Baal, cuando atacó e incendió la ciudad, en 1543. San Salvador de la Punta, eme es su nombre originario, empezó a construirse al mismo tiempo que el Morro y por los mismos ingenieros, en 1589, terminándose en 1597.

A la izquierda del Prado, a lo largo de la costa pueden verse varios lugares de baños. Internándonos en la ciudad, empezamos nuestra jornada remontando el Prado, o Paseo de Isabel, ancha calle de aspecto de boulevard, con hileras de árboles en el centro, bajo los cuales, a intervalos, hay bancos de piedra y un paseo para los peatones, y a ambos lados de éste arroyos para los carruajes.

Excelentes son sus edificios, en su mayor parte residencias particulares, con pórticos y fachadas de gusto, blancas o azules. Este paseo empezó a construirse en 1771, inaugurándose al año siguiente. En 1797, bajo el gobierno del Conde de Santa Clara, fué extendido y dotado de varias fuentes, siendo objeto de algunas mejoras durante el gobierno de Tacón.

Al dejar la Punta, el primer edificio que nos llama la atención es uno grande y amarillento, situado a la izquierda, ocupando toda una cuadra. Es la Real Cárcel y oficinas del Consejo —singular combinación.— La parte frente al paseo la ocupa el Consejo, en tanto que la parte opuesta, frente a las murallas, está destinada a la reclusión de los malhechores. Fué construido también en 1771, teniendo la forma de un cuadrilátero, con un patio central para uso de los prisioneros. Estos pueden verse al través de las puertas y ventanas enrejadas.

El aficionado a los estudios fisionómicos, encontrará sujetos dignos de observación tras esas ventanas, cualquier día cerca de las doce, cuando se permite a los prisioneros recibir, al través de las rejas, paquetes de sus amigos, no sin antes ser inspeccionados por los guardianes estacionados en los estrechos corredores con barrotes que separan a los de dentro de los de fuera. La explanada frente a la cárcel se usa como campo de parada; y en ella fué ejecutado el infortunado Narciso López, muriendo corno un bravo, después de la desgraciada expedición que, fiando en las promesas de los criollos, llevó a Cuba y en la que fué derrotado.

Aquí, en presencia de un gran número de tropas, el 1o de septiembre de 1851, fué agarrotado, siendo sus postreras palabras:

—¡Muero por mi querida Cuba!

A trechos, a lo largo del Paseo hay varias fuentes de piedra y mármol, muchas de ellas e bella apariencia y unas pocas de alguna antigüedad; pero todas carecen de agua. A la derecha del Prado, en el número 86, se halla un Gimnasio y Escuela de Esgrima, el mejor de la ciudad, con un excelente instructor del sistema calisténico de Lewis y de la gimnasia de palanqueta, teniendo además un buen maestro de armas francés. Muchos cubanos son magníficos gimnastas. Por las mañanas, de siete a nueve, se da generalmente una clase bajo la supervisión del instructor, que habla inglés. A la izquierda está el Teatro Villanueva, de casi pobre apariencia, usado generalmente por compañías francesas o por pequeñas compañías dramáticas españolas.

Está construido principalmente de madera y se ve poco concurrido. He visto actuar en él excelentes compañías francesas, procedentes de París, con muy reducido auditorio. En la actualidad ha adquirido renombre histórico, por el hecho de que las tropas dispararon sobre los espectadores durante una representación, en los presentes días de revolución.

En el Prado y frente a las puertas de Monserrate, está el llamado “Parque de Isabel“. Contiene porciones de terreno con césped, caminos de grava, árboles y bonitos bancos de hierro. En el centro se levanta la estatua marmórea de Isabel II. En la parte opuesta, lado oeste, se hallan los mejores edificios, entre los que se cuentan los ocupados por el Hotel de Inglaterra, Café San Luis, y en la esquina El Louvre, el café, par excellence, de los helados y granizados.

En la esquina de la calle de San Rafael, opuesto a El Louvre, se levanta el Teatro de Tacón, cuyo edificio no es muy imponente visto desde fuera, pero muy hermoso en su interior y el principal de la ciudad. Fué construido en 1838, durante el mando de Tacón, cuyo nombre lleva, siendo en su mayor parte presidiarios los que ejecutaron el trabajo.

Casi frente al Teatro de Tacón está la estación del tranvía que va a la Chorrera, situada en la parte noroeste de la ciudad. Pasado el Teatro de Tacón, a mano derecha, se encuentra el “Paradero de Villanueva“, estación de ferrocarril, de donde salen los trenes que se dirigen a Matanzas, Batabanó y Guanajay. Se halla a alguna distancia del Paseo, con un buen edificio de piedra blanca, dotado de verjas de hierro al frente. Reúne todas las comodidades que puede desear el viajero en el orden de salones de espera y resguardo de, equipajes. Debido a los muchos trenes que salen para diferentes rutas, ofrece siempre animadas escenas.

Frente a la estación y teniendo a un lado el Paseo, se extiende el gran espacio conocido por el “Campo de Marte“, donde temprano por la mañana, en verano, y a las dos de la tarde en invierno, hacen ejercicio las tropas. Es una plaza en forma de trapecio, de unas doscientas veinticinco yardas de largo y rodeada de una verja de hierro con pilares de piedra a intervalos, cada uno de los cuales ostenta como adorno en su extremo superior una bala de cañón de gran tamaño. Tiene cuatro entradas principales, cerradas con verjas de hierro; al extremo dé los pilares laterales hay colocados morteros de bronce; y como los pilares son grandes y bien construí  dos, las puertas ofrecen un bonito aspecto.

Se las distingue con los nombres de Colón, Cortés, Pizarra y Tacón, el de este último por ser el que ordenó la construcción del lugar, que en diversas épocas ha sufrido desperfectos por la acción de los ciclones. En la actualidad está reparado y hermoseado. A un lado del Campo, en el centro del Paseo, está la hermosa Glorieta y fuente de la India, rodeada de esbeltas palmas reales.

 La fuente es una obra de considerable belleza, esculpida en mármol de Carrara y erigida a expensas del Conde de Villanueva. Es la mejor de las fuentes públicas, y hace honor al gusto y generosidad del patriótico ciudadano que la erigió, y es un ejemplo que algunos de nuestros millonarios, que sólo se preocupan de atesorar dinero sin miras al bien, deberían seguir, embelleciendo sus respectivas ciudades nativas. La hermosa avenida en que está situada forma parte del Parque de Isabel.

Al lado de la fuente está el Circo, al que se va por un pequeño paseo que empieza en el Prado; y al lado opuesto del Campo de Marte se levanta la magnífica residencia particular, de hecho un palacio, de la familia de Aldama, que fué uno de los cubanos más ricos, propietario de los mejores ingenios de la Isla, confiscados por haber intervenido sus familiares en la rebelión hoy en progreso.

Dirigiéndonos ahora al Paseo de Tacón, pasamos por una bella y ancha calle, conocida por Calzada de la Reina, que se extiende desde el Campo de Marte hasta la Calzada de Belascoaín. La parte que es su continuación desde esta última calzada hasta el Castillo del Príncipe, lleva el nombre de Paseo de Tacón.

La ancha Calzada de la Reina se ve generalmente más concurrida que las otras calles al atardecer, aun cuando en algunas porciones de la misma sus edificios no son muy bellos. En su unión con el Paseo de Tacón, empieza una de las más bonitas vías de la ciudad, teniendo doble hilera de árboles, con un paseo para los peatones y un bello y ancho arroyo para los carruajes. Es el lugar de moda, por donde todas las tardes ruedan los más espléndidos trenes de los habaneros. A diferentes trechos del Paseo hay fuentes, estatuas y glorietas; y al atardecer, cuando se ve invadido de hermosas mujeres, elegantes carruajes, embellecido por las hileras de umbrosos árboles, ofrece una perspectiva enteramente encantadora.

El Marqués de Someruelos, durante su mando, hizo mucho para mejorar este paseo, erigiendo en 1802 la estatua de Carlos III, que se dice es la obra de arte más bella de la Isla. Tacón también lo mejoró algo, y una de las columnas lleva inscripto su nombre. A la izquierda del Paseo está la estación del ferrocarril que va a los bonitos pueblos de Marianao y Puentes Grandes. A la derecha y casi al final del Paseo, se encuentra una bella portada enrejada que conduce a los hermosos jardines conocidos por Jardín Botánico, y al lado los también hermosos jardines donde está la residencia veraniega del capitán general, que se conoce con el nombre de Quinta de “Los Molinos“. Son tan atrayentes e interesantes, que el extranjero, de disponer de tiempo, hará bien en visitarlos varias veces, tanto por la mañana como por la tarde, pues ofrecen más atracciones que cualquier otro lugar de la Habana.

Aun durante el mediodía, cuando hacía demasiado calor para ir a ningún lado, frecuentemente me dirigía allí, seguro de encontrar un fresco, agradable y umbroso lugar en donde pasar las horas cálidas. Están abiertos día y noche y a todo el mundo se le permite entrar y pasear a través de sus hermosas sendas, sombreadas y rodeadas de las más exquisitas flores, plantas y árboles tropicales. Nada más delicioso, en una mañana o atardecer calurosos, que vagar por estos magníficos terrenos, que rivalizan por su belleza, exuberancia y novedad con cualquier jardín de los que tenemos en los Estados Unidos. El mejor plan para una visita es dejar el carruaje a la entrada del Jardín Botánico y ordenar al cochero que os espere a la entrada de la Quinta, que está algo más arriba; y después que hayáis paseado por los jardines del primero, pasáis a los del capitán general, y cuando hayáis gozado de ellos, salís por la magnífica Avenida de Palmas que os conduce a la puerta de la residencia. En el Jardín Botánico hay ejemplares de casi todas las plantas tropicales; y en su centro un gran estanque de piedra, lleno de hermosos nenúfares. En medio del estanque se eleva una fuente rústica hecha de conchas.

Los jardines de la Quinta son algo mayores y contienen muy hermosos senderos, uno de los cuatíes, de unas cien yardas de extensión, es el más atrayente sendero de amor que un par de enamorados pudiera desear.

Está formado con la planta que llaman mar pacífico, que se eleva a buena altura y lo cubren con flores de un color rosado, formando las hojas del arbusto un hermoso arco, verde y fragante, sobre la cabeza del paseante. Hay una fuente o cascada artificial, formada por las aguas de un pequeño arroyo que corren por rocas artificiales, formando debajo un estanque y, puede decirse, una poco atractiva caverna, siguiendo las aguas por un canal sobre cuya superficie están los botes de recreo de su Excelencia, y en cuyas orillas, sombreadas por las colgantes ramas de los árboles vagan algunas curiosas crías de patos. Hay también una o dos pajareras, llenas de palomas de diferentes clases. En el centro de los jardines se eleva la confortable casa del capitán general y algunos edificios anexos.

Impresionarán de manera pasmosa al visitante, como algo insuperablemente gracioso, soberbio y majestuoso, las avenidas de palmas. Puede, si lo desea, estudiar con provecho los árboles del coco y el plátano, que abundan mucho en los jardines. Todo aquel lugar sería perfecto como jardín, si no fuera por la vía de ferrocarril que lo cruza por el centro y por el ruido de los trenes al pasar, que de tiempo en tiempo suena de manera nada armoniosa en los oídos, mientras uno vaga placenteramente por aquel sitio de fragante y quieta poesía.

A los jardines se les da diferentes nombres, como puede verse por los letreros situados en varios lugares, que rezan: Jardín de San Antonio, de la Reina, Bosque de la Princesa, etc. En todo tiempo se ven en los jardines guardias militares.

Era costumbre de los capitanes generales pasar allí los veranos; pero habiéndose asegurado que el lugar no era sano, han dejado de ocuparlo últimamente, pasando el verano los gobernadores en Marianao o Puentes Grandes. Sea sano o no, es un hermoso sitio para el extranjero que visita la Habana en invierno, merecedor de que pase en él ratos agradables, vagando por sus umbrosos senderos con alguna señora amiga, o fumando su fragante habano bajo las majestuosas palmas.

En estos jardines, si el viajero está ansioso de ejercicio, puede subir hasta el fuerte que está en lo alto de la loma conocida por el “Príncipe“, desde donde obtendrá una buena vista de los contornos, contando desde luego con que el centinela le permita pasar. El castillo es pequeño y algo antiguo, habiendo sido construido en 1763 para la protección del pueblo y bahía de la Chorrera.

Debo advertir que merece el trabajo de subir hasta lo alto del monte, pues se obtiene una espléndida vista de la ciudad.

Dejando la Quinta, tenemos ahora una muy bonita vista de la continuación del Paseo, con sus hileras de árboles que lo sombrean tan bellamente y que han alcanzado tan exuberante desarrollo que hacen de este lugar uno de los más encantadores, preferido con razón por los habaneros para pasear por las tardes.

Doblando por una bella y ancha avenida conocida por la “Calzada de la Infanta“, llegamos a una larga y hermosa calle llamada “El Cerro“, que nos conduce al pequeño poblado de este nombre. Tiene la calle unas tres millas de extensión, y a ambos lados se levantan las hermosas y confortables residencias de la clase elegante y adinerada donde pasan por lo menos el verano.

Hay aquí ancho campo para estudiar la arquitectura tropical, encontrándose raramente dos casas iguales, aun cuando todas obedezcan a un mismo plan general, muy diferente desde luego de nuestras ideas de comodidad, y no obstante el mejor plan, probablemente, que puede adoptarse en este clima.

No sólo en el Cerro, sino en todas partes, al extranjero le admiran las peculiaridades de la arquitectura cubana, con sus ventanas enormes, sin el menor cristal, pero dotadas de fuertes rejas de hierro, de un solo piso, con entradas tremendas y sólidas puertas claveteadas, muchas de ellas con adornos de bronce y todas como si hubieran sido construidas para poder resistir un ataque.

En el Cerro las casas tienen una apariencia algo modernizada, con las cocheras en su parte trasera, y al frente portales más elevados que el nivel de la calle. No es frecuente que las casas tengan pasillos, conduciendo directamente la entrada principal a largos y frescos vestíbulos, que son en realidad habitaciones y como tal amueblados, dotados de pisos de losas de mármol y unidos con los cuartos por un pasaje abovedado.

Estos vestíbulos se usan a menudo como comedores, refrescados siempre por la brisa que viene del patio o a través de la ancha sala, a la entrada. Toda la casa está desprovista de cortinajes y expuesta a la curiosidad de los transeúntes. Los techos son excepcionalmente altos, y las casas, sin excepción, tienen en su interior un patio, que aun en los días más calurosos proporciona algún aire.

Este patio, en las ciudades, rinde los beneficios de nuestros jardines. Todas las habitaciones dan al mismo; y en las casas que tienen un segundo piso, una galería rodea el patio, dotada de persianas o de toldos de colores para la protección de los rayos solares. Esto asegura una libre circulación de aire, un lugar umbroso donde sentarse o pasear, y muy a menudo, cuando él patio está adornado con flores, fuentes y aun con naranjos, granados o reseda, constituyen un lugar encantador en el cual se puede soñar en las horas de ocio, o coquetear desesperadamente con las bonitas señoras.

 En la vecindad del Cerro hay gran número de hermosas residencias llamadas “Quintas“, las cuales el extranjero tiene generalmente ocasión de inspeccionar poniéndose de “acuerdo” con el jardinero o portero, especialmente si la familia se halla ausente. El encantador lugar sito a la derecha del Cerro, antes conocido por la “Quinta del Obispo“, hoy residencia del conde de Peñalver, es uno de los más atractivos. Es digna de verse su soberbia avenida de mangos, cuyo fruto es considerado como el más delicioso de la Isla. Son también dignos de admirarse los magníficos ejemplares de cactus, que en Cuba alcanzan un tamaño inmenso y tienen gran resistencia para una planta de su clase, al extremo que algunas de sus ramas pueden sostener un hombre sentado en ellas. En los fosos que rodean la Habana se ven otros ejemplares que a veces ofrecen una extraña apariencia, debido a las grandes cantidades de fino polvo que se acumula en ellas.

A la vuelta, pasamos por la Calzada de Galiano, una de las mejores calles de la ciudad, que siempre nos ofrece nuevos encantos con sus anchos y: columnados pórticos y su regular arquitectura, sin, decir nada de su animación constante.

En la esquina que forman las calles de Aguiar y Empedrado, está la estación de los tranvías que pasan por las mejores partes de la ciudad hasta el Cerro. Subiendo a uno de ellos, por veinte centavos, el extranjero puede darse el gusto de un grato recorrido, viéndolo todo a su placer. Los tranvías salen cada cinco minutos, se mueven aprisa y nunca van llenos de gente.

 

Esta entrada fue publicada en Conociendo La Habana y clasificada en , . Guarda el enlace permanente. Tanto los comentarios como los trackbacks están cerrados.
  • Horario de servicios

    Lunes a viernes
    de 9:15a.m. a 4:00p.m.
    Sábados
    de 9:15a.m. a 2:00p.m.
    El horario cambia de acuerdo al reajuste energético