La Nochebuena cubana de otros tiempos

Por: Felipe López de Briñas (1888-1937)

En: Social (diciembre 1929)

En todos los países americanos, especialmente en los de origen latino, conserva la festividad de Nochebuena un sello propio, peculiarísimo, que permite al escritor de costumbres —por poco ob­servador que sea— describirla con fidelidad y sin esfuerzo al­guno de imaginación; tan fácilmente como copia el pintor la fruta del tiempo o el plumaje del ave, en sus bodegones y estudios de naturaleza muerta, contando con la inmutabilidad del color y de la forma, en sus invariables modelos.

Mas para encontrar la típica, la genuina Nochebuena de Cuba, habría que remontarse a la época cuasi primitiva de 1840 a 1850, en que la antigua sociedad cubana poseía hábitos y fisonomía propios impónese el seguirla en sus diversas vicisitudes hasta 1872, en que el rigor de la guerra alejó del país a cua­si todas las familias de abolengo criollo y trajo grandes masas de inmi­grantes europeos, importa­dores de diversiones, can­tos populares, fiestas reli­giosas y usos peculiares a cada región de donde pro­cedían, y que infiltrándo­se en el modo de ser local, fueron borrando los caracteres origínales de nuestras costumbres, hasta el punto de que hoy puede asegurarse que ya no existe en Cuba la Nochebuena cubana.

¿Exageración? De ninguna manera. La guerra de los diez años fue para la metrópoli algo así como la reconquista del país, y explícase de este modo la desaparición de todo lo tradicionalmente cubano, anterior a la guerra y el porqué en la actualidad —y no siendo en los campos del interior— se viva, se edifique, se vista y se eduque en todas las poblaciones de la isla según la norma europea.

La esclavitud —esa llaga aún sangrienta del buen tiempo antiguo— era factor importantísimo, pincelada genérica en todos los cuadros de nuestra vida íntima; y en fiestas como Nochebuena y Reyes, la nota dominante en el to­no, la figura principal en el lienzo. —La esclavitud ha desaparecido —¡loado sea Dios!— y con ella los rasgos salientes de cuasi to­das las escenas cubanas, en que el esclavo desempeña­ba papel capital y caracte­rístico, como podrá apre­ciarse en el curso de este ligerísimo artículo.

Allá muy lejos —hace medio siglo— la Habana de piedra y la Habana viviente eran ciudad y vecindario muy distintos de los de ahora.

Las casas se construían a prueba de bomba, gruesas y ga­chas para resistir a los huracanes, y las que tenían más de un piso —a no ser algún palacio— no alcanzaban en sus balco­nes mayor altura que la de un moderno entresuelo. —Se almor­zaba a las nueve, se comía a las tres, se merendaba a las cinco y se cenaba a las ocho. Con tal régimen de vida, ¿se concibe que nuestros abuelos celebrasen la Nochebuena cenando a la media noche? No por cierto. Al toque de queda, en las igle­sias, y en los cuarteles y prevenciones, cerrábanse las puertas de la ciudad; recogíanse los tranquilos ciudadanos, y los pa­rrandistas y trasnochadores (siempre los hubo en todas partes) veíanse obligados a esperar el día en las afueras, sorteando el paso de las rondas, hasta que el toque de diana les permi­tía volver a intramuros.

Las familias opulentas marchaban al cafetal, al ingenio o a la estancia desde el día 8 de diciembre y regresaban a la ca­pital después de Reyes.

Las de la clase media observaban la vigilia de Navidad ce­nando a las nueve y esperando en vela los repiques de la me­dia noche del 8 de diciembre, con los cuales anuncian todas las parroquias a la vez el misterio de la Concepción. Rezaban entonces una corona (siete Ave Marías) e íbanse a dormir.

A esa piadosa velada se la llamaba entonces Nochebuena chiquita.

El 24 de diciembre, los que sin ser ricos gozaban de algún desahogo de posición, invitaban a sus amistades a cenar el clásico lechón tostado, el pavo asado o relleno, arroz en blan­co, frijoles negros, ensalada de lechugas y rabanitos. Perdó­neseme lo minucioso del detalle; pero importa al espíritu de este trabajo acentuar con insistencia el menú siempre idéntico de la cena criolla de Navidad, en la cual sucedía rara vez que se introdujese algún postre exótico, y donde lo corriente era que después de los platos de cocina y antes del café se sir­viese a los comensales buñuelos de catibía o de malanga, ro­ciados con almíbar o con melado de caña.

Los proletarios, las familias pobres, cenaban poco más o me­nos lo mismo; sustituyendo al lujoso pavo algún par de pollos, y al imposible lechón entero algunos cuartos de asado, adqui­ridos en las tabernas, figones y tahonas que especulaban con su venta.

La gente alegre y la del bronce, curiales y covachuelistas, tenorios y pendencieros, quedábanse de propósito fuera de puertas, y buscaban alguna taberna, figón o casa desalquilada en los ejidos y barrios desiertos, y allí, a puerta cerrada, se entregaban al placer de una cena borrascosa, en cuyo menú resultaban también indispensables los frijoles negros y la en­salada de lechugas.

Los esclavos cenaban en las cocinas las sobras de los amos; y los mancebos y dependientes del comercio, en tahonas, fe­rreterías, campecherías y en toda otra tienda de cierta impor­tancia, no hacían la comida el día 24 de diciembre. Sus prin­cipales y capataces obsequiábanles con una opípara cena, que regularmente traía por consecuencia la aplicación de calas, purgas, eméticos y otras drogas; plus inesperado de los trago­nes y de los ahitos.

En los cuarteles y destacamentos repartíase a la tropa con el rancho de la tarde doble ración de pan y de vino, y a los presos en el antiguo Consulado y en las correcciones y forta­lezas hacíaseles igual obsequio.

Cuanto a las monjas y frailes, aquello era un diluvio de regalos. Los fieles católicos habaneros cumplían con celo el precepto de pagar diezmos y primicias a la iglesia de Dios, y los pobrecitos frailes y las tristes monjas no tenían manos ni cuevas ni sótanos bastantes para recoger y guardar lechones cebados, aves, huevos, aceite, frutas, menestras y hortalizas, que en arrias sucesivas llegaban a las puertas de los conventos, envia­das desde el campo por los devotos pudientes.

No he de pasar a describir la antigua cena de los ricos, en el cafetal o en el ingenio, sin anotar el detalle capital de la Nochebuena cubana: la Misa del Gallo.

El 8 de diciembre comienzan las misas de Aguinaldo, y la Misa del Gallo es la última de aquéllas.

En los pueblos del campo acudían los guajiros con fotutos y guamos (1), y al principio y fin de las misas de aguinaldo mezclaban el ronco sonido de sus bocinas con el alegre re­pique de las campanas, los cantos del coro y las salmodias del sacerdote; pero en la Misa del Gallo, que se efectuaba a la media noche del 24 de diciembre, uníase a los estruendosos fotutos el canto agudo del gallo, imitado con la voz por los campesinos y repetido con algarabía infernal por cuantos concurrían a la iglesia y por los gallos auténticos en los ga­llineros del caserío.

Según me explicaba mi abuelo, diósele tal nombre a la misa nocturna porque se esperaba a que el gallo cantase a media noche, para comenzar a dejar misa en los campanarios de las iglesias.

Tal costumbre no tomó incremento en la Habana hasta los años de 48 al 50, época en que bien servidas de alumbrado pú­blico y de serenos las calles de la capital, podían arriesgarse las familias a transitar por ellas, mientras que en tiempos an­teriores, la dama o el señor que deseaba asistir al templo tenían que hacerse acompañar de uno o más criados provis­tos de faroles para alumbrar el camino.

En lo antiguo era, pues, raro que asistiese a la fiesta de media noche persona alguna de viso; en cambio los jóvenes de vida alegre y las mozas de picos pardos concurrían sin falta a la tumultuosa misa, imitando hasta enronquecer el gri­to del vigilante centinela del gallinero.

Terminada la misa salían en parrandas y cantando boleros, pasacalles y canciones, acompañados por algún diestro y mi­mado tocador de guitarra; mas téngase presente que estas alegres comparsas se organizaban fuera de puertas, y aun asi, hurtaban el encuentro con alguna patrulla, porque los cabos de ronda (de los cuales son, en lo moderno, fea caricatura los alcaldes de barrio) no se paraban en pelillos y enviaban a dormir sobre las duras tarimas de la prevención a los contraventores del bando de buen gobierno.

Tales fueron las costumbres hasta que estalló la guerra. Desde el año 68 al 78, la inquietud y la zozobra, el miedo a las explosiones de la pasión política excitada, los atropellos históricos y sangrientos de la soldadesca, la emigración al ex­tranjero debilitaron esta arraigada costumbre cubana, que reapareció prostituida y escandalosamente desfigurada en el año 1878 en que terminó la lucha separatista.

Y afírmolo así, porque desde entonces a la fecha concurre a la Misa del Gallo un público abigarrado de borrachos, mujerzuelas y gente sucia en tal mayoría, que obscurece el ligerísimo sabor local que pudiera gustarse todavía observando a las muy contadas y piadosas familias que asisten al templo como para que no se borren para siempre las antiguas tradi­ciones cubanas.

Y para colmo gran parte de nuestra juventud dorada, se­parándose por completo del tipo legendario del caballero cu­bano —culto y generoso, cortés y bondadoso hasta la familia­ridad con los inferiores, pero incapaz de degradarse volunta­riamente,— nuestra juventud de hoy, repito, se confunde con aquella hez, la imita, la envalentona y la sobrepuja en grose­ras audacias, en chistes soeces, en irreverencias salvajes, que han traído por lógico resultado el que sean ya contadas las parroquias que se deciden a celebrar la Misa del Gallo, te­merosos sus jefes de los escándalos y desórdenes que han pro­movido los jovencitos…

Trasladábase la familia a la finca, estancia, ingenio o cafe­tal en los primeros días de diciembre.

Los amos, más para satisfacer su vanidad, contemplán­dose señores de tantas vidas esclavas, que para acallar los gritos de su conciencia, iban por sí mismos a repartir el agui­naldo a los pobres negros, que recibían a la familia con toda clase de manifestaciones de júbilo, no sólo por imposición de su ignominia, sino porque, a las veces, el niño o la señorita tomaban afecto a algún criollito de la dotación, a tal o cual criada de la casa de vivienda, o bien el amo era quien se fijaba en la buena presencia de algún esclavo ágil y robusto, que re­sultaría un brillante calesero, y esta predilección solía servir como casualidad redentora de los rudos trabajos del ingenio a los esclavos que venían luego con los amos a la Habana, cuando éstos abandonaban la finca.

El día de Navidad se repartía a los negros su esquifación: un gorro de lana y un sombrero de empleita, un chaquetón de barragán, una frazada, una camisa y un pantalón de rusia o cañamazo a los varones. La frazada y chaquetón, un pañuelo de bayajá y otro de percal estampado, camisón y saya de rusia a las hembras. A los criollitos sólo se les repartía camisones largos y gorros de lana. Ni zapatos, ni almohadas, ni catre… ¡Y esto se daba dos veces al año a los que amasaban con su sudor y su sangre la riqueza, en ocasiones fabulosa, de los amos del ingenio!

Verdad es que también había amos espléndidos que aña­dían a la esquifación cachimbas de barro para los hombres, collares de cuentas y abalorios para las mujeres y cucharas de palo, platos y jarros de hojalata para toda la dotación de la finca.

Repartida la ropa, desfilaban ante el señor los esclavos, a quienes se daba el aguinaldo en dinero, según su categoría: los carreteros, carpinteros, hormeros, los ayudantes de máquinas, los contramayorales y los fornalleros eran los preferidos: re­cibían como aguinaldo desde una onza hasta un doblón. Las paridas, las enfermeras, las viejas inútiles que cuidaban y cria­ban a los criollitos tenían también preeminencia y recibían ma­yor cantidad que las otras esclavas empleadas en el campo. El resto de la dotación recibía de aguinaldo uno o dos pesos en plata.

Terminada la distribución del dinero, se les daba el día a los negros, que inmediatamente corrían al barracón, sacaban sus atronantes tambores y bailaban su tango delante de la casa de vivienda, vitoreando en sus cantos a cada uno de los miembros de la familia del amo. Despedíales éste cuando el ruido le molestaba, y retirados los esclavos en su barracón continuaba el tango y baile (3) durante el resto del día y de la noche, después de celebrar su cena, cuyos elementos se proporcionaban ellos mismos con las crías y siembras de sus co­nucos.

Cuanto a los amos, celebraban también la Nochebuena en la casa de vivienda, acompañados a la mesa por el cura o el médico del pueblo o el capitán del partido, y terminada la cena, bien se organizaba una timba entre los concurrentes ma­yores de edad, o bien salían todos a caballo a visitar las sitie­rías o tejares anexos al ingenio, gozando allí del espectáculo que también se ha perdido ya en las costumbres cubanas: el guateque de los guajiros.

Tal era el aspecto genuino de la fiesta de Navidad en la antigua sociedad cubana. Desde el año de 1850 a la fecha ha sufrido distintas modificaciones.

Derribadas las murallas y organizado un buen cuerpo de policía, permitióse a los negros el pasear por las calles agru­pados en cabildos y al son de sus tambores y músicas. Prosti­tuyeron esa concesión los ñáñigos criollos, que señalaban cada Nochebuena con riñas y asesinatos. Prohibióse la salida de estos juegos o comparsas perturbadoras; pero los ñáñigos or­ganizaron claves, disfrazando su música, y comparsas de mun­deles que burlaban la prohibición gubernativa, porque no lle­vaban los trajes de aquéllos y pasaban como rumbas o mayombes inofensivos. Pero vino la guerra. En los primeros años se impidió toda clase de aglomeración de gente; decayó la costumbre sustituida por otras, y los pocos antiguos morado­res que permanecieron en la Habana durante el sangriento período, pudieron observar cómo a los cabildos africanos su­cedió el carro de sidra con gaita y tamboril; cómo se reunían alrededor del pedestal vacío desde el 68 hasta el 75, en el parque de la Habana, multitud regocijada de astures y galle­gos entonando los ixuxús y los cantos de su país, y cómo a la cena criolla se mezclaban manjares de todas procedencias nacionales y extranjeras. Así la Nochebuena actual en Cuba es ni más ni menos que la de cualquier nación civilizada, con una agravante universal: aquí enviamos ya de regalo a los amigos en los alrededores de Pascua tarjetas de Christmas, como los ingleses y yankees; poissons de Paques, como los franceses; cocas y monas, como los catalanes y mallorquines; torres de huevos, como los belgas… En las casas de la clase media se pone la mesa como para un banquete, y resulta cursi el plato de frijoles; en las tertulias de los ricos se da el beso debajo del muérdago como en la antigua Germania, y en la moderna metrópoli neoyorquina y hasta en los hogares de los antiguos esclavos —hoy ciudadanos cultos— se levanta el árbol de Na­vidad sostenido por un “Noel” intruso, importado de las ma­nufacturas de Europa, para borrar y hacer desaparecer nues­tras tradiciones y costumbres.

¡Ah!… En vano buscará el criollo del año 1894 algo que le recuerde el aspecto de un zaguán habanero en noche de Navidad treinta años atrás. Los amos, de tertulia en el estra­do; la mesa, dispuesta en la saleta del fondo esperando la ho­ra de la cena; y los criados, agrupados en la puerta de la calle escuchando distraídos los ecos de la sala, y puestas sus almas en sus oídos para apurar la salvaje armonía de una marímbula que toca con discreto temor el viejo esclavo cale­sero, fumando su cachimba de barro y medio dormido sobre el quicio de piedra de la portada!…

(1) Bocinas hechas con el caracol nombrado cobo.

(3) Los negros criollos nacidos en el ingenio bautizaron ese baile congo, herencia de sus padres, con el nombre de yuca.

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