Carta a su esposa (4 may. 1931)

Sujum-Gulprich, 4 de mayo de 1931.

Ásela amada:

Recibí —vía Nueva York-Moscú—, enviadas por U. la carta del Chico de 4 de abril y la tuya del 8. Se refieren ambas a mi  permanencia en la URSS ¡acaso por cinco años!, según supone el Chico. Es decir, el Partido me ha nombrado su representante en LI. K. y por tanto estoy obligado a quedarme en Moscú, más o menos indefinidamente.

Por supuesto —según una carta reciente tuya—, por ahora me sería imposible regresar a Cuba; así es, que aun sin el  nombramiento acaso hubiera permanecido aquí. Tú sabes que mi deseo era acercarme a Cuba lo más posible para estar en  posibilidad de introducirme en ella así que se creyera oportuno o realizable. Ahora hay por el medio una decisión del C.C. que de hecho significa una orden de quedarme aquí, sin tiempo definido. Yo sé que es cierto lo que el Chico me dice, en cuanto a nuestro abandono y a la necesidad de un defensor, de un reclamante, de un «propagandista » aquí. Naturalmente que nada objeto al  acuerdo del Partido, aunque mantengo y mantendré la opinión de que inmediatamente que haya posibilidades políticas debo regresar a Cuba.

Quiero hablarte en cuanto a tu carta: tu carta escrita en un mal momento, en un momento de ira? según me dices. En ella, es  verdad, te rebelas contra la suerte, contra las circunstancias, pero en una forma en que tu rebeldía me alcanza a mí mismo. Me han dolido tus frases: «¿Es que toda mi vida es estar a tu lado? ¿O por lo menos vivir contemplándote? » ¡Pobrecita mía! ¡Qué estado de ánimo revelan esas palabras! Tú abominas ya del propio amor que me tienes! Es natural. ¡Cuánto te ha hecho sufrir ese cariño! Y eres joven, llena de vida, linda y atractiva; y el médico dice que debes tener un niño… y el marido está tan lejos. ¿Crees que no comprendo la tragedia de tu soledad, de tu soledad física y moral? Y el dilema que tienes enfrente: quieres reunirte conmigo, pero sabes cuántas cosas desagradables significa eso. «No sé en fin qué haré», así me escribes. ¡Mía de mi corazón! Lo que mi compañía pueda darte no vale la mitad de los sacrificios que tendrás que realizar para lograrlo. Yo sé esto muy bien: «Toda tu vida no es estar a mi lado o vivir contemplándome»; yo respondo a lo que tú te preguntas: Yo no merezco tus sacrificios; te lo digo con la más profunda sinceridad: ¡no quiero forzarte a venir! Me desespera pensar lo que sufres por mí, por mi causa, por mi culpa; me  angustia esto tanto, que a veces pienso que sería bueno me dejaras de querer. «¡Qué perra vida!», como dices tú.

RUBÉN

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