Carta a su esposa (5 sep. 1930)

Moscú  5 sep. 1930

Chelusquita mía:

¡Todavía esta carta en mi poder y creciendo todos los días! Pero, aunque los he encargado, no me traen sellos. Aún permanezco en el cuarto del hotel, sin haber salido, desde el día 27. Aunque leo, sin embargo estoy muy aburrido y muy triste. Me siento solo y me veo tan lejos de la lucha, tan imposibilitado de volver a ella, tan enfermo, que a veces sufro ratos de verdadera desesperación. Me acongoja y enfurece pensar que acaso he venido aquí para  morirme en un sanatorio, a millares de kilómetros del sitio en que mi muerte pudiera servir de algo. Tú dirás que me pongo funesto y hasta ridículo, pero pienso en tantos casos que aunque no  terminan, están años y años vegetando en los sanatorios, sin mejorar, sin empeorar, viviendo una vida inútil. ¡Y yo no quiero eso, Chela! ¡Yo no quiero morirme poco a poco, vivir al margen de  la lucha, como un testigo baldado! ¡No y no!

Sin ninguna pose, con toda sinceridad te digo que prefiero la bala del esbirro. Es, inclusive, una cuestión de egoísmo. Chelusquita: ¡si vieras cuánto influye en uno la soledad para sentimentalizarlo! Tú probablemente no tienes muchos ratos sola, pero yo paso aquí horas solo e inactivo. Y en esas horas me asaltan los recuerdos en masa; con «nuestros» recuerdos, los detalles mínimos de nuestro amor, mezclados muchas veces con los recuerdos de la lucha —ya que nuestra vida toda está tan ligada a ella. Son los recuerdos de los ratos —bien pocos— de felicidad que hemos disfrutado juntos, y los muchos de angustia y sufrimientos. ¡Tú siempre a mi lado! Tú combatiendo mi escepticismo y mi tendencia al dolor en nuestro noviazgo. Tú yendo día a día a verme a la quinta, a  llevarme comida, café, azúcar; esperanza. Tú, luego, cada vez más íntimamente mi compañera, mi auxiliar en el trabajo, mi estímulo, mi suavizadora. Tú junto conmigo, sacrificando conscientemente nuestro ideal de amantes: el hijo. Y nuestro nido, formado con tanto esfuerzo, tan sencillo y lindo, con todo en orden, con tanto escondrijo, tanto documento oculto, tantas juntas, tantas visitas de compañeros, nuestra queridacueva, que se nos hizo aún más querida cuando ya no fue sólo nido, sino cuartel general,  «propiedad» de todos. ¡Cuántas cosas, cuántos detalles me vienen a la mente! ¿Te acuerdas la última noche que pasamos juntos en nuestra casita del Vedado, con la cama cambiada de lugar? ¿Y de la noche en casa de Gustavo?37 ¿Y de nuestros regresos a casa, muy tarde, después de las juntas o las veladas? ¡Cuánta lástima, Chelusca, me da pensar en ti, que te sentirás seguramente necesitada de mí, de mi compañía, a pesar de las molestias que ella te daba. Chela: ahora cuando pienso algo u ocurre algo no tengo con quién comentarlo, y extraño mucho tus cantos, los  innumerables cantos que tú sabes para aplicar uno a cada cosa. ¿A quién se los cantarás ahora?

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