Carta a su esposa (11 Oct. 1930)

Sujum, 11 de octubre de 1930.

Chela querida:

Hoy he llegado al sanatorio situado en las proximidades de la  ciudad cuyo nombre está en la fecha. El día 6 salí de Moscú acompañado del joven médico de que te hablé. Él no es miembro del Partido, pero es un simpatizante completamente nuestro, tiene sólo veinticuatro años, pero es un hombre serio, a pesar de ser muy simpático y extremadamente bondadoso y atento. El  Profintern me pagó el viaje en un vagón especial de primera, que está hecho por compartimentos para dos o para cuatro. Es lo más lujoso y cómodo que he visto en trenes, a pesar de que he viajado en primera de los ferrocarriles de Estados Unidos. El viaje en ferrocarril duró todo el día del 6, del 7, y llegamos el 8 a las once de la mañana a una ciudad que se llama Sochi Es una ciudad chica, y en ella todo es muy malo. Las comidas, infames; las camas, dificilísimas de encontrar (siempre están llegando ahí  viajeros de paso que paran un día o dos), y además con chinches:  en fin, allí en la estación esperé cuidando las maletas a que mi  compañero fuera a sacar tickets para unos ómnibus que son los que dan el viaje a Sujum, sitio en que está el sanatorio. Pero no había billetes para los ómnibus de ese día ni del siguiente: todos estaban vendidos. Tuvimos que buscar un albergue en Sochi. De casualidad y ayudados por el hecho de que mi compañero estuvo hace dos años allí y conoce la ciudad  pudimos encontrar  alojamiento, malo y caro, pero alojamiento en fin. Pasamos en  Sochi el resto del día 8, bajo lluvia casi continua, y el día 9, en que Boris (mi acompañante) compró tickets para un ómnibus del día 10. Tuvo que levantarse a las tres de la mañana, y ya había una cola de gente delante de la oficina —aún cerrada— donde expendían los tickets. La mañana del 10, ayer, fue buena en Sochi. Fuimos del alojamiento hasta el lugar de salida de los ómnibus para Sujum a las ocho, y a las nueve salimos en un autobús, a dar el viaje más bello que he dado nunca. ¡Cómo me acuerdo de ti!  pero al propio tiempo es un viaje emocionante. La carretera, muy bien pavimentada, aunque algo estrecha, va trepando y bajando por los montes, bordeando derriscaderos y precipicios: el viaje completo es de trescientos kilómetros, y durante la mitad, al  menos, las curvas violentas se suceden de cada cincuenta a ochenta metros. Esas curvas —que están casi siempre al borde del abismo— son tan cerradas que la mejor manera de doblarlas es haciendo patinar el carro sobre las ruedas traseras; y esto es lo que hacen los chauferes de aquí, que son maravillosos maestros, artistas del timón. ¡Qué paisajes! El mar, los montes, los valles,  todo el campo verde magnífico; y el propio camino, con sus mil  recodos, sus sorpresas: pesadas y lentas carretas de bueyes —diferentes a las nuestras— o autobuses que cruzan, o peatones vestidos con los trajes típicos. En fin, algo espléndido… pero demasiado largo: salimos a las nueve de Sochi, y con tres paradas de media hora en el camino, llegamos a Sujum a las cuatro y media de la tarde. Allí tuvimos que hospedarnos nuevamente, pero en una casa especial que sólo alberga a los enfermos que van para sanatorios; comimos en la propia casa, una comida muy buena. Dormimos en camas limpias y buenas y al día siguiente a las diez de la mañana, en un ómnibus del sanatorio nos trasladaron a donde estoy. Un médico auxiliado por Boris —que sirvió de traductor— me bizo una hoja clínica muy buena y se interesó mucho por mí. Aquí todo ha variado, los médicos saben y atienden. Hasta cerca de las dos estuve en los trámites y las preguntas, etcétera. A las dos fui a almorzar y a esa hora se fue Boris, que va a descansar un mes en un sanatorio de Sochi: fue  imposible conseguir un puesto aquí para él hacer su descanso. (Él trabaja en Moscú —no te asustes— haciendo autopsias en el necrocomio. ¡De modo que mi compañero de viaje era un especialista en cadáveres!) Debo decirte, antes de dar mis impresiones del sanatorio, que en los últimos días de Moscú me fortalecí algo: me atreví a tomar algunas yemas con vino, pude tomar más leche y el intestino se arregló bastante. El día 6 a las diez quedaron en irme a buscar en automóvil para ir a la estación. Casi siempre a esa hora es que venía Cuca (la compañera de Ramírez) a traerme el desayuno. Junco me convenció de que bajara a casa de los Ramírez para tomar allí un desayuno de café con leche con pan y mantequilla y huevo. Los Ramírez viven en un hotel frente a donde yo estaba. Así lo hice: muy abrigado atravesé la calle: estaba cayendo ese día sobre Moscú la primera leve nevada de este invierno. Mientras preparaban rápidamente el  desayuno, Stuner —que llegó en ese momento— me convenció para que me afeitara y trajo de su cuarto su aparato, su brocha y su jabón: me tumbé la perillita en formación que me estaba dando aspecto de poeta muerto de hambre del siglo XVI. Quedé con una enorme melena. En Sochi, al fin, me tumbaron ese pelo y me tumbé yo el bigote que me quedó en Moscú sin afeitar. (¿Te acuerdas? Mi último pelado fue con Moisés en los bajos de la Colonia Cooperativa.) Durante el viaje comí muy mal: para el ferrocarril se debe llevar comida desde Moscú, pues el ferrocarril a Sochi no tiene vagón comedor y sólo dan en el vagón de primera la bebida «nacional» rusa: el té. En las estaciones es muy difícil —casi imposible— comprar nada. Pues bien: por un último descuido de la Sección Latinoamericana del Profintern (aunque últimamente se ocupó de mí) no me dieron comida para llevar en el tren: afortunadamente la madre de mi acompañante le preparó comida abundante y los dos comimos de sus cosas: panecitos rellenos (hechos por la madre), un panqué con pasas, chocolate, galleticas y unos dulces. Ésa fue nuestra comida hasta llegar a  Sochi. El tiempo que estuvimos en ésta apenas comimos, por ser muy mala la comida. Supongo que es por eso que tengo un apetito tremendo. Últimamente en Moscú no comía carne; pues bien, en el viaje de Sochi a Sujum, en una de las paradas frente a un restaurant de un pueblecito, encontramos allí un solo plato, pero muy bueno: y era ají relleno. Lo comí con miedo; al llegar a Sujum, en el comedor del albergue especial para enfermos del  Sanatorio —por ser ya muy tarde— sólo quedaba un plato de carne de carnero, que estaba exquisito. Aquí, en fin, he comido carne dos veces y no me siento mal. Estoy más bien ligeramenté estreñido.  hasta ahora todo va bien. Ahora —nueve de la noche— voy a acostarme, y mañana te seguiré esta carta que quiero enviarte enseguida.

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