Llueve, llueve…, de Rubén Martínez Villena

LLUEVE, LLUEVE…   LAS NUBES, implacables, abren sus cataratas sobre la ciudad, y las calles son ríos invadeables, y nuestra bella Habana, de cielo siempre azul y luminoso, parece alguna fosca urbe norteña, y las caras habitualmente alegres de los transeúntes denotan esta tristeza íntima, honda, propia de los lugares en que llueve siempre de este modo y como decía el poeta, como en las calles llueve en las almas…

Llueve, llueve… Parece que nos vamos a ahogar de tanta agua como nos cae encima y, sin embargo, en las casas no hay agua para el baño, no hay agua para las más elementales necesidades higiénicas, no hay agua siquiera para beber, porque la administración del acueducto de Vento tiene que quitarla horas y horas, días enteros en la mayor parte de los barrios, porque no se puede meter en la taza del río Almendares, que viene llena de fango.

Habaneros, ¿sabéis por qué sucede esto, sabéis lo que vuestra sed y vuestra obligada suciedad significa? Pues significa unas cuantas de las suntuosas propiedades de que el alcalde Cuesta disfruta.

Esto sucede porque el Ayuntamiento está obligado a dedicar a mejoras del acueducto todo lo que recauda por derechos de plumas de agua, y ese dinero se lo cogen el Alcalde y sus amigos. El Ayuntamiento ha consignado en dos presupuestos sucesivos medio millón de pesos en cada uno para el mismo fin. Pero ese millón de pesos se lo han cogido el Alcalde y sus amigos, justificándolos con el establecimiento del servicio de agua en algunos repartos donde, en efecto, han pagado esa instalación los propietarios del mismo.

Y el pueblo soporta esto y lo toleran las autoridades judiciales, en vez de mandar a ese alcalde a presidio. Ese alcalde no está acostumbrado a tratar más que a gentuza despreciable, es decir, de su calaña. Por eso trata así al pueblo. Por eso trata así a la ciudad, como a una amante esclava, que tuviera que soportar todas sus groserías, todas sus concupiscencias y todas sus infamias.

El Heraldo, 20 de octubre de 1924

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