Carta a su esposa (27 may. 1924)

Tampa, 27 de mayo de 1924

Mi amor único:

Hoy, martes, es cuando vuelvo a escribirte. Los miércoles sale vapor para allá, y deseo que en el vapor vaya esta carta.

¡Si supieras! ¡ Cuán solo, cuán inmensamente solo me siento! Tus cartas son mi única grata compañía. Tengo en mi poder tres; la última de fecha 23 (la recibí ayer), en la que me mandas los versos de Nervo. La tengo aquí, conmigo, y la tengo además escrita en el alma en dolorosos trazos. ¡Qué día el de ayer! ¡Cuánto disgusto hondo! ¡Cuánta desesperación impotente! Recibí cuatro cartas de La Habana y las cuatro me han hecho sufrir horriblemente. Dos de mis hermanas, desesperadas, pensando —yo no sé quién se lo ha dicho, aunque supongo algunas exageraciones del padre de José Antonio—’ que yo he sufrido lo indecible en la cárcel, hasta el extremo de pasar hambre. ¡Figúrate lo acongojadas que me escriben! Después tu carta, mía de mi corazón, tu carta dolorosísima.

¿Es posible que yo sea amado a tal extremo? Yo que siempre he querido hacer el bien, y me ha dolido hasta odiarme el mal que pudiera causar a los que me eran indiferentes u hostiles, ¿es posible que yo mismo ocasione tanto daño al ser que más quiero? Este pensamiento me desespera. Sí, sufres por mí, dulcísima, y yo estoy tan lejos, sin poderte dar el consuelo que yo represento, acaso para ti sola en el mundo. No es tu fatalidad, como tú crees: es la mía la que te persigue y lacera. Antes de que tú me dijeras: «Yo soy una mujer fatal», te había advertido lo erróneo que era buscar felicidad en mi persona y en mi vida. ¿No recuerdas aquellos temores míos porque nos llegáramos a amar? ¿No te dije una vez: «Antes que todo, yo soy un hombre honrado»?  Honradamente, yo no te podía ofrecer mi vida, ni mi tiempo, ni mi persona; ni siquiera mi pensamiento íntegro.

Bien sabes que no lo hice nunca. Por el contrario, en los breves instantes de inocente dicha que gozamos juntos, a veces amargué tu alma de mujer confiada con mis augurios de torturado. Y más de una vez te dije, aunque sabía entristecerte: «Nunca me debiste amar. Nunca debí amarte.» ¿Recuerdas, mía de mi corazón? Ves, ahora, cuánta razón tenía en preocuparme siempre por el porvenir, sin gustar plenamente aquel dulce presente que hoy es nuestro pasado? ¡Bien sé que hubiera podido vivirlo con menos cuidado y más placer para ambos: pero si no hubiera ocurrido todo como ocurrió, no podría repetirte hoy, seguro de que me crees: «Ásela, antes que todo, yo soy un hombre honrado.» Sin embargo, aquellos dolores necesarios que te produje a veces con frases que parecían extemporáneas y bruscas, ¡cómo me duelen hoy! Acaso no debí prepararte para el golpe que podía venir y ha venido… ¡Dime, dime tú, si obré mal; porque ya no me parece mal más que lo que te hago sufrir, y no sé en qué caso fuera tu sufrimiento mayor! ¿Y es posible que creas que aquí te puedo olvidar, entregado a una  yanquee? ¿Es posible, mía? Para mí  no existen mujeres en este país, ni en ningún otro. Sólo hay mujeres en mi tierra, en Cuba, y entre todas ésas, una sola; la que me quiere, la que yo amo, la  que se casó conmigo una mañana azul…

¡La cuarta carta…! La cuarta carta me destrozó el alma, si me quedaba alma. Era de mi padre. ¿Por qué decía las cosas que decía? ¿El cariño encolerizado por el peligro que ha corrido el objeto querido, puede llegar a herir al extremo que me hirió mi padre? A él, como a ti, le había dicho que no regresaría a Cuba por ahora; y entre otras causas le decía que no habiendo a mi  juicio terminado— ni comenzado siquiera— la revolución, aguardaba órdenes para tomar una resolución cualquiera. Antes que nada me debo a la causa, por la cual no olvido que he jurado morir, si es necesario. Pues bien, la carta se refiere al espanto que le había producido esa noticia mía, y entonces, para hacerme desistir de esa idea, o sólo para dar salida a su sentimiento, hace una censura injusta y cruel de la actitud y los propósitos nuestros para la lucha, criticando sin conocerlo —porque nadie en realidad lo sabe de veras— el plan que íbamos a llevar a la práctica. Y como parece que en La Habana los periódicos han dicho lo que han querido o lo que han creído ver en los movimientos preparatorios de por aquí, tacha el plan de imbécil y loco, afirmando que nosotros «intentábamos para destruir un gobierno inicuo, realizar una matanza de mujeres y niños indefensos». Tanto se ha hablado respecto al plan aéreo, que no me extraña que haya quien crea que nosotros íbamos a bombardear de noche —así han dicho— una población inocente, desprevenida e indefensa. Pero que mi padre me crea a mí capaz del asesinato cobarde, atribuyéndonos el «intento de una matanza de mujeres y niños», eso me ha parecido tan absurdo, tan intolerable y tan insultante, que le he escrito en contestación a su carta, dando el mentís más rotundo a quien le haya afirmado tal cosa, y diciéndole  lo que creí pertinente, a tal extremo que me creo muy próximo a una definitiva ruptura con él.

Ya supondrás, mía, cómo está mi alma. No puedo ni siquiera decir que es tuya. No puede ser tuya una cosa tan miserable, tan despedazada y tan triste…

Solo en un país extraño, donde mi profesión no me sirve para nada, sin conocer lo suficiente el idioma para probar a ganarme la vida con la vocación natural de mi espíritu, derrotado antes de luchar, disgustado con mi padre, que aunque me quiere mucho me juzga un criminal frustrado e inconsciente, a quien un idealismo falso lleva a la cárcel o a la muerte o al delito; cortada la retirada a mi Patria por las persecuciones de allá y por la rebeldía de mi propia dignidad; sin la esperanza de reconquistar a Cuba, que ya juzgo para siempre en manos de los bribones cínicos o del extranjero taimado, mi vida es ya una cosa tan perfectamente inútil, que sólo tu amor puede ver en ella algo utilizable…

Añade a esto todo el dolor que tu amor, que nuestro amor, tiene en sí, aumentado con todas esas mismas circunstancias tremendas, y tendrás un pálido reflejo de lo que pasa por mí.

No sé cómo ni cuándo reaccionaré. No sé de dónde voy a sacar fuerzas para decidirme y para actuar; no sé cuál será mi camino en el futuro: vivo, respiro y me debato en una atmósfera de incertidumbre mortal y sombría. Solamente tú (entre el cariño quedan fieles, y las posibilidades que… siempre en el porvenir)2 eres un sol que me conforta y atrae. ¡Quiéreme y cuídate! No te angusties mucho por lo que te digo, pues las cosas pueden variar mañana, o puedo variar yo… Toda mi vida es hoy una conjura para obligarme a atropellar mi dignidad o mi deber. ¿Será necesario para tu felicidad y para la mía, que me deje vencer definitivamente por la vida? ¿No tendré fuerzas yo para vencerla, o para hacer compatibles mi obligación, mi honor y nuestra dicha? ¡Oh, sí! (¡Todo será uno en el mañana!)

Y nosotros también.

Tu Bob3

 

 

 

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