La Quinta de Santovenia

Por: Luis Bay Sevilla
En: Costumbres cubanas del pasado. Diario de La Marina (7 febrero 1946)

La magnífica quinta levantada por el segundo conde de Santovenia en la Calzada del Cerro esquina a la de Patria, fue erigida en los finales del primer tercio del siglo XIX, emplazando el edificio donde se alojaría la familia al centro de una gran parcela de terreno, estando la casa, por consiguiente, suficientemente alejada de la calle y precedida de una amplia avenida, flanqueada de frondosos árboles. La casa estaba rodeada por sus costados y fondo de bellísimos jardines enriquecían dos magníficas fuentes, artísticas figuras de mármol y distintos jarrones de terracota.

En esta señorial residencia, y en otras de aquella barriada, se reproducen con fidelidad las órdenes, molduras y ornamentos arquitectónicos de la antigüedad clásica, manifestándose algunas veces el costo italiano y en otras el francés.

Esta residencia, en si misma enriquecida con los más bellos mármoles, ricas maderas y artísticos estucos, este vero Trianón, según frase feliz del profesor Joaquín Weis, fue durante muchos años el “rendez vous” obligado de la aristocracia habanera y escenario de las más suntuosas recepciones. Estas señoriales mansiones del Cerro, de las cuales el palacete de Santovenia es tan relevante ejemplar, según opinión del propio Weis, representan un tipo muy cultivado después, en otros barrios suburbanos, particularmente el Vedado, y todavía hoy, con su lógica y comoda distribución, su amplitud y sus anchurosos patios y soportales, aparecen como la resultante natural de nuestro clima y de nuestras costumbres.

 

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La planta de esta amplia casona ofrece la forma de una L y tiene en su frente o fachada principal un amplio portal. En su composición arquitectónica se advierten detalles marcadamente italianos, viéndose en el pretil que remata la fachada unos lindos jarrones de mayólica de los que, por desgracia, quedan allí pocos.

El edificio fue emplazado en una superficie de terreno de una caballería, teniendo en su frente y costados bellísimos jardines e infinidad de árboles frutales y de sombra.

La sala es amplísima, pues mide unos 16.00 metros de largo, por 6.00 de ancho, existiendo todavía una magnífica división de madera, ricamente ornamentada, que dividía esta pieza de la capilla privada de la familia tanto el piso de la sala, como los de los restantes locales del inmueble, son de mármol blanco de Carrara, con adornos e incrustaciones de mármol de variados colores.

Detrás de la sala y de los cuartos dormitorios, puede verse una amplia galería de persianas a la española, que constituyen las tres restantes fachadas, dando todas a los jardines. En el centro del patio principal, existe todavía un gran algibe, y, sobre él, una terraza que tiene pisos de mármol blanco, con una amplia y bella escalinata de este material que permite a a los jardines. La terraza estaba decorada con valiosas esculturas en mármoles estatuarios, algunas de las cuales eran bellísimas Venus. Estas figuras fueron destruidas por las religiosas que ocuparon el edificio al quedar allí instalado el Asilo de Ancianos “Susana Benítez“, que da amoroso alojamiento, de acuerdo con el legado que lo instituyó, a los viejos pobres que carecen de hogar.

Existían también en esta bella terraza diversos objetos de arte, tales como jarrones de mármol con artísticos pedestales, algunos de los cuales todavía pueden verse en aquel lugar. Había además leones de mármol y otras figuras artísticas. La terraza estaba cubierta con una valiosa pérgola de hierro forjado, ricamente decorada.

El estilo de los jardines embellecían aquella señorial residencia, tanto por las figuras de mármol que los decoraban, como por su disposición y trazado, era evidentemente italiano. En una de las avenidas del jardín de esta casa existía un interesante grupo escultórico en mármol, representando a una perra de San Bernardo con su cachorro, dándole calor y vida a una niña muere helada por haberse caído entre los ventisqueros de los montes suizos. Aunque este grupo, que fue tallado por el escultor italiano Antonio Lazzerini, no es una obra maestra por su ejecución, resulta muy decorativo por su simbolismo y por la acertada “pose” de las figuras que lo integran.

En el centro de la terraza existe el pozo, que tiene un brocal formado por una sola pieza de mármol, pudiendo decirse, sin temor a caer en exageraciones, que es el más bello ejemplar que existe en La Habana. En uno de sus costados se ve todavía el escudo nobiliario de los Santovenia.

En esta magnífica terraza ofrecieron los condes de Santovenia una gran fiesta en honor del gran duque Alejo de Rusia, que nos visitó en el mes de marzo de 1872. También ofrecieron allí estos nobles cubanos otra gran fiesta en honor de Luis Felipe de Orleans, que después fue tercer rey de Francia.

Entrando en el jardín, hacia el lado derecho, existió un gran estanque o lago artificial, por donde circulaban pequeñas góndolas. Todo estaba revestido con ricos mármoles y también podría allí admirarse algunas estatuas de mármol de gran valor artístico. El puente existe todavía y tiene la misma valiosa reja que tanto lo embellecía. Del estanque sólo queda un enorme agujero, en estado ruinoso, que ni con mucho de la menor idea de lo que fuera a que el bellísimo lugar del palacete.

Los techos del edificio son de madera y se conservan todavía en buen estado, estando formado por tirantes de cedro. Los cielos-rasos son también de madera tallada, encontrándose algunos en buen estado de conservación por lo que, viéndolos, puede apreciarse la riqueza ornamental que poseía aquella gran casa. Las ventanas son en su mayoría de hierro fundido. Las barandas, más sencillas, las forman planchuelas con artísticos floreos. La carpintería de las puertas y ventanas es también valiosa, viéndose en algunos huecos bellísimos medios puntos, con cristales de variados colores, muy semejantes a los que hemos visto en las grandes residencias coloniales de Trinidad.

Esta señorial casa, la ocupó durante algún tiempo la familia del segundo conde de Santovenia, quien la cedió luego al señor Manuel Arredondo, conde de Vallellano, que estaba casado con la señora Lutgarda Valdés y Díaz Albertini, prima hermana del eminente médico doctor Antonio Díaz Albertini. Fueron hijos de este matrimonio, Manuel y Lutgarda, a quien se conocía cariñosamente por el nombre de “La Niña“.

 

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Eugenio Sánchez de Fuentes, al comentar en un interesante trabajo las bellezas de esta gran residencia, dice, con sincera emoción lo siguiente:

Al final de una hermosa avenida sembrada de corpulentos y frondosos árboles, cuyos añosos ramajes se cruzaban, semejando un túnel de verdura, se alzaba este amplio y ventilado palacete que lo formaban dos cuerpos, separados por amplios jardines, su fachada mide más de cuarenta metros de largo, con la gran sala, sus galerías y colgadizos, con pisos de mármol de color negro y blanco, la escalinata de entrada, también de mármol, en forma de abanico, sus puertas y ventanas de reluciente caoba, y, por último, las estatuas y jarrones que embellecían sus jardines, despertaban la admiración de cuantos visitaban aquella gran residencia, construida con toda seguridad a fines del año 1833“.

En esta mansión se ofreció en el año 1841 una gran fiesta de carácter social, que al ser descrita por el “Diario de la Habana” por una magnífica pluma, se dijo que la suntuosidad de aquella casa era deslumbradora, no sólo por la belleza de su arquitectura, si que también por la riqueza en obras de arte que atesoraba entre sus muros. El extenso y valioso enrejado de hierro que circundaba el jardín, en que se veían coronas de conde en bronce repujado y lanzas doradas, los lindos juegos de agua de las fuentes que embellecían sus jardines, el hermoso lago que surcaban frágiles barquichuelos, y la belleza incomparable de las plantas que se cultivaban en los jardines, donde además existía un extenso parque inglés, eran magníficos exponentes del confort con que vivían sus afortunados propietarios.

A la muerte del segundo conde de Santovenia, don Nicolás Martínez de Campos y González del Alamo, en esta propiedad pasó a poder de su sobrino el doctor José María Martínez de Campos y de la Vega, que fue el tercer conde de Santovenia, quien casó con la señora Elena Martín de Medina y Molina, encantadora dama cubana que era muy admirada por su extraordinaria belleza.

Se cuenta que encontrándose ella, en una ocasión, cerca de la casa de vivienda de la finca donde residía con sus padres, en el pueblo de Ceiba Mocha, acertó a cruzar por allí el acaudalado hacendado matancero, propietario de seis ingenios azucareros, don Juan de la Cruz Van-der-Putter, que era viudo tres veces, quien, al verla, se prendó de tal modo de sus encantos, que a los pocos meses contraían ambos matrimonio. A los pocos años de casados, murió don Juan, y entonces Elena contrajo segundas nupcias con el conde de Santovenia, quien falleció poco después de su matrimonio. Como la hermosura de Elena no había declinado, se enamoró perdidamente de ella el general Domingo Dulce y Garay, marqués de Castell-Florit, con quien contrajo terceras nupcias. Al ser relevado Dulce del cargo de capitán general de la Isla de Cuba, retornó con Elena a España, donde años después fallecieron los dos.

Elena, en su último matrimonio, tuvo los siguientes hijos:

María de las Mercedes, que casó con el conde de San Antonio, primogénito del duque de la Torre, matrimonio este que provocó un formidable escándalo del que fue absolutamente responsable el joven Serrano. Anulado este matrimonio por la Santa Sede, casó ella en segundas nupcias con el señor J. Lecourt.

Los padres del conde de San Antonio fueron la señora Antonia Domínguez Borrell, una bellísima trinitaria, fabulosamente rica, prima hermana de su marido, don Francisco Serrano, duque de la Torre, que era capitán general de esta Isla. El escándalo alcanzó tales proporciones por la alta posición social y oficial del duque padre, que acababa de ser Regente de España y a la sazón era Embajador de su país en Francia.

Una hermana del joven Serrano casó con don Fernando Díaz de Mendoza, entonces diplomático español, Grande de España, conde de Valasote y marqués de Fontanalls, que después, ya viudo, fue el famoso actor que todos vimos, casado con doña María Guerrero, la más grande actriz que ha habido nunca en lengua castellana.

Díaz de Mendoza se inició como actor en el teatrico en su palacio de Madrid poseían los duques de la Torre, y en el cual representaban jóvenes de la grandeza de España.

Serafina la segunda de las hijas de Elena y el general Dulce, casó dos veces, la primera con el señor Juan Crisóstomo Peñalver y Montalvo, primogénito de los condes de Peñalver. En segundas nupcias casó con el primer marqués de Casa Montalvo.

El viejo conde de Peñalver fue muerto de una puñalada al salir de la Catedral de La Habana, después de oír la misa de las once de la mañana, cuando se dirigía a su palacete situado en la esquina de Empedrado y San Ignacio, frente a la propia Catedral. Se cuenta que el asesino fue un joven que, según dijo, quiso vengar de ese modo la afrenta inferida a su hermana por uno de los hijos del Conde.

 

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La Duquesa de la Torre publicó sus Memorias, breves años antes de morir, titulándolas “Recuerdos de la Mariscala de la Torre“, y escribiéndolas en el idioma francés. Estas Memorias no tienen interés alguno.

La Quinta de Santovenia, con la de Fernandina, constituyeron en su tiempo lo que pudiéramos llamar el siglo de oro de la nobleza cubana, pues ambas eran lugares obligados de cinta para todo alarde señorial. Allí se ofreció en el año 1860 una gran fiesta en honor del duque de la Torre, entonces capitán general de esta Isla, donde se hizo un verdadero derroche de distinción, riqueza y hermosura.

 

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El día 27 febrero de 1872 tomó el puerto de La Habana la escuadrilla rusa que acompañaba al príncipe Alejo Alejandrovitch, y tercero del emperador de Rusia Alejandro II y de María Feodorwina de Hesse. El príncipe, según los cronistas de la época, contaba al visitarnos 22 años de edad, y era de elevada estatura, de fisonomía agradable y simpática, de barba y cabellos rubios, de maneras muy distinguidas, modesto en su trato y de conversación tan amena como agradable.

Al llegar a La Habana se le declaró huésped de honor del Ayuntamiento de la capital, preparándosele un rey alojamiento en la Quinta de Santovenia, donde tuvo servicio, mesa y carruajes a su disposición, siéndole constante guardia de honor una compañía de Infantería de Marina con bandera y música. El Ayuntamiento le obsequió también con un gran baile en los salones del Palacio del Capitán General, y, además, con una función de gala en el Teatro de Tacón. El Capitán General le ofreció un gran banquete y la Marina Nacional un regio baile a bordo de la fragata española “Gerona“, que se hallaba anclada en el puerto. Esta gran fiesta, celebrada en la noche del 6 de marzo, aparece reseñada en el Diario de La Marina correspondiente al jueves 7 o sea al siguiente día. El gran duque Alejo, que vestía uniforme de teniente de navío de la Armada rusa, bailó el rigodón de honor con la señora de Soler y Espalter, esposa del presidente del tribunal Supremo de Justicia.

A la una de la madrugada, el príncipe Alejo ofreció su brazo a la señora Rita Duquesne de del Valle, dirigiéndose con ella al salón de la Cámara del comandante de la “Gerona“, donde se había dispuesto el “buffet“, siguiéndole el capitán general dándole el brazo a la señora condesa de Jibacoa y demás invitados.

El príncipe permaneció en el baile hasta cerca de las cuatro de la mañana, y se le vio en muchas ocasiones circular por entre la concurrencia dando el brazo a una dama o señorita, admirado de la belleza y elegancia de las mujeres cubanas, que él, gentilmente, calificó como las más bellas que había visto en sus visitas a las distintas capitales europeas y americanas.

El príncipe Alejo se alojó todo el tiempo que estuvo en La Habana en la residencia de los condes de Santovenia, abandonándola el día 10 marzo, en las primeras horas de la tarde al zarpar la fragata “Swetana” de la rada habanera.

El gran duque Alejo, al dejar La Habana, se dirigió al puerto de Matanzas, hospedándose en la señorial quinta de don Félix González Torres, situada en las alturas de Simpson. Esta magnífica quinta de recreo es, a nuestro juicio, una de las mejores residencias cubanas. Su estilo arquitectónico recuerda el de las villas italianas, con bellísimos jardines, conservándose todavía en magnífico estado.

Al gran duque le fue ofrecida durante su estancia en aquella ciudad una gran fiesta en la magnífica quinta Nuestra Señora del Carmen, situada en la Cumbre, que es una de las más pintorescas vistas de Matanzas, de la que eran propietarios la señora Isabel de Ximeno, estaba casada con don Manuel de Mahy y León, sobrino del capitán general de la Isla don Nicolás Mahy.

Isabel era abuela de nuestro compañero el ameno redactor de las “Matanzeras” de este Diario, señor Manuel Jarquín y Mahy.

La quinta pasó, años después, hacer de la propiedad de la familia Castañer, y fue quemada cuando la última Guerra de Independencia.

El gobernador civil de matanzas, general Juan Burriel, pidió a don Francisco Jimeno su quitrín para que el príncipe, desde la quinta de don Félix González Torres, actualmente conocida por la Quinta de Wilson, donde se hospedaba, fuese a las cuevas de Bellamar.

El señor Jimeno era un famoso naturalista matancero que logró formar un gran museo de Historia Natural, en el que se formó el sabio cubano don Carlos de la Torre y Huerta, también matancero, que fue además el mejor de los alumnos de don Felipe Poey.

También el señor Jimeno facilitó al gobernador Burriel algunos muebles, xxxmando las restantes parejas, el comandante general del Apostadero brigadier Suanoes, que bailó con la señora Herrera de Romano; el ayo del principe, con la señora Cárdenas de Pavio; el comandante de la fragata rusa “Svetlana“, con la señora Ines Goyri, marquesa de Balboa, y el comandante de la fragata “Gerona“, señor Méndez Casaiego, con la señorita Angelina de la Cantera.

 

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Al morir en España la señora Susana Benitez de Parejo, que ya habia fundado el Colegio El Santo Angel, situado en Teniente Rey y San Ignacio, frente a la Plaza Vieja, dejó en su testamento más de cien mil pesos en oro, para la “Congregación de los Ancianos Desamparados“, designando como albacea al doctor Antonio González de Mendoza, prestigiosa figura del foro cubano, que era entonces presidente del Tribunal Supremo de Justicia de Cuba. Y el doctor González de Mendoza, puesto de acuerdo con esa comunidad religiosa, adquirió en 18×6, por la reducida cantidad de treinta y cuatro mil pesos, el edificio y todo el terreno donde se encuentra este emplazado, procediéndose inmediatamente a realizar las obras de adaptación fueron necesarias hasta dejar funcionando este establecimiento de caridad, que es, indudablemente, una de las instituciones benéficas mejor atendidas que existen en esta capital.

Susana Benítez y Pérez Abreu, nativa de la ciudad de Bejucal, fue en dama noble de la Banda María Luisa y casó dos veces, la primera con el acaudalado cubano don Antonio González Larrinaga y Benítez. En segundas nupcias casó con el coronel de Caballería Antonio Parejo y Cafiero.

Un hermano de Susana, nombrado Antonio, nativo también de Bejucal, casó con doña María de los Angeles de la Cantera, teniendo los siguientes hijos:

Susana, que casó en la Catedral de Sevilla con don Nicolás de Cárdenas y Chappotin, ministro de Cuba en Lima, quienes fueron padres de Susanita, que casó con el señor Pedro Arango, y Nicolás, coronel del Ejército Libertador, que contrajo nupcias con la señorita “Nena” Ariosa y Gaytán.

María Josefa, que casó con el señor Andrés Carrillo de Albornoz.

María de los Angeles, que casó dos veces la primera con el famoso pintor cubano don Guillermo Collazo, y al morir éste, contrajo segundas nupcias con su cuñado don Tomás Collazo, general del Ejército Libertador y ministro de Cuba en Francia.

Antonio, el más joven de los hermanos, casó en Madrid con doña Joaquina Martínez de Medinilla, siendo favorecido por el Rey de España en el año 18xx con el título de Marqués de Santa Susana, en consideración a sus méritos y, principalmente, por los servicios prestados por su tía doña Susana Benítez de Parejo.

Posteriormente, allá por el año 1915, el acaudalado hacendado don Pedro Laborde y Martínto, al vender ventajosamente los ingenios “Julia” y “Jobe” a la Sugar Cane Co. donó al Asilo la cantidad de veinticinco mil pesos, para que se construyera un pabellón, cuyas obras fueron ejecutadas bajo la dirección del arquitecto don Leonardo Morales.

 

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La casa solariega que los condes de Santovenia poseía en La Habana vieja, está situada en la calle de Baratillo No. 1, junto al Templete, frente a la Plaza de Armas.

 

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Hemos oído decir muchas veces que los ricachos cubanos no tienen por costumbre dejar al morir parte de la fortuna que poseen para mejorar la vida de estas instituciones o para crear otras nuevas, bien de carácter benéfico o cultural. Y nosotros, pensando en la serie de cosas que han realizado algunos de nuestros paisanos, creemos que acaso no les falte razón, ya que gran parte de ese dinero sirve, en ocasiones, para cosas muy ajenas al propósito que animó a la persona donante.

Hace pocos años, falleció en esta capital aquel batallador periodista que se nombró don Antonio San Miguel, hombre que conocía profundamente nuestras cosas porque tomó parte activísima en la política del país. Y este hombre, que no tenía herederos y que poseía una fortuna de algunos hacen ascender a casi un millón de pesos, dejó todo su capital a quien había sido siempre su leal servidor, temeroso, según la afirmación de algunos de sus íntimos, de que la cantidad que pudiera dejar para obras benéficas fuera objeto de “maniobras” y sirviera para alimentar a los buitres, que están siempre, ojo avizor, para caer sobre el dinero ajeno y esfumarlo en su propio beneficio.

Nosotros no aprobamos lo hecho por don Antonio San Miguel por varias razones, entre otras, porque creemos que todavía quedan en Cuba algunos hombres de la talla moral de don Antonio González de Mendoza, que actuando como albaceas, hubieran podido dar al legado que dejara San Miguel la misma inversión honesta y decente debió González de Mendoza al dinero que testará la noble dama cubana Susana Benítez para los viejos pobres de su país.

 

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