Carta al aviador de El Principito

Por Enrique Pérez Díaz

Querido Antoine:

Volvemos a tener tu libro entre las manos: El Principito. Somos un país que sueña, con mucha gente que hace de la lectura un sueño más. Como tú, creemos en la magia de lo incierto y también sucumbimos a las certezas de lo inevitable. Dices bien, aviador, cuando uno está muy triste le gusta ver las puestas de sol… y todos nosotros, alguna vez, muchas veces, hemos visto ponerse el sol ¡cuarenta y tres veces!

La Editorial Gente Nueva trae tu libro otra vez. Una historia inmortal, la de un aviador perdido en el desierto del Sahara, muerto de sed pero lleno de esperanza. Un aviador que sueña universos y lleva correos de paz y amor en tiempos de guerra, como mismo hicieras en tu corta, pero bien aprovechada existencia.

Querido escritor, nos enseñaste que “todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Y eso es algo lamentable, porque en la niñez uno es feliz o al menos debería serlo. Para que así sucediera, tú fuiste correo de guerra, volaste en un endeble avión los cielos del mundo en un tiempo de nazis, que como inmensos baobabs amenazaban destruir el universo. No dedicaste este libro a un niño, sino justamente a un amigo, León Werth, o mejor, a su infancia, a la de este pobre judío preso de los fascistas.

Pese a haber escrito muchos libros, de los cuales es justamente El Principito el más trascendente, también tuviste una rosa. Se llamaba Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña y era una genuina artista salvadoreña. Fue un amor difícil, pues quizás tu rosa se sentía preterida mientras viajabas o escribías. Pocas mujeres pueden entender cuando un escritor vive en matrimonio con la literatura, esa dama engañosa y absorbente, seductora y dominante, que nos roba mucho tiempo. “Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante”. Pero quizás consiguió domesticarte, como tu Principito hizo con la zorra.

Y eso hizo contigo el misterioso y elusivo niño del desierto.

Consiguió domesticarte. Le quisiste y le lloraste como a un milagro. ¿Acaso no es un milagro que un aviador náufrago en una noche estrellada se encuentre en el Sahara a un niño con cabellos de trigo, ojos de estrellas y una sonrisa llena de enigmas cual la de una esfinge?

El Principito te contó muchas historias. Hizo que vieras la vida diferente. Te demostró lo esencial. Pues hay cosas aparentes y cosas esenciales en el mundo. Lo importante es conocerlas todas y optar por las que uno precisa.

Él había hecho un largo recorrido planetario hasta llegar junto a ti. Quizás estabas en su destino o él en el tuyo. Quizás ambos deberían crecer al conocerse mutuamente. Quizás, de no estar tu amigo León prisionero nunca hubieras escrito tu historia. Quizás alguna vez este amigo te domesticó. Como tú a nosotros. “Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer”, escribiste una vez y la amistad es el mayor entre todos los misterios.

El Principito decía que “Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos”. Por eso él hizo un viaje tan raro por el espacio sideral. Desde su asteroide B-612 donde competían por tan minúsculo espacio la rosa, la zorra, los baobabs y una oveja, inició ese peregrinar que le permitió conocer al rey, el orgulloso, el bebedor, el hombre de negocios, el farolero, el geógrafo, la serpiente, la flor del desierto, el campo de rosas, el eco de las montañas, la zorra, el guardagujas, el mercader.

De alguna manera todos eran infelices porque sus vidas no estaban completas. Apenas se enteraban de ello pero así era en verdad. Quizás la zorra tenía más certezas que los otros y por eso le dijo a tu Principito:

“Tú no eres para mí más que un jovencito parecido a otros cien mil jovencitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que una zorra parecida a otras cien mil zorras. Pero si me domesticas, nos necesitaremos mutuamente. Serás para mí único en el mundo. Y yo también seré para ti única en el mundo…”

Esa zorra nos ha enseñado a todos que los hombres han obviado una gran verdad que no debemos olvidar. Uno “es responsable para siempre de lo que domestica”. Puede ser una rosa, quizás sea un cordero, un gran amigo, una zorra, un principito. O un planeta entero. Lleno de cien mil millones de personas. La sonrisa que nazca en un rinconcito del planeta se multiplicará en su extremo más lejano. Más también el llanto.

Todos hemos tenido un principito en nuestras vidas, aunque muy pocos lo recordemos. Quizás no tenía cabellos dorados. Ni era frágil y quebradizo como un sueño. Tal vez siquiera fuese un niño. Pero esos principitos suelen llegar a nosotros, en el momento preciso, para enseñarnos enormes verdades. Son verdades simples, pero están ocultas. No somos capaces de descubrirlas por sencillas que fueran. Él te dijo que “Lo que hace bello al desierto es que en algún lugar esconde un pozo”. Te ayudó a encontrarlo y su agua “era dulce como una fiesta. Esta agua era mucho más que un alimento. Había nacido de nuestra marcha bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era buena para el corazón como una dádiva”.

Eso ha sido tu libro para miles de lectores, amigo querido, una dádiva, un don, un regalo al corazón. Una hermosa historia sobre la eternidad y el desapego, sobre lo efímero y lo inmortal. Sobre el ego y el yo. Sobre las verdades aparentes y las que trascienden.

Me pregunto si, como bien dices en tu historia, las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya. Todos buscamos la estrella, lejana, infinita, desconocida, donde tú y el pequeño ángel del desierto que te devolvió la esperanza, se encuentran. Vivimos en tu mismo mundo, lleno de pilotos, aviones modernos que sobrevuelan el espacio, mandatarios que ya ni alcanzan a contar tanto dinero y astrónomos que perdieron la esperanza de hallar otros derroteros misteriosos. Pues como afirmó la serpiente: “También se está solo entre los hombres”. Y en la tierra existen cada vez menos niños y muchas personas mayores.

El principito te demostró que “esas personas quizás no entiendan que “Las estrellas no significan lo mismo para todo el mundo. Para unos, que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que pequeñas luces. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas callan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido…”

Cuando ya se despedían, él te dijo, poco antes de regresar a su asteroide: “—Cuando mires el cielo, de noche, al pensar que en una de esas estrellas estoy yo riendo, te parecerá como si todas las estrellas rieran. ¡Tú, tú tendrás estrellas que saben reír!”

La vida es un gran misterio, querido Antoine. Igual que la literatura. Cuando vive, el ser humano nunca sabe por quién ama y espera. El amor es una fuerza que mueve el mundo. También el odio. La guerra. La venta de armas que matan inocentes. No entendemos la muerte porque significa olvido, adiós, desesperanza. Cuando no es natural la vemos injusta, desmedida.

“Parecerá que me he muerto y no será verdad…”, te dijo el principito.  “Este es un gran misterio”, escribiste tú. “Para ustedes, que aman también al principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual si en algún lugar, no se sabe dónde, una oveja que no conocemos se ha comido una rosa…”

Por eso, querido amigo, nadie será igual en el mundo luego de leer tu libro. Y en esta islita lejana, por la que quizás nunca pasaste en tus altos vuelos nocturnos, aun confiamos en los pozos del desierto y en el reír de una estrella. Parecería que has muerto, pero mientras un niño (o un niño de 60 años como yo) vuelva a enternecerse con tu personaje entrañable, te veremos con tu fiel escudero de sueños en algún desierto perdido del firmamento. Y poco importará si viene la serpiente. La vida es un tránsito. Lleno de páginas como un libro abierto. Las rosas marchitan y vuelven a nacer convertidas en rosas diferentes. No todas las zorras cazan ovejas. Tampoco algunas ovejas devoran una rosa. También mueren los baobabs cuando estallan sus planetas. Pero la infancia y el amor pueden ser eternos, como los buenos libros, como esos autores inmortales que, iguales a ti, nos sonríen desde una estrella.

Con aprecio sincero,

Enrique Pérez Díaz

Tomado de: Cubaliteraria.

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