La Semana Santa habanera en el siglo XIX

Por: Luis Bay Sevilla
En: Diario de La Marina (2 abril 1947)

Eran originales e interesantes las costumbres que a mediados del siglo XIX prevalecían en esta Isla, y especialmente en La Habana, durante la Semana Santa. En aquellos lejanos días, la Cuaresma se guardaba muy estrictamente por los católicos, principalmente la Semana Mayor, concurriendo los habaneros a los oficios que se ofrecían en los templos, actos que revestían gran esplendor y solemnidad, guardando todos esos días, con verdadero recogimiento, sin estimarlos como de fiesta, pues el jueves y viernes eran entonces considerados como días sagrados.

En estos días se paralizaban los negocios, el comercio cerraba sus puertas y cesaba el tránsito rodado, yendo cada cual a pie, para cumplir de ese modo como buenos católicos. Muchos en esos días vestían de negro, y era raro encontrar por las calles una persona de la clase media o rica, mujer u hombre, de llevar a un traje de colores chillones o llamativos, formándose mal concepto de quiénes dejarán de cumplir esta práctica.

El servicio de coches, guaguas y tranvías se paralizaba a las diez de la mañana del jueves, y solamente se aceptaba la salida de los primeros en casos de enfermedad o muerte de alguna persona. No se aceptaban tampoco jinetes por las calles, y los que salían en esa forma o dirigiendo un vehículo, que eran generalmente los lecheros, colocaban en las patas de las bestias una especie de zapatones de goma o cuero para apagar el ruido de las cerraduras sobre el pavimento. Las locomotoras circulaban sin que se escuchara el estridente sonido de sus sirenas. La matanza de reses estaba prohibida en estos dos días, y tampoco funcionaban las carnicerías, ni aún para vender carne sacrificada días anteriores.

Solamente se sacrificaban reses para los hospitales y para personas enfermas. En cambio, las pescaderías funcionaban sin interrupción y las panaderías y dulcerías expendían al público distintas variedades de pasteles hechos a base de harina de trigo y pescado, costumbre esta última que aún se mantiene entre nosotros con verdadero entusiasmo. Los vendedores ambulantes no pregonaban sus mercancías por las calles, y solamente recorrían la ciudad los vendedores de alcorzas, que eran unos dulces hechos con clara de huevo y azúcar blanca, que tenían la forma bien de relojes, marugas, cestos, escaleras, patios, campanillas, etc., de colores variados y que sólo se confeccionaban durante laSemana Santa. Estos vendedores llevaban una matraca que hacían sonar repetidas veces y almesurado pregón de “Alcorza, alcorza, el que no la come, no lo goza“, recorrían la ciudad con pequeños tableros o canastas, vendiendo las principalmente a la chiquellería y también a muchos adultos. Todo era silencio y recogimiento durante estos dos días, de verdadero duelo para los católicos de entonces, por conmemorarse la fecha de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

El Gobernador y Capitán General de la Isla, su Estado Mayor, los altos jefes del Ejército y la Marina y las autoridades civiles, tenían obligatoriamente que asistir estos dos días a los santos oficios que se celebraban en la Catedral de La Habana, templo que durante el Jueves ostentaba ornamentos morados y de color negro el Viernes Santo. Durante las primeras horas de la tarde del Jueves, todos los feligreses visitaban a pie las catorce iglesias que entonces existían en esta capital, en conmemoración de las catorce estaciones que recorrió Jesús en su camino hasta el Calvario. No se usaba durante el Jueves y Viernes de la Semana Santa agua bendita en las fuentes de las iglesias, apareciendo de nuevo en ellas el Sábado de Gloria, después de las diez de la mañana.

No se escuchaba durante esos días en toda la ciudad una sola nota musical alegre, percibiéndose solamente en los templos el sonido lúgubre de la matraca, que sonaba durante los oficios a voluntad del sacerdote, rompiendo el solemne silencio de las
iglesias. En algunos parques y plazas sólo se ofrecían conciertos sacros.
En el presbiterio de la Santa Iglesia Catedral, y a la subida de la escalinata, se colocaba un crucifijo mediano, y junto a él, una bandeja de plata en la que echaban sus limosnas los feligreses, siendo obligatorio para los altos funcionarios civiles y militares del Gobierno besar el crucifijo estando de rodillas, y dejar una moneda de oro en la bandeja. En todas las puertas de la catedral se situaban pequeñas
mesas, que eran servidas por señoras y señoritas de la mejor sociedad, que recibían las limosnas de losfeligreses.

Durante la tarde del Jueves, se celebraba la ceremonia del lavatorio, que es un rito católico que siguen cumpliendo rigurosamente todas las iglesias cristianas del mundo. Cuenta una tradición que hemos oído en la ciudad de Santa María del Rosario, que en un día de Jueves Santo uno de los Condes de Casa Bayona se prestó a realizar en señal de humildad esta ceremonia, lavándole, al efecto, los pies a doce de sus esclavos. En horas de la noche del Jueves, se celebraba la procesión de la Dolorosa, atendida por San Juan Bautista, llevados en hombros de los fieles a través de las calles del pueblo.

La procesión del Viernes Santo siempre estuvo presidida, en la época de la Colonia, por el Capitán General de la Isla, que iba siempre en compañía de su Estado Mayor y de las principales autoridades civiles y militares. En esta procesión figuraba la imagen de Jesús Crucificado, siguiéndole los seminaristas, cinco de los cuales portaban los emblemas de la Crucifixión: la corona de espinas, el martillo, los clavos, la escalera y la esponja, marchando tras de ellos el Cabildo Catedral y el curato de la Diócesis de La Habana, que vestían indumentarias con ornamentos de difuntos, entonando los cánticos funerales de la Iglesia. En estas procesiones marchaban también algunas bandas militares, vistiendo uniformes de gala, durante su recorrido más de cuatro horas.

En las fachadas de algunas casas aparecían banderas, algunas con crespones negros, aunque generalmente las colgaduras que se usaban en balcones y ventanas eran de color rojo. Al paso de la procesión, las damas arrojaban flores sobre la urna en que reposaba el cuerpo del Señor, y en aceras, calles y balcones, se veía una gran multitud de personas que venía de los pueblos del interior a presenciar esta procesión, que llegó a cobrar gran fama, permaneciendo los hombres con la cabeza descubierta, en señal de respeto, al paso de la procesión. Durante la prima noche del Viernes, se ofrecían conciertos sacros en la Plaza de Armas y en algunos parques de la capital, atendidos por damas y caballeros de la mejor sociedad.

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En la época presente, y desde hace tres años, esta procesión del Viernes Santo se celebra en Santa María del Rosario de manera original y solemne, por la iniciativa de su actual párroco R.P. Raúl Martínez, permitiendo la topografía del terreno en el acto logre revestir gran lucimiento, por la circunstancia de existir a la salida del pueblo una amplia loma donde existe desde hace más de cien años una gran cruz
de madera, colocada allí por uno de los descendientes de don José Bayona y Chacón, primer conde de Casa Bayona, fundador, en el año 1732, de ese pueblo y de su Iglesia, templo este que conserva dentro de sus naves los altares churriguerescos más ricos que existen en Cuba y también una gran cantidad de cuadros al óleo, debidos al pincel magnífico de José Nicolás de la Escalera, el primero de nuestros pintores, de tan valiosas obras de carácter religioso, que constituían su especialidad, nos ha legado.

En la cruz que existe en la loma de este nombre, que hace recordar el aspecto que posiblemente tuvo el Monte Calvario, se coloca una imagen de Jesús Crucificado, con los brazos extendidos y sujetos a ella con clavos y con los pies también clavados a la cruz, colocándose luego en dos cruces, a derecha e izquierda de Jesús, las de los dos ladrones, completándose el conjunto con las imágenes de la Virgen María y de San Juan Bautista y la Magdalena. Allí junto a esta cruz, se celebra una ceremonia religiosa que consiste en un sermón, al final del cual se lleva a cabo el acto del Descendimiento, colocándose después el cuerpo de Jesús en una urna, iniciándose entonces la ceremonia del Santo Entierro, que parte de la cima de la loma, hasta la iglesia, donde queda depositado el cuerpo de Jesús, que esentonces adorado por los fieles, existiendo la vieja y tradicional costumbre de tocar los feligreses la imagen de Cristo, anillos, rosarios, medallas, etc.

Hasta hace tres años, esta ceremonia se celebraba dentro de la Iglesia, concurriendo siempre gran cantidad de personas, que ha ido en aumento desde que la ceremonia se hace en la Loma de la Cruz, ya que a más del pueblo, asisten muchas personas de La Habana y de los pueblos cercanos. La ceremonia del Via Crucis, se celebra en esta Iglesia en la tarde del Domingo de Ramos llevando en procesión por
las calles la imagen de Jesús Nazareno, acto que fue instituido por el propio párroco desde hace cuatro años.

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Otra población de la provincia de La Habana, donde estas ceremonias revisten gran solemnidad, es en Santiago de Las Vegas. La procesión del Vía Crucis se lleva allí a cabo en la tarde del miércoles partiendo a las seis de la Iglesia y recorriendo las principales calles del pueblo para regresar sobre las ocho de la noche. El viernes, en horas de la tarde, se celebra allí la procesión del Santo Entierro, ofreciéndose de 11 a 12 de la noche el Sermón de la Soledad y la procesión de la Soledad, figurando en
ella la Virgen María y San Juan Bautista, recorriendo algunas calles del pueblo. El Domingo de Resurrección, de 6 a 7 de la mañana, se lleva a cabo la tradicional procesión de Jesús Resucitado y el Encuentro de la Virgen Dolorosa y el Apóstol San Juan, celebrándose en la propia Iglesia, a la entrada de la procesión, una misa cantada por el coro parroquial y las Hermanas Salesianas. Y, como en la noche del sábado se celebran en este pueblo numerosos bailes, que son allí tradicionales, todos los concurrentes acuden a las seis de la mañana del Domingo a la Iglesia y forman parte de la procesión, que reviste siempre gran esplendor, porque acuden a ella, además, infinidad de fieles de la capital y de todos los pueblos de la provincia.

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Volviendo a los primeros años del siglo XIX diremos que la quietud religiosa de los días de Semana Santa quedaba rota por la aleluya en la mañana del Sábado de Gloria, al ser lanzadas al vuelo las campanas de las iglesias y escucharse en la población el estampido de los cañonazos haciendo salvas y las explosiones de morteros, voladores y fuegos artificiales, conmemorándose de este modo el suicidio de Judas Iscariote por ahorcamiento después de entregar a su Salvador por 30 monedas de plata. El tráfico rodado se iniciaba en aquel momento otra vez y La Habana recobraba de nuevo su habitual movimiento comercial e industrial. Algunos mozalbetes y no pocos adultos, acostumbraban a amarrar en los rabos de los perros callejeros latas vacías, para que al huir, asustados, hicieran ruido con la lata sobre el pavimento.

El Domingo de Resurrección presenciaban los habaneros una procesión a la que principalmente concurrían niños vestidos con trajes apropiados, interpretando distintas figuras de la religión católica: Jesús, la Virgen María, el niño Jesús, San Juan Bautista, etc., a los que seguía el clero católico con ricas vestimentas adornadas con oro y plata. Los balcones y ventanas se veían ocupados por señoras y
señoritas que vestían sus trajes de verano, iniciándose, entonces la temporada.

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En los últimos años de la dominación española y durante la Guerra de Independencia, fueron suspendidas las procesiones de Semana Santa por el gobernador general don Valeriano Weyler, de muy desagradable recordación para los cubanos. Este gobernador español no era muy amante de las tradiciones religiosas ni mucho menos católico respetuoso, pues llegó hasta obligar a las monjitas del Convento de Santa Clara que dedicaran parte de su edificio a Hospital Militar. En el año 1896 y en plena Semana Santa, firmó la sentencia de muerte en garrote vil de un cubano de apellido Alemán que fue acusado de insurrecto y condenado a la última pena, cumpliéndose la sentencia a pesar de las gestiones que se hicieron para que no se llevara a cabo en tan solemnes días del cristianismo.

Dos ilustres prelados cubanos y elocuentes predicadores, los padres Miguel Santos, y Arteaga, de Camagüey, fueron deportados por Weyler en el propio año 1896 por simpatizar con la causa de los cubanos.

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Como dato elocuente de lo que fueron entre nosotros las ceremonias de Semana Santa, haremos referencia de una carta que hemos tenido en nuestras manos, que dirigió a su hija Alicia el cónsul de Su Majestad Británica en La Habana, Míster Jack Crawford, en ocasión de encontrarse en Sevilla en el año1877 y presenciar una de las grandiosas procesiones que allí se llevan a efecto en estos días del año.

Las procesiones que he visto aquí en Sevilla – dice a su hija, en una carta familiar, el señor Crawford –son esplendorosas, pero las de La Habana las creo más lúcidas y ruidosas, por las bandas de música que les imprimen un atractivo singular. Es verdad que aquí existen las hermandades, y los “pasos” y figuras son más vistosos, pero a mí me agrada más las procesiones de La Habana“.

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Era costumbre de las damas cubanas, en aquellos lejanos días, lucir el Jueves Santo la clásica mantilla española con una distinción característica para diferenciar el Jueves del Viernes Santo, Wells en el primero de esos días llevaban en el busto o en la cabeza flores naturales, y en el Viernes Santo no llevaban flores.

Como una típica costumbre popular, muy arraigada entonces en el alma del pueblo, en la mañana del Sábado de Gloria se llevaba a cabo la quema o ahorcamiento de Judas, que se hacía simbólicamente quemando un muñeco en una plaza pública. Este muñeco por ser de paja, era de muy difícil combustión, y el regocijo de la gente era mayor cuando comenzaban a estallar los cohetes y bombitas que previamente les habían colocado en distintos lugares del interior del mismo.

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Era en aquella fecha una costumbre muy corriente, que inmediatamente después de Semana Santa y a los efectos de que pudieran cumplir con el precepto pascual de la comunión, llevarla a los domicilios delos enfermos imposibilitados de concurrir a los templos, a cuyo efecto, los domingos, después de la MisaMayor, se organizaba una procesión que era semejante a la del Viático, pero no se llevaba a losmoribundos, sino a aquéllos que su estado de salud no ofrecían peligro de muerte. A esta ceremonia se le llamaba de “la Majestad en público“.

Las ceremonias de Semana Santa revestían y continúan revistiendo en la ciudad de Trinidad unesplendor extraordinario, y eran muchas las familias habaneras que se trasladaban a ese lugar yconcurrían a estos actos religiosos, invitadas por las que habitualmente residían entonces allí y que eran,entre otras más, las de Iznaga, Justo Germán, Cantero, José Mariano Borrell, Marqués de Guáimaro, Bécquer, Conde Brunet…

El fanatismo religioso de la época era tal, que la alta nobleza cubana usaba para sus comidas una vajilla especial en los días de Semana Santa. De este tipo de vajilla es la sopera en porcelana blanca, con plato, y orlada con dibujos en colores de tonos lila y oro, que perteneció a uno de los ascendientes del actual Marqués de Aguas Claras.

 

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