La vida habanera en 1760 por Arrate

Por: José Félix de Arrate
En: Llave del Nueva Mundo (1760)

El traje usual de los hombres y de las mujeres en esta ciudad es el mismo, sin diferencia, que el que se estila y usa en los más celebrados de España de donde se le introducen y comunican inmediatamente las nuevas modas con el frecuente tráfico de los castellanos en este puerto.

De modo que apenas es visto el nuevo ropaje, cuando ya es imitado en la especialidad del corte, en el buen gusto del color y en la nobleza del género, no escaseándose para el vestuario los lienzos y encajes más finos, las guarniciones y galones más ricos, los tisúes y telas de más precio, ni los tejidos de seda de obra mas primorosa y de tintes más delicados. Y no sólo se toca este costoso esmero en el ornado exterior de las personas, sí también en la compostura interior de las casas, en donde proporcionalmente son las alhajas y muebles muy exquisitos, pudiendo decirse sin ponderación que en cuanto al porte y esplendor de los vecinos, no iguala a la Habana, México, ni Lima, sin embargo de la riqueza y profusión de ambas Cortes, pues en ellas, con el embozo permitido, se ahorra y se oscurece en parte la ostentación, pompa y gala; pero acá siempre es igual y permanente, aun en los individuos de menor clase y conveniencia, porque el aseo y atavío del caballero o rico excita o mueve al plebeyo oficial a la imitación y tal vez a la competencia.

Esta poca moderación en los primeros y exceso notable en los segundos es causa de atrasarse aquellos en sus caudales, y que no se adelanten éstos en sus conveniencias, pues por lo general todo lo que sobre de los gastos precisos para la mantención o sustento corporal se consume en el Fausto y delicadeza del vestuario, y en lo brillante y primoroso de las calesas, de que es crecido el número y crecido uso, y en otros destinos de ostentación y gusto, de suerte que no conformándose muchas veces el recibo con la data, o la entrada con la salida, resulta el que queden al cabo del año empeñados; lo que se hace constante por el poco o ningún dinero que, a excepción de muy señaladas casas, se suele encontrar en la de los vecinos más acomodados, al mismo tiempo que se hacen notorias sus deudas o créditos.

Supongo como tan cierto este punto, que aunque no concurriese la expresada razón, es asentado que no permiten las circunstancias del país la adquisición y conservación de mucha riqueza, porque siendo tan excesivamente mayor la porción de los géneros que se necesitan comprar que el producto de los frutos que se logran vender, es consiguiente el que siempre les quede muy poca o ninguna sustancia, porque no sufragan cumplidamente lo que dejan los tabacos, azúcares y corambre, que es lo principal de su comercio, al consumo de las ropas, harinas, caldos, esclavos, cobres y otros efectos precisos para la subsistencia de las personas y de las haciendas; pero no es dudable el que contribuye mucho para el atraso de éstas el desorden notado, así en el fausto y pompa del vestuario como en el primoroso adorno de las casas, de la delicadeza y abundancia de los manjares, licores y dulces en los convites, visitas y funciones públicas, en que se solicita con emulación lo más exquisito y costoso.

 

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