La Loma del Indio o del Ermitaño

Por: Gerardo Castellanos García
En: Relicario histórico, frutos coloniales o de la vieja Guanabacoa

Gozaba antes de popularidad una colina situada en la parte noroeste de la Villa, al final de las calles Soledad, Cerería y Campo Santo, por el camino, hoy carretera, a Cojímar. Una meseta cuyas estribaciones caen a las calles citadas y por el fondo tienen los riachuelos Chipre y Las Lajas. Con valles que lindan con Cojímar y el partido de Buenavista. Estos campos y colinas son de rica vegetación, y en tiempos remotos tenían bosques. La meseta es mirador que domina los contornos. Aires saludables y aguas potables. El circuito que corona la loma es de serpentina.

Esta es la Loma del Indio, que a pesar de haber recibido su nombre por la ocupación india, hace años se llama Loma del Ermitaño. iEs curioso cómo el paso fugaz de un devoto religioso desplazó de modo absoluto el nombre que debía a un legítimo período histórico de la localidad!

Después de la aparición de los españoles en La Habana, y de haberse apoderado de los bienes territoriales de los aborígenes, las autoridades, ante la evidente situación decadente, degenerada más bien, y trashumante de los indios de esta región, se propusieron recoger tanto a los mansos, como a los jíbaros y rebeldes, y concentrarlos en zonas donde ellos pudieran fomentar poblados, cultivar la tierra, establecer industrias y vivir a su manera, a condición de ciertas medidas y enseñanzas cristianas, en primer término la creación de una iglesia con campanas —que mucho gustaban a los indios— y curas doctrineros. Zonas, o reducciones, cual simulados corrales o presidios, donde no hubo jamás propósito de enseñanza, puesto que la fuerza de sujeción y freno era la incultura y el salvajismo de los naturales.

Esta colonia vivió desdeñosa de imitar a la colindante fundación europea, aunque hay vagas noticias de que mantuvo con los blancos intercambios con casabe, tejidos y alfarería.

Esta última era su mejor dedicación. Los escasos indocubanos sedentarios tuvieron el beneficio de misérrima libertad relativa, puesto que disfrutaban de independencia dentro de su zona.

Aunque fué cierto su paso por el lugar, por mucho que se observe el terreno y sus vericuetos, no se advierte el menor indicio de aquellos tiempos ni de ellos. A pesar de que sus albergues no eran duraderos, tuvieron que aprender y valerse de muchos instrumentos y objetos que empleaban sus vecinos, sin faltarles un cementerio o residuario. Parece que no tuvieron compatriotas que escribieran de ellos y su vida.

En la Loma del Indio ha nacido un nutrido caserío con adelantos modernos: luz eléctrica, teléfonos, calles tiradas a cordel, escuelas y comercios varios. Pero es triste que nadie ni aun ancianos vecinos que conocieron el lugar cuando estaba casi deshabitado—  sabe una palabra de la secular y encantadora historia de sus antiguos desdichados pobladores.

Tampoco hay vestigio de la ermita que levantó el gaditano Sebastián Fosati. Es curiosa la biografía de este excéntrico español :.al que por haberse retirado a nacer vida solitaria en una ermita, le dieron el apelativo de ermitaño, con el cual se ha popularizado en la historia de Guanabacoa. Para adorar más recatadamente una imagen de su predilecto mártir San Sebastián, Fosati obtuvo la gracia del Cabildo —según acuerdo de marzo 13 de 1792 y septiembre 30 de 1801-— de una parcela para construir una ermita donde venerar dicha imagen; fábrica que se bendijo en enero 20 de 1802, no sin antes haberla llevado en procesión hasta el Convento de Santo Domingo.

“Era afable y caritativo, y no admitía donativos ni ofrendas que no fuesen para alumbrar la imagen” (según refiere el historiador Núñez de Villavicencio). “Al llegar a esta Villa se domicilió en el barrio de Santo Domingo, a cuyo templo concurría diariamente, de mañana y tarde, repartiendo limosnas a los pobres“. Dícese que nació en Cádiz en 1749, y que después de haber sido comerciante y sufrido algunos contratiempos, con lo que pudo salvar de sus negocios se retiró a vivir en paz y amor religioso. Su muerte violenta, ocurrida el 14 de septiembre de 1814, fué muy sentida entre la grey devota y los hombres buenos que años tras año lo vieron silencioso y caritativo rezando en su ermita o en el Convento de Santo Domingo que era su favorito.

 

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