La Habana de 186… vista por el viajero norteamericano Samuel Hazard

Por: Cristóbal de La Habana
En: Social (enero 1929)

La Casa editora Cultural ha tenido el acierto de publicar en su magnífica Colección de Libros Cubanos, dirigida por Fernando Ortiz, la traducción al español de la interesantísima obra escrita en inglés, Cuba with pen and pencil, por Samuel Hazard, viajero norteamericano, que pasó varios meses en esta Isla, abandonándola poco antes de estallar la guerra del 68, y cuenta en estilo sencillo y ameno sus observaciones e impresiones sobre la vida y costumbres cubanas de aquella época, demostrando simpatía por los cubanos y ofreciéndonos un cuadro lleno de vida y color y en el que, al contrario de lo que suele ocurrir en esta clase de obras, han quedado muy disminuidos los errores y las exageraciones.

Poseemos nosotros la edición inglesa, hecha en Londres en 1873, tercera, pues en 1871, se hicieron dos, la primera en Nueva York y la segunda en Hartford, y ahora hemos querido aprovechar la actualidad que nos ofrece esta traducción española del libro, amorosamente realizada por Adrián del Valle, para ofrecer en estos Recuerdos de Antaño un extracto de las noticias que Hazard da de la Habana y de los habaneros de 186…, ilustrándolo con algunos de los dibujos por él hechos también que figuran en la edición inglesa y han sido reproducidos en la traducción castellana.

Hazard, que había visitado La Habana en su primera juventud, al llegar de nuevo a ella, exclama: “¡Habana! ¿He de olvidar nunca las extrañas y a la vez agradables impresiones que en mi ánimo produjeron sus murallas, cuando, años atrás, en pleno vigor juvenil, al desembarcar en la Aduana, mis pies pisaron por vez primera suelo extranjero?”

El cuadro que ahora se le ofrece, en cuanto tiene de atractivo, interesante, bello y exótico, no difiere para él mucho del que contempló años atrás.

Como viajero que se propone permanecer varios meses en la ciudad, a lo primero que presta atención es a los hoteles. Después de visitarlos casi todos y hospedarse en varios de ellos, encuentra que La Habana “no puede enorgullecerse de tener un hotel de primera clase, tal como nosotros lo entendemos, si bien cuenta con varios, en los cuales, el viajero, si no es extremadamente exigente, puede estar de manera tolerablemente confortable.” Considera el mejor de la ciudad el Hotel Santa Isabel, al estilo americano, del Coronel Lay, en el Palacio del Conde de Santovenia, al lado del Templete. Dice que sus habitaciones son grandes y aereadas, el lenguaje que se usa es el inglés, y es el único que tiene para las señoras servicio de camareras, y la comida es buena. Después del Santa Isabel, cita, como el mejor, cubano, el Hotel Telégrafo, y a continuación, el Hotel Inglaterra, el Hotel Europa, en la Plaza de San Francisco. Recomienda, sin embargo, para los que han de permanecer algún tiempo en la Ciudad, el alquilar un cuarto amueblado en casas de familias o de huéspedes, como el Hotel San Luis,en el paseo del Prado, cerca del Hotel Inglaterra, “excelente”, Aguila de Oro, en San Ignacio y Obispo, Hotel San Felipe, en la calle de Ancha del Norte 78, donde Hazard permaneció “varias semanas muy agradables, deseoso de gozar de los baños de mar, que se hallan al lado de la casa, teniendo la conveniencia de poder salir de la habitación, a primeras horas de la mañana, en zapatillas, en deshabillé y hacer una refrescante y vigorizante zambullida en el venerable océano.”

En cuanto a los restaurantes, le dá el primer lugar al Restaurant Francois, dirigido por un francés, Francois Garcon, en la calle de Cuba 72 entre Obispo y Obrapía, donde “la cuisine y la mesa son inmejorables” y los precios razonables, sirviéndose a la carta o por abonos, $15 por semana o $51 por mes incluyendo el vino corriente o el clarete francés. Son más baratos y no tan buenos, el restaurante del Hotel Inglaterra, Las Tullerías, en Consulado y San Rafael, que con el de Francois, son “los únicos decentes al que pueden concurrir las damas.” Cita, por último, La Noble Habana, famoso por sus camarones y ensaladas hechas con los mismos; y el Crystal Palace. Los precios en los mejores hoteles son de $3 a 5 por cuarto y comidas, incluyendo o no vino; en las pensiones, se pagan de $34 a 50 al mes, con dos comidas.

De los cafés, cita El Louvre, el mayor y mejor de La Habana y lugar admirable “para observar la alta vida social durante la noche”, donde “pueden tomarse helados y granizados tan buenos como en los Estados Unidos”; y La Dominica, en O’Reilly y Mercaderes, lugar muy concurrido, famoso por sus refrescos y dulces, que antes fué punto de cita de damas y caballeros de la sociedad.

De las calles y paseos, dice que las más interesantes para el extranjero son las que se hallan en la parte vieja de la Ciudad: Riela, Obispo, O’Reilly, Mercaderes. “Aún después de semanas de residencia, jamás me cansaba de vagar por estas calles, observando las curiosidades y singularidades de su arquitectura, los títulos chuscos de sus establecimientos y la curiosa y atractiva manera de exponer los artículos ante los ojos del público, no por estar amontonados en los aparadores y escaparates, sino por tener el establecimiento completamente abierto y todo a la vista del que pasa.”

La calle del Obispo era “la más animada de la ciudad y donde se hallan los establecimientos más atrayentes'”, siguiéndole, después, Riela y Mercaderes. Los nombres de establecimientos que más le llamaron la atención, “por lo chuscos”, son: Palo Gordo, León de Oro, Delicias de las Damas, Las Ninfas, el Espejo, La Pequeña Isabel, La Cruz Verde. De los paseos, considera el mejor el de Isabel, “conocido por Prado en la parte que se dirige desde el teatro Tacón hasta el Océano”, notable “por su anchura, su buena construcción, dotado de aceras, y largas hileras de árboles; celebra, así mismo, “la bella” Calzada de Galiano, “la bulliciosa” Calzada del Monte, la Calzada del Cerro, la Calle de Belascoaín, y “el por todos concepto bello paseo conocido con los diferentes nombres de Tacón, Reina y Príncipe”; la Alameda de Paula o Salón de O’Donnell, el Paseo de Roncali, la Calzada de la Reina.

Le llama la atención y choca a Hazard que en La Habana “no hay un lugar especialmente dedicado a las residencias de la buena sociedad, pues al lado mismo de una casa particular, de elegante y limpia apariencia, se vé un sucio establecimiento usado como almacén las personas de la mejor sociedad viven aquí, allí, en todas partes, unas en los altos, otras en los bajos, algunas en almacenes o sobre almacenes y establecimientos”. Además, la apariencia de fortaleza que tienen las casas, con sus gruesos muros, sus sólidas puertas, que “pueden resistir un ariete”, sus ventanas, “enrejadas como las de una cárcel”, le hacen pensar “que en esta extraña vieja ciudad originariamente sus habitantes debían vivir en perennes querellas unos con otros y esperando ser llamados de un momento a otro a resistir una invasión.”

Se asombra también, y además le molesta, la cantidad de iglesias que hay y el insoportable escándalo que arman con los toques de campanas. “Figúrate, ¡oh, lector —dice— a tu pueblo nativo con una iglesia en cada cuadra, cada iglesia con un campanario, o quizás dos o tres, y en cada campanario media docena de grandes campanas, de las cuales dos no suenan igual; coloca las cuerdas de éstas en las manos de algunos hombres frenéticos, que tiran de ellas primero con una mano, luego con la otra y tendrás una débil idea de lo que es un primer despertar en La Habana. En un verdadero desconcierto de sonidos, atruenan en el aire de la mañana, cual si se tratara de una general conflagración, y el infortunado viajero se tira frenéticamente de la cama para inquirir si hay alguna esperanza de salvarse de las llamas que se imagina amenazar ya a toda la ciudad”. Tan es así —agrega—que la respuesta que sobre su primera impresión de la Habana, daría el viajero, al ser interrogado sobre ella, sería:
“¡Campanas, señor; nada más que campanas!”

Como es natural, no demuestra admiración por las iglesias habaneras, desprovistas de interés arquitectónico, de belleza en su decorado interior y de riqueza artística en cuadros, tapices, etc. De la Catedral, lo que más le entusiasma es la tumba de Colón. De La Merced, Santo Angel, San Juan de Dios, San Felipe, San Agustín, Santa Clara, tie¬ne que hablar solamente de sus piedras ennegrecidas, su aspecto vetusto, su pequeñez o el que “nada hay en ella que llame la atención del extranjero”, a no ser algún techo, algún altar, o alguna anécdota o historia milagrosa que le refieren.
Dedica Hazard un capítulo a los mercados, de los que poseía cuatro en aquella época La Habana; el de Cristina, en la Plaza Vieja, y el del Cristo, intramuros; el de la Plaza de Vapor o Tacón y el de Colón, extramuros, considerando que los más dignos .de verse son los de Cristina y Tacón. Existía, además, la Pescadería, al comienzo de la calle de Empedrado.

Como es natural, a Hazard le interesan sobre manera nuestros castillos y fortalezas y a ellos dedica otro de los capítulos de su obra; ocupándose, asimismo, de aquellos edificios públicos que ofrecen alguna peculiaridad o curiosidad al extranjero: El Templete, el Palacio del Capitán General, La Intendencia, la casa de Beneficencia; la Cárcel, el Teatro Tacón; el Correo, que se hallaba al extremo de la calle de Ricla, más arriba de la Machina, teniendo a su frente la Comandancia de Marina, el Arsenal, que ya “aparecía desierto, sin que se efectúe en él ningún trabajo importante”; las Murallas, de las que dice: “todavía existen en parte, en tolerable buen orden, aun cuando ya ofrecen un aspecto de decadencia y están condenadas a desaparecer.

Bastarían algunos certeros cañonazos para reducirlas rápidamente a fragmentos. No son ya de utilidad, pues puede decirse que están ahora en el corazón de la ciudad y de nada servirían en el caso de un fuerte ataque, excepto, como un dernier resort para un pequeño número de hombres. Con todo, todavía se monta guardia en algunas puertas y los cañones adornan sus bocas por las almenas cubiertas de hierba. Los fosos, con el tiempo, han ido llenándose de toda clase de estructuras y en ciertos lugares se ven cubiertos de huertas.”

Aunque en aquella época no existían ya todas las antiguas murallas, dice Hazard, “todavía se oye la expresión tan usual y familiar, de intramuros y extramuros”, augurando que “cuando se complete la mejora de ocupar el lugar de las Murallas con nuevos edificios, esta parte de la Ciudad progresará mucho, y ofrecerá La Habana mejor perspectiva.”

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