Desde el 11 de febrero en la Casa Alejandro de Humboldt (Oficina del Historiador) se exhibe la muestra «El alba de Elba», de la artista autodidacta Elba Irene Hernández. Se trata de un grupo de dibujos, en los cuales el «color se torna parco, delicado, seguro y suficiente».
Esta décima exposición personal de Elba Irene es, de algún modo, el resumen de una primera fase de su trayectoria y el comienzo de una nueva etapa. Concurren aquí piezas que pudieran considerarse representativas en su producción artística.

 Cada paso de Elba Irene a lo largo de su trayectoria le ha servido para alcanzar la perfección en el dibujo; como si la Academia estuviera en sus propias manos. Su Academia ha sido una invención propia; ha sido su extraordinaria sensibilidad; ha sido su innata aptitud para captar en líneas las esencias de la vida.
Elba Irene es una autodidacta incontaminada que ha asumido el reto de superarse a sí misma a cada paso, una y otra vez. En esta oportunidad la nueva alborada es evidencia de una superación cualitativa: la asunción del color. Esto parecía impensable en sus obras iniciales, dada la maestría que había alcanzado –desde sus primeras trabajos– en la elaboración de texturas sobre la base del blanco y del negro, en sorprendente variedad de figuraciones y ornamentos abstractos. Su obra, cual Palas Atenea, ya había nacido adulta, no había en ella el titubeo propio de los principiantes y no parecía dejar espacio para otra experimentación aventurada.
Cuando conocimos aquel primer alba de Elba irrumpiendo en las artes plásticas habaneras, lo sentimos como un desgajamiento digno de aquel importantísimo Movimiento de Pintores y Dibujantes de Las Villas liderado por Samuel Feijóo, allá por los años sesenta (del pasado siglo). Pero luego de haber participado en ocho exposiciones colectivas y después de habernos ofrecido nueve muestras personales, se verifica el milagro de esta nueva alborada.
Y son Elba y su obra en el centro de una eclosión de color excepcionalmente equilibrada. Nada de desenfrenos en la consecución de la nueva aventura. De nuevo se nos revela una artista madura que no admite las exploraciones gratuitas ni a ultranza. El color se torna parco, delicado, seguro y suficiente: le bastan unas gotas de pigmento sobre el mar blanco –o acaso pálido, o negro, incluso– del papel para que se despierte de su plano oleaje toda la sutileza cromática que adorna la vida.
Y es que, temáticamente, Elba Irene sigue articulando su discurso a partir de la cotidianeidad y de la autorreferencialidad en virtud de un «yo», siempre entreverado, que mezcla las reminiscencias del pasado con el espíritu del presente. Ese compromiso de su obra con el tiempo que vivencialmente le pertenece la preserva de vacuidades y de folklorismos. Ella elabora un montaje de la realidad  sentida a través de la experiencia personal y adereza su producción con dos elementos que terminan por identificarla: el erotismo y el humor.
El humor y el erotismo están siempre en la balanza, perspicazmente equilibrados, sin permitirse el más mínimo desliz hacia cualquiera de los dos extremos. Es entonces el suyo una suerte de humoerotismo que unas veces se desgrana abiertamente y otras (las más de ellas) asoma con fina ironía y con femenina sutileza. Un humoerotismo que le permite heterogeneizar la pluralidad de sus mensajes; y que le concede la posibilidad de explorar en su condición de mujer –en el plano de lo íntimo– y en la idiosincrasia cultural del cubano –en el plano de lo social, más público y abierto.
Esta décima exposición personal es, de algún modo, el resumen de una primera fase de su trayectoria y el comienzo de una novel etapa. Concurren piezas que pudieran considerarse clásicas en la producción de la artista, pero que ahora aparecen cual reelaboraciones coloreadas. Unas, en efecto, tienen precedencia en obras facturadas en blanco y negro, y otras muchas son totalmente inéditas; mas ambas conforman esta nueva alborada.
Es entonces «El alba de Elba» una muestra que permite recorrer –en fugaz retrospectiva– por un lado, la evolución formal del lenguaje; y por el otro, la diversificación del horizonte temático de una artista que modela la realidad con el ansia y la fruición de quien la descubre a cada paso. Recíbase cual corolario de un guiño pizpireto de Elba Irene; aprovéchese la oportunidad para salpicarnos un poco con este lirismo gráfico que se me antoja comparable a la subyugante prosa con la que fue edificado Macondo; disfrútese a plenitud... mire que pocas veces en la obra de un artista amanece dos veces.


(Palabras al catálogo de la muestra «El alba de Elba»)

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