Carta a su esposa (12 de oct. 1930)

Sujum, 12 de octubre de 1930.

(Hoy andará por allá la mojiganga del «Día de la Raza».) Sujum está situada a orillas del mar Negro y a catorce kilómetros está el sanatorio, en lo alto de una loma desde la cual se divisa una gran extensión de terreno y también el mar. Ayer hubo un crepúsculo formidable: el sol se puso con un cielo limpio, sin una nube; se pone por la parte del mar.

El sanatorio es magnífico; los cuartos son para dos, pero muy  amplios; y hay portales muy largos con sillas de extensión para hacer el reposo. Dan alimentos muchas veces al día: a las ocho, desayuno de cacao, o café con leche con pan y mantequilla y  alguna pequeña bobería. A las once, un vasito de leche con alguna fruta, manzana es lo corriente, según me dicen. A las dos el  almuerzo de sopa y alguna carne con papas o puré, y un postre. A las cinco, té con pan dulce y alguna cosa dulce también. A las siete, comida de un plato de carne o pescado con alguna otra cosa  (macarrones o puré), y postre. A las ocho de la noche llevan a cada cuarto para cada enfermo, un vaso de leche para tomar antes de dormir. A las diez se apagan las luces. Como ves, todo m muy  bueno, los defectos son: todas las comidas, menos el vaso de leche, hay que ir a tomarlos al comedor; en un piso distinto hay mujeres, pero van al comedor a las mismas horas y esto hace que todo el mundo coma con remilgos; mi cuarto está en el piso bajo y el comedor está en el tercero, así es que aunque con escaleras muy cómodas, con muchos «descansos» donde hay bancos, tengo que  subir dos escaleras, cinco veces al día. Ayer tuve por la tarde sólo un décimo; hoy igual. Tengo un poco de tos y muy poca  expectoración. En general me voy sintiendo más fuerte.

El clima aquí es magnífico.

En Sochi, la ciudad a que llega el tren de Moscú y en la cual se  compran los billetes para los autobuses a Sujum, ocurrió una gran casualidad: el mismo día que mi acompañante sacaba los tickets estaba comprándolos un ruso que había venido de La Habana.  Está bastante mal, estuvo un año en el sanatorio La Esperanza, sabe un poco de español, pero sin embargo, Boris procuró que no nos pusieran en el mismo cuarto, pues tose mucho y además no  me es simpático. Aquí mi nombre sigue siendo Viángel. Nadie   aquí habla inglés: he encontrado un persa que habla francés. Pero aquí estoy seguro que adquiriré muchas palabras del ruso. Llegar a hablarlo es casi imposible. Yo hasta cierto punto me alegro de mi  islamiento idiomático.

Hace mucho que no sé de ti, pues la última carta tuya que recibí en Moscú era de fecha 8 de septiembre ( ! ) . El día 27 recibí tu cable. Y ahora creo que tendré carta tuya en Moscú, pero todavía allá no saben bien la dirección del sanatorio. Hoy mismo voy a escribir  para que Junco u otro compañero me remita tus cartas enseguida.  ¡Qué distancia enorme y cuánto tiempo para las comunicaciones!

¿Cómo estás, Chela mía? Yo tengo un gran arrepentimiento de haberte dicho en la carta que te escribí durante mi gravedad cosas que te entristecerían; pero me parecía entonces —cuando creí que me moriría pronto— que sería peor para ti saber de pronto la  noticia sin que yo mismo te hubiera preparado.

¿Cómo estará la situación en Cuba? Cuando salí de Moscú había noticias de suspensión de garantías y de movimientos de tropas. ¿Qué será de los compañeros presos, que será del Chico querido?  ¿Cómo será tu vida ahora? ¿Carecerás de muchas cosas? ¿Papá te habrá auxiliado? Yo te suplico que me digas la verdad sobre estas  cosas. Tú necesitas un reposo psíquico, has sufrido muchos choques últimamente. Ahora que no debes tener ninguna angustia por mí, yo te pido que procures ese descanso que necesitas, pues si no te enfermarás también. Recuerdos a todos. Esta carta la voy a mandar por la dirección de Hamburgo, directamente. Te recuerda,  e ama y te abraza tu

RUBÉN

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