Carta a su esposa (9 dic. 1932)

Nueva York, 9 de diciembre de 1932.

Querida Chela:

Todavía no he tenido respuesta de Cuba respecto a informaciones y opinión de los amigos sobre el viaje. Estoy aquí varado. He tomado —por necesidad— alguna participación en ciertas cuestiones de la oficina; ya te contaré. Aquí hay un asunto que va a dar juego y en el  cual forzosamente tengo que intervenir y ya he intervenido.

En pocas palabras: figúrate que cuando llegué aquí me enteré —porque Leo62 me lo comunicó”— que en el próximo número de Mundo Obrero había algunas frases muy despectivas para Mella. Cuando investigué esto encontré que en dos artículos de ese próximo número se hablaba de Mella. Leo sólo había visto uno casi sin importancia. Pero yo encontré, en un párrafo aislado, suelto, escrito en un artículo sobre el aniversario de las tres LS, una sarta de frases propias para un párrafo de la Comisión de Control, en las cuales, sin decir una palabra de las virtudes de Mella, sólo que fue un «valiente luchador antimperialista», se le insultaba con afirmaciones falsas y escritas con odio —sin explicar en qué  concretamente se manifestaban sus errores—, y se acababa diciendo que hubiera puesto el movimiento obrero a la cola de la burguesía.  Era, sencillamente, el segundo asesinato de Julio Antonio Mella. He tenido ya —no discusiones, porque aquí nadie me discute excepto Vit. cuando le es posible—, pero conversaciones, especialmente con Mov. (autor del párrafo), en que los he inculpado y les he dicho —en términos marxistas de la autocrítica que ellos usan para nuestro Partido— frases que por primera vez han oído sobre su trabajo. Pero Mov. está arrepentido, creo que sinceramente, ahora tiene una enorme curiosidad por conocer el artículo que el Buró me ha  encargado escribir para el número de enero, precisamente sobre Mella. Por supuesto, yo sé de dónde y de quién personalmente viene el odio contra Mella, que ha provocado esa opinión en el Buró. Él  me mira, me sonríe, etcétera, pero con un gran recelo y con una contenida intención dañina, igual que un perro que quisiera morder, pero no puede porque tiene un bozal, o más bien que no se atreve, porque el otro perro ni enseña los dientes, sino está tranquilo, con su collar de púas. Al fin, quité uno de los párrafos, y modifiqué otro. Pero esta es la primera fase de la batalla.

Veo —por la descripción que haces de la dirección para ti— (cerca de Alta) que eso debe estar en Alturas de Almendares, pero dos veces ya me das la dirección solamente de Almendares, no sé qué  jerigonza es ésa. En Moscú recuerdo que me advertiste sobre la dirección «acuérdate de las Alturas».

Ahora dos veces tú las olvidas, y en relación con las direcciones más delicadas de todo nuestro tiempo de correspondencia. Además, esa dirección tan cerca de Alta, con tu apellido, tan parecida a la otra que te escribí desde Moscú no me gusta nada. No me has dicho,  aunque lo supongo, que hayas recibido mi carta por medio de Pablo O’Higgins, el pintor americano amigo de Juan. En fin, esta carta —cualquiera que sea la suerte que corra— voy a enviarla a esa dirección de Almendares que me has mandado (claro que Fayggle  entendió que la carta era tuya y me llegó —quizás algo retrasada— porque su dirección no es la de Mov.) Desde Moscú durante noviembre y diciembre todavía deben enviarte lo tuyo: yo arreglo eso con Mechk. Aunque con retraso para el día de tu santo, desde aquí, te mandaré —vía Pepe— un regalito. Recuerdos con cariños a todos. Besos de R., para ti y Ruselita.63

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